La Galerna
·8. März 2026
¿Y si nos olvidamos de Negreira?

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Minuto 43 de la final de la Champions de 2022 entre el Real Madrid y el Liverpool. Karim Benzema marca un gol totalmente legal, pues el balón le viene de dos defensas rivales que lo despejan hacia su propia portería y, pese a que se ve perfectamente en las imágenes, los artistas del VAR, tras una revisión de unos tres minutos, deciden anularlo. La “muy madridista” prensa española apoya la decisión con argumentos peregrinos como si el equipo perjudicado perteneciera a la extinta Checoslovaquia. Esto de Marca pasa a mis “anales” particulares de la historia, pues ya imaginan por qué parte del cuerpo me dio esta explicación:
He querido dejar el subtítulo que acompaña a esta excrecencia: “No le hizo falta al Madrid”. Y no le hizo falta porque finalmente ganó el partido, porque fue capaz de sobreponerse al error arbitral y de derrotar a los de Klopp a base de seguridad en defensa, sobriedad y contención en el centro del campo, y la calidad de Vinicius y Courtois, los mejores del mundo en sus puestos. El Real Madrid ganó toda una final de la Copa de Europa y no necesitamos acordarnos del arbitraje.
Una extraña sensación me acompaña desde febrero de 2023, desde que constatamos que los penosos arbitrajes que sufríamos desde hacía dos décadas tenían una motivación económica: los pagos al vicepresidente de los árbitros por parte de un Fútbol Club Barcelona que reventó todas las estadísticas posibles. Al shock por la noticia sucedió la consternación por ver las declaraciones de todos los dirigentes federativos y periodistas afines al Tinglao y comprender que no iba a pasarle nada al club pagador. No solo eso sino que, además, los ejecutores de los designios de los mandamases del CTA, es decir, los árbitros, iban a seguir empleándose con la misma saña, lo que ayudó a que el mediocre Barça de Xavi Hernández se hiciera con aquella Liga.
La temporada siguiente, 2023-24, fue encarada de una manera diferente por los nuestros. Conocedores del pastel, los jugadores se dedicaron a lo que mejor saben hacer: poner su calidad en el campo y ganar los partidos pese a que los “culegiados” siguieran haciendo de las suyas. A algunos árbitros se les vio el plumero en exceso, quizás rabiosos porque la mugre había sido destapada y un club los señalaba abiertamente con el dedo en su calidad de sospechosos. Solo así se entienden decisiones como el gol anulado por Gil Manzano a Jude Bellingham en Mestalla, rematada por una expulsión al jugador por dirigirse en unos términos a los que no se acercaba ni la más suave de las frases de Luis Suárez en sus ocho años campando (agrediendo e insultando) por los campos de España. Y a todas esas jugadas polémicas sucedían los comentarios posteriores de los Pável, Pérez Burrull, Iturralde y Foutos de la vida justificando sus criterios cambiantes o las líneas mal tiradas del VAR como si los del Madrid fuéramos unos quejicas paranoicos. “Bien pitado”, resolvían con los esfínteres bien apretados para que las risas contenidas no dejaran escapar una ventosidad. O dos, tras la emanada por la boca.

