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·14. Juli 2026

El grave antecedente que preocupa en Atlanta: la gran batalla campal entre barras argentinos y hooligans en México 1986

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Pocas jornadas en la historia del deporte han sido observadas, analizadas y reinterpretadas con la intensidad del 22 de junio de 1986. El partido entre Argentina e Inglaterra por los cuartos de final del Mundial de México permanece grabado en la memoria colectiva con una precisión casi cinematográfica. La camiseta azul de la Selección, el sol implacable cayendo sobre el estadio Azteca, la mano izquierda de Diego Armando Maradona elevándose por encima de Peter Shilton para marcar el gol que pasaría a la historia como la «Mano de Dios», la inolvidable corrida de 52 metros que dio origen al denominado «Gol del Siglo», el descuento de Gary Lineker, los minutos finales cargados de dramatismo y el abrazo interminable tras el triunfo por 2-1 conforman una secuencia que ha sido reproducida hasta el infinito.

Cada imagen fue registrada, fotografiada, estudiada y convertida en objeto de innumerables investigaciones deportivas e históricas. Sin embargo, mientras el encuentro dentro del campo adquiría dimensiones casi míticas, fuera de él comenzaba a desarrollarse otra historia mucho menos conocida y considerablemente más difusa: la de los enfrentamientos entre barras bravas argentinos y hooligans ingleses antes, durante y después de aquel partido que terminó convirtiéndose en mucho más que un simple duelo futbolístico.


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Durante casi cuarenta años sobrevivió una versión relativamente simple y funcional a la denominada «cultura del aguante». Según ese relato, los barras argentinos habrían enfrentado, derrotado y hecho retroceder a los temidos hooligans ingleses, arrebatándoles sus banderas y completando fuera del estadio la revancha que Maradona había consumado dentro de la cancha. La historia terminó adquiriendo un carácter épico y patriótico que fue transmitiéndose de generación en generación como si se tratara de un episodio perfectamente documentado.

Sin embargo, cuando se analizan con mayor detenimiento los testimonios, las fotografías disponibles y las investigaciones realizadas durante las últimas décadas, aquella narrativa comienza a mostrar importantes grietas. La violencia existió. Hubo corridas, golpes, botellas, piedras, heridos y banderas que cambiaron de manos. Pero los acontecimientos difícilmente pueden resumirse en una única batalla ni mucho menos en una victoria categórica de un bando sobre otro. La memoria colectiva terminó fusionando episodios diferentes, protagonistas distintos y momentos separados para construir una narración mucho más simple que la realidad.

La investigación más completa sobre aquellos hechos pertenece al periodista Andrés Burgo en El partido. Argentina-Inglaterra 1986, una obra elaborada a partir de más de 300 entrevistas y dedicada a reconstruir cada dimensión de aquel enfrentamiento que posteriormente también dio origen a un documental ampliamente reconocido. Burgo no solamente reconstruye el partido, sino también el complejo entramado político, social y cultural que lo rodeó.

Posteriormente, en un artículo publicado por TyC Sports, el propio periodista estableció una precisión fundamental que modifica gran parte del relato instalado durante décadas. La pelea registrada por las cámaras dentro del estadio Azteca no fue la misma que el enfrentamiento de mayor violencia ocurrido posteriormente en las inmediaciones del recinto. Tampoco puede afirmarse con absoluta certeza que José Barritta, «El Abuelo», líder de la barra de Boca Juniors, haya sido el gran protagonista de todos los episodios, como durante años sostuvo la tradición oral del fútbol argentino. En realidad, la memoria popular terminó unificando distintos hechos hasta convertirlos en un solo acontecimiento.

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Ese proceso resulta especialmente interesante desde el punto de vista histórico. La memoria deportiva suele privilegiar los relatos simples, con héroes claramente identificables y desenlaces contundentes. Cuando la realidad ofrece una sucesión de hechos caóticos, ambiguos y difíciles de verificar, la tradición oral suele ordenarlos bajo una lógica narrativa mucho más comprensible. Lo ocurrido en México 1986 constituye probablemente uno de los mejores ejemplos de ese fenómeno.

