Grada3
·25. Januar 2026
Arbeloa supera su primera prueba de fuego

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Álvaro Arbeloa ya sabe lo que es ganar bajo presión. Lo que es enfrentarse a un rival directo, a la incomodidad y al peso de tener que demostrar que está preparado para dirigir al Real Madrid más allá del entusiasmo o la nostalgia. Su victoria en La Cerámica no se entiende como un simple resultado, sino como la confirmación de un entrenador que empieza a sostener su discurso con hechos. Ha superado su primera prueba de fuego. Lo ha hecho lejos del Santiago Bernabéu, donde la exigencia cambia de acento, y lo ha hecho con un equipo que ya empieza a parecerse a él.
Durante sus dos primeras semanas en el banquillo blanco, el ‘Espartano’ vivió bajo el escrutinio que acompaña a cualquiera que se sienta en ese asiento. Se dudó de su experiencia, de su capacidad para liderar un vestuario repleto de estrellas. Se habló de que era «demasiado pronto», de que su fuerza era más emocional que táctica. Pero el fútbol tiene su propio método para callar. En Vila-real, donde el Real Madrid no gana por inercia sino por convicción, el salmantino mostró autoridad. No desde el gesto o las palabras, sino desde la coherencia entre su mensaje y lo que su equipo transmite dentro del campo.
El Madrid de Arbeloa tiene una idea. No es un equipo ensamblado por piezas sueltas, sino un bloque construido sobre una identidad que empieza a reconocerse con facilidad: presión alta, compromiso constante, solidaridad entre líneas. Da igual quién juegue o cuánto cueste cada uno; hay un espíritu competitivo que envuelve a todos. En La Cerámica, esa identidad se impuso desde el esfuerzo y la paciencia. El entrenador no corrigió desde el miedo, sino desde la confianza. Ajustó sin titubear. Y su equipo respondió con disciplina. Ganó con orden, con carácter y con la sensación de estar en el camino correcto. Hicieron los deberes.
Porque el verdadero mérito de Arbeloa no fue vencer, sino cómo venció. Sin perder su idea, sin renunciar a la presión tras pérdida, sin refugiarse en la especulación. Aun con el marcador a favor, el Madrid siguió buscando. Continuó achicando desde arriba, presionando con Vinicius, Mastantuono y Mbappé en primera línea, manteniendo las líneas juntas. Esa constancia define ya su sello. «La primera línea de defensa es el ataque«. Ese siempre fue el leitmotiv del ‘Espartano’ con el Juvenil A o el Castilla. Ahora, los del primer equipo lo asumen como dogma. El resultado es un equipo reconocible, tanto en Chamartín como lejos de casa. Uno que defiende hacia adelante y que gana con una mezcla de voluntad y sentido colectivo que recuerda al ADN más esencial del madridismo.
El triunfo ante el Villarreal no fue solo el tercero consecutivo, sino el primero lejos de casa. Ese detalle, casi simbólico, marca un antes y un después. Ganar como visitante implica algo más que táctica o estadísticas: implica carácter. Y en esos coliseos, el ‘Espartano’ parece sentirse cada vez más cómodo. Ante el Mónaco, se habló de «casualidades». Sin embargo, en La Cerámica, sacó toda la artillería. Su defensa vivió de la seriedad y la entrega. Su ataque, letal. Todos se entienden. Todos se sienten comprometidos con la causa. Su equipo, todavía en construcción, ya refleja esa templanza. Sin estridencias, sin locuras, pero con una intensidad continua que le da ritmo y confianza.
Mbappé y Vinicius son los dos espejos más visibles del método del salmantino. El francés, con 21 goles en LaLiga, ha asumido el liderazgo como una responsabilidad más que como un privilegio. El brasileño, protegido y reivindicado por su entrenador, vuelve a brillar bajo la confianza que se le había negado. Arbeloa entiende a ambos y los equilibra. Ha sabido que la clave de un vestuario así no reside solo en el orden táctico, sino en la gestión emocional. Las palabras que dejó tras el partido lo resumen: «Hemos dado una versión muy solida, pero tenemos margen de mejora. Llevamos pocos entrenamientos juntos. Tenemos mucho que mejorar. Este equipo va para más, no creo que este sea su techo«. Es la convicción de quien sabe que el proceso está funcionando.
Y lo está. Desde su llegada, el Real Madrid ha recuperado la intensidad que parecía dormida. Es un equipo más compacto, más dinámico, más agresivo sin balón. No rehúye el esfuerzo, y eso, en un club acostumbrado a ganar desde la jerarquía individual, tiene valor doble. Por eso el éxito en Vila-Real trasciende los 90 minutos: confirma que Arbeloa no solo ha heredado un banquillo de leyenda, sino que empieza a escribir su propia huella.
Ahora le espera otra prueba, distinta pero igual de exigente. El próximo miércoles, en Lisboa, el Real Madrid se jugará el pase al Top 8 de la Champions frente al Benfica. El equipo de Mourinho que no atraviesa un buen momento. Pero Arbeloa lo sabe muy bien: nunca hay que subestimar al ‘Special One’. Más allá del resultado, será un nuevo examen de madurez para este grupo. Su grupo. De ganar, el cuadro blanco se librará del playoff y afrontará un febrero calmado por primera vez en meses. De caer, volverán los tropiezos del calendario y quizá las dudas. Pero el camino recorrido hasta aquí ha reforzado una convicción: Arbeloa ha sabido construir un equipo que compite, que se reconoce y que, sobre todo, cree.
En menos de dos semanas, ha pasado de ser una apuesta sentimental a convertirse en una figura que encarna una idea. El Real Madrid de Arbeloa ya no se parece al que encontró. Es más serio, más solidario, más unido. Y, sobre todo, más suyo. En La Cerámica, se ganó algo más que tres puntos: se ganó legitimidad. Comienza una nueva etapa en su carrera, la del entrenador que ya dejó de ser promesa para convertirse en certeza. Su primera gran prueba de fuego está superada. Las siguientes, como siempre en el Madrid, llegarán pronto. Pero este primer paso deja claro que Arbeloa ya no está aprendiendo a entrenar. Está aprendiendo a ganar y con el «equipo más grande de la historia», según sus propios dichos.









































