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La Galerna

·24. April 2026

Una libertad incoherente

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En estos días, como ocurre cada año cuando se acerca la final de la Copa del Rey, el día de partido y las jornadas posteriores, nos ha tocado escuchar todo tipo de argumentos sin demasiado sentido sobre lo que supone pitar o no el himno de España. Y conviene aclararlo desde el principio: cuando hablo de pitar el himno me refiero exclusivamente a eso, a los silbidos, no a cánticos, ni insultos, ni saltos en la grada, ni ningún otro comportamiento añadido. Solo al hecho de pitar. Y, aun así, sorprende comprobar cómo se juzga de manera distinta según cuál sea ese himno. Teniendo en cuenta además de dónde veníamos, hay aspectos que llaman especialmente la atención.

Por suerte o por desgracia, quienes escriben o hablan en medios y redes son, de algún modo, esclavos de sus propias palabras. Por eso sabemos que lo sucedido el otro día por parte de un sector importante de la grada de la Real Sociedad no se ha tratado de la misma forma que cuando, en Cornellà, se pitó el himno de Egipto. El motivo de fondo de aquella pitada me interesa poco; lo relevante es el hecho en sí. Lo ocurrido en aquel España-Egipto disputado en el estadio del Espanyol fue, sencillamente, lamentable. Una selección que llegaba con toda la ilusión del mundo para disputar un partido que, por muy amistoso que fuese, tenía un carácter histórico para ellos; jugadores que se enfrentaban a futbolistas a los que admiran; aficionados egipcios residentes en España que quizás nunca vuelvan a tener la oportunidad de ver a su selección en directo.


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Sin embargo, cuando sonó su himno, gran parte de la grada se dedicó a silbar sin contemplaciones. Recuerdo perfectamente la cara de incredulidad de los cuerpos técnicos, el gesto de los futbolistas africanos mientras esperaban escuchar con orgullo su himno y apenas podían hacerlo. Aquella escena fue incómoda, triste e innecesaria. Desde este espacio, centrado únicamente en el fútbol y al margen de cualquier debate político, no hace falta explicar los motivos que hay detrás de esas pitadas. Nadie vive ajeno a la realidad. Todos sabemos qué hay detrás, tanto cuando se pita el himno de Egipto como cuando se pita el de España. Pero lo que me interesa subrayar es otra cosa: la falta de respeto que supone. Y la falta de respeto es exactamente la misma, independientemente del himno que suene.

Recuerdo también cómo, al día siguiente de aquel amistoso, los medios reaccionaron con dureza. Se habló de vergüenza, de imagen lamentable, de un comportamiento impropio de un país como España. Se habló de falta de educación, de intolerancia, incluso de racismo. Repito, hablo de los silbidos, no de los cánticos. Y, sinceramente, me pareció bien. Me pareció justo que se señalara una actitud que no dejaba en buen lugar a nadie. Porque, más allá del fútbol, aquel gesto transmitía una imagen muy pobre de quienes lo protagonizaron y, de rebote, del país que lo acogía.

hay pitadas buenas y pitadas malas, faltas de respeto tolerables y otras inaceptables, dependiendo del símbolo al que se dirijan. Y eso, además de incoherente, es profundamente injusto

Pensé entonces que ojalá esa misma firmeza se hubiera mantenido en otras ocasiones, especialmente cuando el himno silbado era el propio. No por darle más importancia, sino por darle exactamente la misma. Porque ese es el punto central de todo esto: la coherencia. Si algo está mal, lo está siempre. No dependiendo del contexto, ni del momento, ni de quién lo protagonice. Y si pitar un himno extranjero es una falta de respeto, pitar el propio lo es exactamente igual. Ni más ni menos. Por eso, cuando el otro día, frente al televisor, escuché los pitos al himno de España en una final entre dos equipos españoles disputada en territorio español, pensé que al día siguiente se iba a montar un revuelo considerable. Incluso, de manera ingenua, creí que al tratarse del himno nacional la reacción sería todavía más contundente. No porque deba serlo, sino porque veníamos de un precedente muy reciente en el que la indignación había sido unánime. Nada más lejos de la realidad.