El contexto en el que se disputó el encuentro explicaba por sí solo por qué cualquier incidente estaba destinado a adquirir una dimensión extraordinaria. Apenas habían transcurrido cuatro años desde la Guerra de Malvinas. La democracia argentina todavía daba sus primeros pasos luego de la dictadura militar y las heridas provocadas por la muerte de 649 soldados argentinos permanecían completamente abiertas. Para una parte importante de la sociedad, el partido contra Inglaterra representaba inevitablemente una oportunidad de reparación simbólica, aunque los propios integrantes del seleccionado nacional intentaran evitar esa lectura.

Carlos Bilardo procuró durante toda la semana previa separar el plano deportivo del conflicto bélico, mientras que Jorge Valdano recordaría posteriormente, en declaraciones reproducidas por El Gráfico, que prácticamente todas las conferencias de prensa giraban alrededor de Malvinas. El cuerpo técnico comprendía que aquella carga emocional podía convertirse tanto en una fuente de inspiración como en un peligro. La motivación podía potenciar el rendimiento, pero también podía llevar al equipo a disputar un partido condicionado por factores extrafutbolísticos.

A esa tensión se agregaba otro elemento de enorme relevancia internacional: el crecimiento del hooliganismo inglés durante las décadas de 1970 y 1980. Los grupos violentos vinculados a diversos clubes ingleses se habían convertido en uno de los principales problemas del fútbol europeo. Apenas trece meses antes del Mundial, la tragedia de Heysel había conmocionado al continente cuando la final de la Copa de Europa entre Liverpool y Juventus terminó con 39 personas fallecidas tras una avalancha provocada por hinchas ingleses.

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En consecuencia, un eventual enfrentamiento entre argentinos e ingleses trascendía ampliamente el plano futbolístico. Se transformaba en un asunto de seguridad internacional, con implicancias políticas, diplomáticas y sociales.

Las autoridades mexicanas comprendieron rápidamente la magnitud del desafío. De acuerdo con la reconstrucción realizada por Burgo y retomada posteriormente por una investigación publicada en El País México, alrededor de 2.500 efectivos policiales fueron destinados exclusivamente al operativo del estadio Azteca, aproximadamente un 25 por ciento más que en otros encuentros del campeonato. A ello se sumó la presencia de agentes infiltrados entre los simpatizantes y la coordinación permanente entre autoridades mexicanas y británicas.

El despliegue respondía a una combinación inédita de factores: el antecedente de Malvinas, la presencia de barras bravas argentinas, la reputación internacional de los hooligans ingleses y el temor a que cualquier incidente terminara transformándose en un conflicto diplomático.

Del lado argentino también existía preocupación. Miles de simpatizantes habían viajado a México, entre ellos familias, turistas y aficionados independientes, pero también integrantes de distintas barras bravas. La más numerosa era la de Boca Juniors, encabezada por José Barritta, aunque investigaciones periodísticas mencionan igualmente la presencia de miembros de las hinchadas de Estudiantes, Vélez, Racing, Chacarita, Talleres, Nueva Chicago y otros clubes.

Lo interesante es que organizaciones enfrentadas históricamente dentro del fútbol argentino habrían acordado una tregua temporal bajo el paraguas de la Selección Nacional. La identidad nacional aparecía, al menos circunstancialmente, por encima de las rivalidades domésticas.

Del lado inglés ocurría algo similar. Bajo el rótulo de «hooligans» convivían realidades muy distintas. Había aficionados comunes, seguidores ocasionales y también integrantes de grupos violentos relacionados con clubes como Chelsea, West Ham, Newcastle o Manchester United. Tampoco existía una organización única, sino múltiples agrupaciones muchas veces enfrentadas entre sí que ocasionalmente dejaban de lado sus diferencias cuando jugaba la selección inglesa.

El primer incidente documentado ocurrió dentro del propio estadio Azteca. Durante décadas, aquellas fotografías fueron utilizadas como prueba de la gran batalla entre barras argentinos y hooligans. Sin embargo, la reconstrucción de Burgo ofrece una explicación considerablemente diferente.

Todo habría comenzado cuando el reconocido peluquero Roberto Giordano —fallecido en 2024— intentó quitarle una bandera a un simpatizante inglés mientras un fotógrafo registraba la escena. Ese gesto desencadenó una reacción inmediata que derivó en empujones, golpes y una pelea entre pequeños grupos de argentinos e ingleses.

