La Galerna
·6. Februar 2026
Treinta monedas de plata

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Nota: LaLiga ha decidido remunerar con cincuenta euros a aquel que denuncie a alguien que piratee el fútbol.
Es muy curioso cómo las noticias nos siguen sorprendiendo a pesar de seguir siendo las mismas durante siglos. En la Roma de Tiberio, cuando el imperio comenzaba a mostrar las grietas de su propia obesidad administrativa, surgió un grupo de ciudadanos conocidos como los delatores. Estos no eran guardias ni magistrados, sino vecinos comunes que, incentivados por una parte de los bienes del acusado, denunciaban a sus iguales por traición.
Por traición… Irónico, ¿verdad? La sociedad por tanto no colapsó por los bárbaros, sino mucho antes, cuando la confianza se pudrió desde dentro y el hombre de al lado dejó de ser compatriota para convertirse en oportunidad.

Ahora es Javier Tebas el que ha decidido resucitar esta arqueología de la infamia en los bares de España. El mecanismo siempre ha sido el mismo, desde Tiberio hasta la Stasi: romper la cohesión social horizontal —la confianza entre vecinos— para proteger al poder vertical. Démonos cuenta de que, al ofrecer 50 euros a quien denuncie la emisión de un partido pirata, el presidente de LaLiga no está lanzando una campaña contra la ilegalidad audiovisual, sino que está firmando el acta de defunción moral de su propia competición. Porque, cuando una industria necesita convertir a sus clientes en policías para proteger su producto, el problema no es el robo, es la irrelevancia.
Así que rasquemos la superficie de esta medida desesperada. Porque el chivatazo remunerado es la cortina de humo perfecta, un truco de ilusionismo diseñado para que miremos al señor que decodifica la señal y no a la luna que se está eclipsando sobre la pantalla. La narrativa oficial nos dice que el fútbol patrio muere porque la gente lo ve gratis. La realidad, mucho más técnica y dolorosa, es que LaLiga ha sido sometida a una lobotomía financiera en los últimos años.
Y es que el gran pecado original se llama CVC, un acuerdo vendido como la salvación y que, en realidad, operó como una hipoteca inversa sobre producto futuro. Al ceder un porcentaje significativo de los derechos audiovisuales durante cincuenta años a cambio de liquidez inmediata, los clubes españoles no recibieron una inversión; recibieron un adelanto de su propia herencia a un interés… usurero.
Imaginen a un agricultor que para comprarse un tractor tenga que entregar el 10% de su cosecha al banco hasta el 2076. Ese tractor se oxidará, se estropeará o quedará obsoleto en quince años, pero la deuda seguirá ahí medio siglo. Mucho se podría decir de este acuerdo en términos económicos y legales, pero hay más que me gustaría exponer antes de acaparar más texto.
Y es que a este empobrecimiento estructural se le suma la rigidez cadavérica del Fair Play Financiero; y si el CVC era el pecado capital, esta es la gran mentira de Tebas.
la oferta de los 50 euros es, en última estancia, la confesión de un fracaso. Es admitir que el producto ya no genera lealtad, sino picaresca
Mientras en la Premier los equipos mantienen la soberanía total de sus ingresos, lo que les permite reinvertir cada libra que generan, los equipos españoles inician cada temporada con una mochila llena de piedras que lastra su capacidad para competir en el mercado de fichajes. Y para entender esto, y por qué la Premier navega en yates mientras LaLiga achica agua en botes salvavidas, hay que mirar la sala de máquinas, no la antena parabólica. Porque ellos entienden el fútbol como una industria de riesgo capitalista donde se permite inyectar dinero para hacer crecer el valor de la empresa —y por ende, del espectáculo—, y Tebas ha optado por un control económico preventivo que roza la asfixia soviética. Al impedir que los clubes gasten un euro que no hayan generado previamente por sí mismos, se ha creado un círculo vicioso de mediocridad: como no podemos invertir, no traemos buenos jugadores; como no tenemos buenos jugadores, el espectáculo es pobre; como el espectáculo es pobre, generamos menos; y como generamos menos, el límite salarial del fantástico Fair Play Financiero baja aún más en el siguiente ejercicio.

Es la pescadilla que se muerde la cola. Tebas se jacta de tener la liga más saneada del mundo, lo cual es cierto, del mismo modo que el cementerio es el lugar más tranquilo de la ciudad. Ha confundido la solvencia contable con la vitalidad industrial. De nada sirve tener las cuentas inmaculadas si tu producto es tan malo que tienes que sobornar a la gente para que vigile a otros.
Y en la cúspide de este sistema de austeridad para la plebe, el sueldo presidencial sigue subiendo ajeno a la gravedad. Resulta antropológicamente fascinante cómo las estructuras de poder, cuando entran en fase de decadencia, tienden a blindar a sus líderes mientras exigen sacrificios en la base.
La sociedad romana no colapsó por los bárbaros, sino mucho antes, cuando la confianza se pudrió desde dentro, y el hombre de al lado dejó de ser compatriota para convertirse en oportunidad
Esto recuerda, por no perder la costumbre, al síndrome de Versalles: subir el precio del pan —suscripción— mientras se ignora que no hay harina. Así que en definitiva, la oferta de los 50 euros es, en última estancia, la confesión de un fracaso. Es admitir que el producto ya no genera lealtad, sino picaresca. Un bar lleno de gente viendo el fútbol debería ser un templo de comunión, el último reducto de la comunidad física en un mundo digital. Convertirlo en escenario de sospecha, donde el cliente mira de reojo al dueño calculando si la denuncia pagaría la cena, es destruir el tejido social que sostiene al mismo deporte.
Lo que necesita LaLiga es liberar las cadenas financieras que impiden a los clubes obrar con libertad, recuperar la propiedad de su futuro y, sobre todo, recordar que la dignidad de un vecino vale infinitamente más que los cincuenta euros que vale la traición.
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