Un 10 Puro
·21. Juli 2026
Messi: el deporte no te debe nada

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·21. Juli 2026

Me hace mucha gracia cuando se lee en redes y en algunos medios internacionales que el fútbol y el deporte le debían a Messi una retirada de la selección argentina con una nueva estrella. Un final a la altura de una carrera excepcional y esas bobadas muy habituales en el periodismo deportivo.
La enésima operación de marketing hacia un personaje tan oscuro como idealizado. Si esta columna trasciende, me va a caer por todos lados: los messilovers, argentinos, culés, periodistas y millones de personas de buena fe manipuladas que no conocen la verdadera cara de un jugador tan excelso, talentoso y extraordinario sobre el terreno de juego como siniestro, manipulador y mal compañero. No es por resentimiento, es justicia. Ni me ocupan ni me preocupan los palos. La verdad por delante.
Vamos al grano. La selección española arrasó no solo a una marrullera Argentina, jubiló a algo más, a un mito creado por una sociedad moralmente distorsionada. Respondo a esos que lloran hoy el adiós de Messi. El fútbol puede que te deba algo; EL DEPORTE, NADA. Pero nada es nada. Messi siempre ha sido un mal deportista, una mala persona que incomprensiblemente se ha vendido como alguien a quien idolatrar. Repito, estamos en una sociedad decadente desde el tema moral, que suele elevar a los malos.
Esta operación de marketing, que lleva dos décadas funcionando a la perfección, nos intenta convencer de que Messi es una especie de monje franciscano al que por accidente le pusieron unas botas de fútbol.
El genio callado, ‘humilde’, el que solo habla en el campo. Un relato tan pulido que casi da hasta pena desmontarlo. Casi. Empecemos por el principio, por ese origen que los mamporreros oficiales cuentan como fábula de superación y que, mirado de cerca, tiene más zonas grises de las que conviene a la leyenda.
El niño que no crecía, la hormona del crecimiento, el club que se hace cargo de un tratamiento carísimo cuando el chaval aún no había debutado en nada. Todo legal, nos aseguran. Todo supervisado, faltaría más. Lo que nadie explica con la misma soltura es por qué ese mismo jugador atravesó la era Guardiola. Cuatro temporadas a ritmo infernal, presión los noventa minutos, sin una sola lesión muscular digna de mención, cuando su cuerpo teóricamente obedece las mismas leyes que el del resto de los mortales. Guardiola, por cierto, sí fue sancionado por consumo de nandrolona cuando jugó en Italia.
Todo pasó, casualmente (o no) en los años en los que el ex árbitro Enríquez Negreira, quien mandaba sobre los arbitrajes en la Federación española y la Liga, cobraba de su club, el Barcelona, más de 7 millones de euros por algo que nunca nadie nos ha explicado con claridad.
La Liga de Fútbol Profesional de Tebas, la Real Federación Española de muchos presidentes y parte de la prensa siguen siendo, a día de hoy, cómplices del escándalo de corrupción más grande de la historia del deporte en Europa. De esto, como en otras cosas, solo la UCO de la Guardia Civil y un puñado de jueces honrados, algún día podrán darnos luz y la verdad de los hechos. De momento, el caso está en un juzgado.
En lo deportivo, por aquellos años, el Barcelona operaba con un servicio médico propio, blindado, opaco, rodeado de doctores cuyos apellidos reaparecen una y otra vez en las notas al pie de los grandes escándalos de dopaje europeos. No me lo estoy inventando, miren la hemeroteca de esos años.
Nunca hubo un positivo. Quede claro. Pero hay un patrón, hay preguntas incómodas y hay un club que prefirió llevar a los tribunales a quien las hacía antes que responderlas. Cada uno que saque sus conclusiones. Yo tengo las mías.
Explicado el contexto de sus orígenes y el crecimiento como estrella rutilante, sigamos con el personaje, el que siempre nos han dicho que “solo habla en el campo”. Resulta que, cuando ha abierto la boca, no es precisamente para recitar poesía. “¿Qué mirás, bobo? Andá pá allá", en el Mundial de Qatar 2022, en directo, interrumpiendo una entrevista para humillar a Weghorst con el desprecio del que se creía por encima del bien y del mal. Y, por si quedaba alguien sin ofender, el "topo gigio" a Louis Van Gaal, un señor de 70 años, porque la elegancia del que dicen más grande de la historia consiste en burlarse del entrenador rival delante de las cámaras. Un caballero. Un ejemplo para los niños. Menos mal que es tímido; no quiero ni imaginar lo que diría si fuera dicharachero.
Y ahora con el Barcelona: El pelotazo del Bernabéu en el Clásico de 2011. El fenómeno de la deportividad, incapaz de llegar a un balón que ya estaba fuera de la línea de banda, decidió que la mejor forma de gestionar la frustración era reventar un pelotazo contra la grada, y le golpeó a 80 kilómetros por hora a un niño y su padre que estaban a menos de cinco metros. Tuvo que ir Pepe (Pepe, nada menos, el villano oficial del guion) a preguntarle si estaba loco. Cuando un tipo como Pepe, que tampoco es que fuera el más cuerdo, te da lecciones de compostura, quizá convenga revisarse. Naturalmente, no hubo tarjeta, no hubo sanción, no hubo ni siquiera disculpas a los golpeados. Al santo Messi no se le molesta.