Entre quienes aparecen en esas imágenes se encuentra Raúl Gámez, quien años más tarde presidiría Vélez Sarsfield y se convertiría en uno de los dirigentes más influyentes del fútbol argentino. Según su propio testimonio, recopilado por Burgo, él había viajado de manera independiente y terminó involucrándose únicamente al observar que varios ingleses agredían a simpatizantes argentinos. Claudio Varela, integrante de la barra de Boca y otro de los testigos consultados, coincidió en atribuir el origen del incidente al intento de Giordano por apropiarse de la bandera inglesa.

Esa reconstrucción modifica uno de los pilares fundamentales del mito. La pelea más fotografiada no habría sido protagonizada principalmente por la barra de Boca, sino por distintos simpatizantes que reaccionaron espontáneamente dentro de una tribuna. El enfrentamiento que posteriormente alimentaría la leyenda habría ocurrido más tarde y fuera del estadio.

«Al lado de los goles de Maradona aquello no existió. Fue una pelea de otros tiempos. De hecho, me acuerdo mucho más de los goles que de la pelea. Yo estaba muy cercano a la Selección, tenía buena relación con Bilardo y con los jugadores. Es cierto que peleé por una bandera, que salté desde el palco, pero recuerdo mucho más lo que pasó después afuera del Azteca», declaró posteriormente Gámez en una entrevista concedida a Waldemar Iglesias para Clarín.

Tras la victoria argentina, la violencia efectivamente se trasladó hacia las inmediaciones del estadio. Los relatos reunidos por Burgo sitúan el principal enfrentamiento aproximadamente a cien metros del Azteca, donde participaron integrantes de la barra de Boca, miembros de la hinchada de Unión de Santa Fe y grupos de simpatizantes ingleses.

A diferencia del incidente ocurrido dentro del estadio, ese episodio carece de registros audiovisuales completos. La reconstrucción depende casi exclusivamente de los testimonios de quienes aseguran haber participado.

Claudio Varela sostuvo que los ingleses comenzaron peleando únicamente con los puños, mientras que los argentinos utilizaron botellas. Según su relato, inicialmente los hooligans retrocedieron, aunque luego se reorganizaron y respondieron lanzando piedras. Luis «Luchi» Flores, relacionado con la barra de Unión, entregó una versión similar: afirmó que los argentinos lograron hacer retroceder inicialmente a los ingleses, pero que éstos encontraron escombros en las cercanías y modificaron completamente la dinámica del enfrentamiento. Una de esas piedras, incluso, habría impactado en una pierna de José Barritta.

Ese detalle posee además un importante valor contextual. Apenas nueve meses antes, el devastador terremoto del 19 de septiembre de 1985 había destruido buena parte de Ciudad de México. En numerosos sectores todavía permanecían montículos de materiales de construcción y restos de edificios colapsados. Según coinciden varios testimonios, esos escombros fueron utilizados como proyectiles durante la pelea.

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Las versiones disponibles coinciden en un aspecto esencial: ninguno de los grupos consiguió un dominio absoluto. Hubo avances, retrocesos y momentos de superioridad alternada. Esa descripción contradice la épica posterior según la cual los argentinos habrían impuesto condiciones de manera inmediata y definitiva. Incluso los propios protagonistas describen una confrontación prolongada, caótica y considerablemente más equilibrada de lo que posteriormente sostuvo la tradición.

Lo que sí parece suficientemente acreditado es que varias banderas inglesas terminaron en manos argentinas. Entre ellas se mencionan enseñas pertenecientes a simpatizantes de Chelsea y West Ham, posteriormente exhibidas como verdaderos trofeos de guerra.

Dentro de la cultura de las barras, la apropiación de una bandera posee un enorme valor simbólico. No representa únicamente la obtención de un objeto material, sino la conquista de la identidad del rival y una demostración pública de superioridad. Aquellas banderas terminaron funcionando como una de las pocas evidencias concretas de que efectivamente existieron enfrentamientos, reforzando así la construcción del relato posterior.