Resulta que, en este caso, la libertad de expresión debía situarse por encima del respeto. Que pitar el himno de España sí podía considerarse un acto legítimo. Que la indignación se rebajaba hasta convertirse en algo anecdótico. Es verdad que, en medio de todo ese bochorno, me sorprendió gratamente escuchar a Paco González, el único que señaló la contradicción evidente: en este país nos llevamos las manos a la cabeza cuando se silba cualquier himno… salvo el nuestro. Y es ahí donde aparece el problema de fondo. No tanto el hecho puntual, que también, sino la doble vara de medir. Porque el mensaje que se transmite es que hay pitadas buenas y pitadas malas, faltas de respeto tolerables y otras inaceptables, dependiendo del símbolo al que se dirijan. Y eso, además de incoherente, es profundamente injusto. O defendemos el respeto siempre, o asumimos que no nos importa tanto como decimos.

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En otros lugares, como Francia, pitar el himno nacional provoca la suspensión del evento, sea deportivo o de cualquier otra índole. Yo no soy especialmente partidario de la censura ni de las prohibiciones. Creo en la libertad de expresión, pero también creo que el respeto debería situarse siempre por encima. Personalmente, no se me pasaría por la cabeza pitar ningún himno, el de mi país o el de cualquier otro. No me nace, no lo entiendo y, sobre todo, no creo que aporte absolutamente nada. Porque, además, conviene recordar algo evidente: pitar un himno no cambia nada. No soluciona conflictos, no arregla problemas y no mejora la convivencia. Solo genera ruido, incomodidad y una imagen innecesariamente negativa.

Es un gesto vacío que, sin embargo, tiene un impacto enorme porque se produce en escenarios con millones de espectadores. Y el fútbol, precisamente por su enorme alcance, multiplica cualquier gesto, para bien y para mal. Si a todos los medios les pareció patética y ridícula la imagen que dio España al mundo el día del amistoso frente a Egipto, imaginemos la que damos cuando silbamos nuestro propio himno. Porque, más allá de debates ideológicos, lo que se ve desde fuera es simplemente un estadio pitando un símbolo que representa al país anfitrión. Y eso, se mire como se mire, tampoco deja en buen lugar a nadie.

Tenlo claro, si pitas el himno de España, o cualquier otro, tú tampoco te mereces el respeto de nadie

El fútbol tiene algo maravilloso: es el deporte más seguido del planeta. Pero también arrastra su cara menos amable: precisamente por su alcance masivo, siempre habrá un porcentaje considerable de maleducados y de paletos que confunden la libertad de expresión con la falta de respeto, que utilizan la grada como válvula de escape de frustraciones personales y que encuentran en el anonimato colectivo una coartada perfecta. Gente que cree que todo vale, que cualquier gesto es defendible si se ampara en la libertad individual, olvidando que la convivencia también exige ciertos mínimos. Y, probablemente, ese sea el verdadero problema. Que hemos normalizado comportamientos que, en cualquier otro ámbito, nos parecerían inaceptables. Que hemos asumido que en el fútbol todo está permitido. Y que, mientras seguimos discutiendo sobre si pitar un himno concreto está bien o mal, perdemos de vista lo esencial: el respeto debería ser siempre el punto de partida. Sin matices, sin excepciones y sin dobles raseros. Porque, de lo contrario, no estaremos defendiendo principios, sino simplemente justificando aquello que nos conviene en cada momento.

Quizás, si quienes protagonizan estas escenas pudieran verse desde fuera, si contemplaran sus propios gestos con la misma distancia con la que juzgan los de los demás, otro gallo cantaría. Pero mientras eso no ocurra, seguiremos asistiendo, año tras año, a la misma discusión, al mismo ruido y a la misma falta de coherencia. Y, lo que es peor, seguiremos dando por normal algo que, en el fondo, nunca debería haberlo sido. Tenlo claro, si pitas el himno de España, o cualquier otro, tú tampoco te mereces el respeto de nadie.

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