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La Galerna

·12. Mai 2026

Refundación

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En la crónica que escribe Hughes en su web personal, tras cada partido, aporta un dato interesante: de los 25 años que llevamos con Florentino Pérez como figura fundamental del Real Madrid, el equipo de fútbol se ha quedado sin liga, copa o Copa de Europa en un 64% de las temporadas. Esto hace, naturalmente, que el 36% restantes de las campañas disputadas en este cuarto de siglo concentren un número abrumador de éxitos. Pero, como él dice, el modelo florentinista de dirección deportiva del primer equipo de fútbol se define por su radical desequilibrio, naturaleza que explicaría crisis civilizatorias tan terminales como la que estamos viviendo.

También podrían citarse como elementos propios de este modelo la desautorización sistemática de los entrenadores y el desprecio general por la misma figura del técnico. Sin embargo, el modelo florentinista alcanzó sus mayores cotas de éxito bajo figuras de autoridad en el vestuario (Mourinho, Ancelotti, Zidane). Esta es la paradoja que ha marcado el cuarto de siglo del Madrid de Florentino, qué duda cabe.


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En la historia del Madrid nunca ha habido clase media porque en el ethos madridista no cabe un término medio: o César o nada, que decía el lema de los Borgia. El florentinismo lo ha exacerbado tanto que resulta que tenemos un equipo lleno de superestrellas mundiales que sin embargo corre menos que ninguno: ayer mismo salió el revelador dato de que el Madrid es el equipo con menos aceleraciones de la liga, estadística que supongo hará referencia a los desplazamientos de cada jugador en desmarques de apoyo y ruptura, así como coberturas, repliegues y jugadas de fuera de juego. Vamos, el abecé del juego, porque sin aceleraciones, o sea sin movimiento, estaríamos hablando del futbolín y no del fútbol y de muñecos de madera y no de atletas profesionales.

En resumen, el Madrid de Mbappé ha devenido en quintaesencia del modelo florentinista, o en su degeneración absoluta. Porque, siguiendo con las aceleraciones, decía Lenin antes de la revolución de febrero de 1917 que lo mejor, para quienes deseaban destruir el régimen zarista, era un desarrollo vertiginoso del capitalismo en el imperio de los Romanov, tras el cual la revolución caería como fruta madura.

tenemos un equipo lleno de superestrellas mundiales que sin embargo corre menos que ninguno: ayer mismo salió el revelador dato de que el Madrid es el equipo con menos aceleraciones de la liga

Se puede decir que Mbappé ha sido el cisne negro que, en vez de la economía, ha desfigurado inesperada y ferozmente la realidad del club más exitoso del mundo. O uno de ellos, si se considera también la cuestión de la posible inviabilidad del Bernabéu como recinto de espectáculos de primer nivel, tal y como se nos fue presentado (y acaso, sospecho, no concebido). La conjunción temporal de ambos acontecimientos amenaza con llevarse por delante al Madrid tal y como lo hemos conocido, pues anula sus proyecciones de crecimiento económico y lesiona de gravedad su capacidad para renovar la primera plantilla del equipo de fútbol de suerte que recupere a corto plazo sus opciones de ser otra vez la mejor del mundo.

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Y aquí llegamos al meollo. El equipo de fútbol.

¿Sigue siendo el equipo de fútbol y su competitividad el centro de gravedad de la organización llamada Real Madrid Club de Fútbol?

Los partidos del Madrid se siguen llenando, aunque el público habitual vaya poco a poco transformándose en una masa de turistas que rota aprovechándose del fenómeno del alquiler del abono y con el presunto beneplácito de «la gerencia», que así se aseguraría una parroquia controlable y anestesiada. Las tiendas oficiales siguen llenas y supongo que facturando a destajo así que, en ese sentido, ¿qué mas da que el rendimiento y compromiso de Vinicius, Bellingham, Mbappé o Valverde sea lamentable si las camisetas se venden igual?

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Esta especie de interregno plagado de desgobierno y de una anarquía cósmica, que no galáctica, hace que un aficionado cualquiera como yo, cuya única autoridad para divagar sobre esto es la que me da dedicarle al Madrid las horas mejores de mis días y fines de semana, se haga preguntas a tenor de la opacidad que caracteriza el vaticanismo con que el club manifiesta su voluntad: con bisbiseos y rumores de pasillos que llegan a la opinión pública a través de las terminales mediáticas de los numerosos clanes y familias que (dicen) gobiernan el Madrid desde el nivel inmediatamente inferior al trono del faraón.

¿Alguien puede explicar cómo es que se acometió la obra capital de la que depende el presente y el futuro de la organización sin que se previese la eventualidad de un proceso judicial que paralizase la explotación comercial del estadio sine die?

¿Se puede manifestar, con gestos como no ir a un palco o no permitir la entrada de los equipos de la televisión para las previas, la repulsa al Barcelona como ente corrupto y corruptor del fútbol español y a la liga de Tebas como gran sindicato latrofaccioso, y sin embargo amparar a ese mismo Barcelona de la quiebra financiera, brujulear (presuntamente) en torno al gobierno para conseguir la flagrante inscripción de Olmo o pasar por alto la ignominiosa amenaza del Comité Técnico Arbitral antes de una final de copa y no retirarse?

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El florentinismo llegó hace 25 años a nuestras vidas como una promesa de recuperar el estatus del Madrid como número 1 del fútbol mundial. Esto no sólo pasaba por ganar Copas de Europa (en el verano del 2000, cuando el presidente Pérez gana por primera vez las elecciones, ya se habían ganado dos), sino además en conquistar el ránking reputacional. Es decir, en convertir al Madrid en un referente simbólico y moral más allá del terreno de juego y en que ese círculo virtuoso asentara una forma de hacer las cosas reconocible universalmente.

En ese sentido, el período comprendido entre 2012 y 2024 constituyó la fase de esplendor de un modelo florentinista propiamente dicho, a pesar de sus altibajos (Benítez, Lopetegui) en la planificación deportiva.

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La situación actual del primer equipo pone de manifiesto una carencia intolerable de autoridad, jerarquía y disciplina en la administración del patrimonio principal del club, que no son sus jugadores sino su nombre. Su buen nombre, se entiende, concepto vinculado estrechamente con el comportamiento y actitudes de los 23 futbolistas que representan la «fisicidad» (concepto cinematográfico acuñado por Garci) del Real. El caos del vestuario es el síntoma de una enfermedad mayor, no su causa, y que afecta a todos los niveles operativos del club. Más allá de la mano dura, se presume la necesidad de una auténtica refundación del Madrid, algo parecido a lo que urgía en 2010, cuando vino (por primera vez) Mourinho. Entonces, The Special One se consumió cual Prometeo en una batalla que trascendía lo puramente futbolístico y cuyo objeto era impedir que el Madrid, como referente absoluto en el mundo, se perdiese por el sumidero de la Historia. Ahora Mourinho tiene 15 años más, como todos, y está prejubilado de la élite…

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