Aunque le podrían preguntar si es tan santo a sus ex compañeros en el Barcelona: André Gomes, Paco Alcácer, Aleix Vidal, Mathieu o Arda Turan. Ninguno aceptó la tiranía del D10S… y todos acabaron fuera del equipo. Simplemente los echó. Porque Messi apuntaba y los presidentes de su club obedecían sus órdenes. Los que hemos trabajado en periodismo deportivo durante años sabemos cómo funcionan los vestuarios y el peso que tienen las estrellas. Mal compañero, un pequeño dictador que no aceptó nunca que no le bailen el agua. Por cierto, Mathieu, actualmente trabaja como dependiente raso en un Decathlon en Francia: sorprendente.
Volvemos con la selección. Donde los mismos argentinos que hoy le lloran y encumbran por encima de Maradona durante años le cuestionaron y le odiaron. ¿La razón? Con el Barcelona ganaba títulos y con su selección solo cosechaba derrotas. Hasta tal punto que se retiró de la albiceleste tras la Copa América Centenario, precisamente en el mismo estadio donde lloró este domingo, el MetLife de Nueva Jersey, en 2016. En aquel partido falló en la tanda de penaltis de la final y perdieron el título frente a Chile.
Sorprendió que nada más acabar el partido, Messi declarara que se retiraba de la selección Argentina, con 29 años (No me hagas reír Leo). Cualquiera con dos dedos de frente entendió que se trataba de una burda estrategia de distracción para que no le masacrara la prensa de su país por perder la final… y le funcionó. Como era de esperar, volvió a jugar a los pocos meses con su selección.
En la Copa América de 2019 se enzarzó con el chileno Gary Medel. Sorprendente, le pusieron tarjeta roja y, en lugar de asumirlo, montó el numerito. Acusando a la CONMEBOL de corrupción, sentenció que la Copa estaba preparada para Brasil y se negó a recoger la medalla del tercer puesto. Como un adolescente al que le han quitado el móvil.
Dos años antes, en 2017, la FIFA ya lo había castigado con cuatro partidos por dedicarle insultos a un juez de línea en un clasificatorio ante Chile —castigo que, cómo no, acabó anulado, porque a este hombre hasta las sanciones se le caen solas—. Porque cuando pierde, no es que haya perdido: es que le han robado, le han conspirado, le ha traicionado el sistema entero, o sus compañeros no estaban a su altura. El victimismo como deporte paralelo, y en ese sí que es imbatible.
Y llegamos a los numeritos más recientes en este Mundial. Primero el de las Malvinas en la semifinal contra Inglaterra. Terminado el partido, apareció junto a Otamendi y Lo Celso con la pancarta ‘Las Malvinas son argentinas’ sostenida por el capitán, brincando feliz al lado y el estadio entonando el que no salta es un inglés. El apolítico, el que ‘solo se dedica a lo suyo’, se envolvió, de repente, en una reivindicación territorial en plena competición deportiva, hurgando en una herida de guerra para redondear la fiesta. El genio callado se volvió locuaz y militante. La humildad, como el talento, la usa a conveniencia. La FIFA, apuesto lo que quieran, no hará nada. Es una vergüenza, cómo fueron una vergüenza las ayudas a Argentina en el Mundial de Qatar o en este que acaba de terminar.
Messi se comporta, en suma, como un capo —no en sentido literal—, sino como quien se ha construido un ecosistema donde nada le salpica: árbitros a los que trabaja con la insistencia del que sabe que le van a perdonar, federaciones que le ríen las gracias, una prensa amaestrada que convierte cada exabrupto en “carácter competitivo” y cada gesto feo en una “pasión”. Cuando Cristiano lanza un balón a la grada, es un chulo insoportable; cuando lo hace Messi, es un desahogo comprensible. La doble vara de medir es insoportable, es una vara de goma y siempre se estira a su favor.
El episodio con Cucurella en la final del domingo fue el broche perfecto a su mezquina y cobarde actitud de siempre. Argentina se quedó con diez por la roja a Enzo y, al genio, al líder, al ejemplo para los niños, ¿qué se le ocurrió? No empezar a jugar fútbol, ni querer remontar en buena lid. Lo que hizo fue correr hacia el árbitro para pedir que expulsaran a un rival por taparse la boca parcialmente un segundo con tres dedos, aplicándole la nueva Ley Vinicius. El resumen de su carácter en un solo gesto cizañero y miserable. Patético. A la altura del personaje.
Conste, no discuto el talento con el balón en los pies de Messi. Discuto su coronación moral, ese empeño en vendernos a un ganador con métodos de ganador. Un personaje soberbio, ventajista, victimista, llorón cuando pierde y condescendiente cuando gana, como si fuera un ejemplo de virtud. Es un futbolista extraordinario y, en mi opinión, una muy mala persona muy bien maquillada.







