Con el paso de los años surgieron además nuevas versiones que ampliaron considerablemente la historia. Investigaciones publicadas por Infobae y Clarín sostienen que habría existido una emboscada organizada en el Paseo de la Reforma, cerca del Ángel de la Independencia, donde barras argentinos, exiliados residentes en México y aproximadamente cincuenta simpatizantes escoceses habrían coordinado un ataque contra grupos ingleses.

Según esos relatos, los escoceses —históricos rivales futbolísticos de Inglaterra y particularmente cercanos al Celtic— habrían aportado información sobre los desplazamientos de los hooligans, mientras que los exiliados argentinos habrían facilitado el conocimiento del territorio mexicano.

También aparecieron versiones que incorporan la participación de pandillas locales mexicanas colaborando con los argentinos. Sin embargo, estos episodios carecen del mismo nivel de corroboración documental que los incidentes registrados en el estadio. En muchos casos resulta imposible determinar si describen hechos independientes, acontecimientos previos al partido o simplemente distintas interpretaciones de los mismos sucesos. Desde un enfoque historiográfico riguroso, esas narraciones deben permanecer en el terreno de las hipótesis y no de las certezas.

La propia circulación de imágenes falsas demuestra cómo fue construyéndose la leyenda. Burgo advirtió que algunos videos difundidos durante años como supuestos registros de la batalla del Azteca pertenecían en realidad al Mundial Juvenil disputado en Australia en 1981 y posteriormente fueron reutilizados con una identificación completamente errónea.

Ese descubrimiento resulta especialmente revelador. La historia terminó edificándose a partir de fotografías de una pelea, relatos orales de otra, imágenes correspondientes a torneos distintos y banderas capturadas que sirvieron como prueba material. Todos esos elementos terminaron ensamblándose hasta conformar una única narrativa épica que sobrevivió durante cuatro décadas.

Nada de ello implica negar la existencia de la violencia. Los enfrentamientos ocurrieron. Hubo agresiones, heridos, corridas, piedras, botellas y grupos organizados participando en distintos episodios. Lo que la evidencia histórica no permite sostener con la misma contundencia es que todo formara parte de una única batalla perfectamente planificada o que alguno de los bandos hubiese obtenido una victoria absoluta.

La expresión «los argentinos corrieron a los hooligans» terminó imponiéndose porque ofrecía una conclusión sencilla para una historia extremadamente compleja. Encajaba con el clima emocional generado tras el triunfo de Maradona, con la necesidad de construir una revancha simbólica después de Malvinas y con la lógica de las barras bravas, donde cada enfrentamiento debe transformarse en una demostración de honor y superioridad.

Sin embargo, esa interpretación también obliga a realizar una advertencia imprescindible. Los barras no representaban al conjunto de los hinchas argentinos, del mismo modo que los hooligans estaban muy lejos de representar a toda la afición inglesa. Convertir aquellas peleas en una continuación patriótica del partido supone correr el riesgo de romantizar formas de violencia vinculadas a organizaciones con intereses propios, disputas territoriales, negocios ilegales y mecanismos específicos de construcción de poder dentro del fútbol.

Dentro del campo, la historia quedó sellada para siempre. Maradona convirtió dos de los goles más emblemáticos de la historia del fútbol, Argentina derrotó 2-1 a Inglaterra y continuó el camino que culminaría con la conquista de su segunda Copa del Mundo.

Fuera del estadio, en cambio, el relato permanece instalado en un territorio mucho más incierto, donde conviven recuerdos fragmentarios, testimonios contradictorios, reconstrucciones periodísticas, fotografías incompletas y relatos que con el paso del tiempo fueron mezclando realidad y mito.

Quizás allí resida precisamente la razón de su permanencia. El partido necesitó apenas noventa minutos para convertirse en una obra inmortal. La historia de los barras y los hooligans, en cambio, necesitó cuatro décadas de reconstrucciones, silencios, exageraciones y memorias selectivas para transformarse en una leyenda cuya fuerza no proviene únicamente de lo que realmente ocurrió, sino también de todo aquello que jamás pudo comprobarse de manera definitiva. Como sucede con los grandes mitos del deporte, su vigencia descansa tanto en los hechos como en las múltiples formas en que cada generación decidió recordarlos.

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/Francisca Suazo. Fotos y Video: Clarín de Buenos Aires

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