Aun con esos penosos arbitrajes, el Real Madrid culminó una temporada ejemplar, con solo dos derrotas. Tampoco fue casualidad que ambas se produjeran ante el Atlético de Madrid en encuentros dirigidos por el colchonero Cuadra Fernández. Dos partidos repletos de jugadas polémicas resueltas siempre (curiosamente) a favor de los “suyos”. El equipo siguió a lo que debía y, pese al calamitoso nivel del arbitraje nacional, se ganó la Liga y la Supercopa. Y fuera del ecosistema negreiro, la Champions y, tras el verano, Supercopa de Europa e Intercontinental.
Los años pasan y hay momentos en que parece que el caso Negreira se diluye, está cerca de ser enterrado. Pero somos muchos los que mantenemos la herida abierta, una herida que no cicatriza porque nos hurgan con el dedo cada semana. El Barça se repuso en los inicios de la temporada 2024-25 y mejoró notablemente su juego, al tiempo que el nuestro bajaba. Durante esos meses, los centímetros que decidían los goles o su anulación caían siempre del lado culé o en contra del Real Madrid, ¡vaya por Dios!, “puedo ayudaros con el VAR” y Clos Gómez en el recuerdo.
Pero, aun con todos estos elementos en contra, los nuestros fueron capaces de escaparse en la clasificación. Siete puntos de ventaja en febrero. Ahí reventó el sistema. La primera media hora de Munuera Montero en Pamplona es digna de los mejores tiempos de Iturralde González y Enríquez Negreira en sus respectivas etapas de árbitros profesionales. Al atraco en Pamplona siguieron los del Bernabéu frente al Atlético de Madrid y el esperpento perpetrado en Cornellá frente al Espanyol. En solo tres semanas nos habían colocado nuevamente por detrás del Cautelares y Palancas Club.
El club se movió (¡por fin!) y emitió un duro comunicado de cuatro páginas contra el estamento arbitral. Tarde e insuficiente para el que esto escribe, pero un comunicado contundente y de enorme dureza. Muy necesario.
Ese día se unieron todos los demás clubes al corruptor, a un CTA investigado, a esa pléyade de árbitros bajo sospecha, a LaLiga que miró para otro lado y a una Federación que deseaba pasar página, y desde ese día, de tanto pensar en Negreira, a veces pienso que nos hemos olvidado del fútbol. Posiblemente sea uno de los madridistas que más se ha despegado de un deporte que he seguido y practicado desde hace más de medio siglo. Que amaba, que me desvelaba, disfrutaba y, también, me cabreaba. Este año me habré perdido la mitad de los partidos del equipo y cuando lo veo, no reconozco nada. No disfruta prácticamente nada. Cierto es que el fútbol no acompaña en la mayoría de los partidos, pero compruebo que somos muchos los que estamos pendientes de otras cosas.
Cada semana, según se anuncian los trencillas del fin de semana, comienzan los análisis de buena gente a la que aprecio (cabaislois, futbolgate) sobre las “hazañas” previas de estos tipos del silbato para restarnos puntos en el pasado. Real Madrid TV emite sus vídeos con imágenes bochornosas acerca de los sospechosos habituales: Soto Grado, HH, BB, Gil Manzano, Alberola, Díaz de Mera… Y quizás, solo quizás, de tanto pensar solo en los arbitrajes de turno, se nos ha olvidado jugar al fútbol. Sí, lo sé, lo sé. Los aficionados somos una cosa bien distinta a los profesionales que están en el campo, que deberían abstraerse de estas emboscadas y competir dignamente, como se supone que deben hacer unos profesionales. Sobreponerse a un gol erróneamente anulado, como en la final de París con la que comienzo este artículo.
Pero es imposible. Recordad la final de la Copa del Rey de la temporada pasada, cuando la sensación de impunidad de De Burgos Bengoetxea y González Fuertes les animó a amenazar al Real Madrid la tarde anterior al partido. Es imposible que un profesional no salga al campo pensando que va a ser juzgado de una manera distinta a sus rivales. Y luego, al menos ese día, no fue así, quizás por toda la presión que los mismos colegiados echaron sobre sus espaldas.
Un lector que haya llegado hasta aquí podría estar pensando ahora mismo: “¿entonces tú, soplagaitas, que has escrito un libro de 372 páginas sobre el caso Negreira, estás pidiendo que nos olvidemos del mismo y nos pongamos a jugar al fútbol como si no pasara nada? ¿Qué “cacho” del cerebro se te ha caído?”.
Yo mismo me lo pregunto muchas veces. No olvido la rebaja de calidad que ha habido en la plantilla con las salidas de Kroos y Modric sin recambios ni fichajes, ni olvido tampoco la plaga de lesiones que merma cualquier posibilidad de continuidad y crecimiento del equipo, factores ambos en los que el club, sin duda, es responsable por una gestión claramente mejorable. Me miro al espejo justo antes de afeitarme y me pregunto muy serio: “¿Y si nos olvidamos de Negreira y los arbitrajes?”.
Y mientras me paso la maquinilla, pienso en esos jugadores a los que veo desbordados. Atenazados, crispados. Haciendo aspavientos al árbitro al menor contratiempo. Solo dan pases de seguridad y los que llegaron en verano son una mala versión de sí mismos, incapaces de revertir su situación. Hay una regresión evidente.
Y mi misma figura reflejada en el espejo trata de hacer un análisis racional de la situación, y me contesta: “si para derrotar al Mallorca necesitas marcar cinco goles para que valgan solo dos, ocurre que terminas pidiendo la hora y salvando un empate bajo palos, y la confianza se merma. Si no juegas bien frente al Rayo en Vallecas y encima ves que a Chavarría le permiten hacer dos penaltis escandalosos que se van al limbo, te vuelves a casa pensando que lo que tienes que hacer es mejorar y no protestar, porque eso es lo que te dicen. Si luego vas al campo del Girona y ves cómo una zancadilla a Rodrygo es considerada por todos los expertos como un contacto residual, sin intensidad suficiente, pues regresas con dos puntos menos y ya jugarás mejor el próximo día, que es lo que tienes que hacer. Porque al final acabas quejándote incluso en las victorias claras, como frente al Barça en la primera vuelta, o contra el Alavés, partidos en los que zancadillas escandalosas fueron consideradas piscinazos o que el defensa tenía la pierna antes que tú, o que el centímetro del VAR no falla… Y al final no disfrutas de las victorias y sigues con tu crispación ante los de amarillo”.
—Pero, entonces, subconsciente cabrón, me estás dando la razón.
—Mira a tu máximo rival cuando el partido se le atasca.
Es entonces cuando ves su partido frente al Rayo de la temporada anterior, en el que ganan 1-0 de penalti tras un agarrón leve y cómo un agarrón de tres segundos en el área culé se queda sin señalar. O cómo anulan un gol a De Frutos por un fuera de juego posicional de chiste y respondes a tu reflejo:

—¿Me estás diciendo que ellos se agarran al fútbol y no al arbitraje? Mira lo que ha pasado esta misma temporada, de penalti y sin VAR.
—No, te estoy diciendo que ellos ya saben cuáles son las normas, las suyas propias, y juegan de acuerdo con ellas, mientras que nosotros somos tan torpes que todavía no nos hemos dado cuenta de cómo hacerlo. Y llega un día en que estás espeso, las cosas no salen, como el día del Celta en el Bernabéu, y tus protestas te acaban costando dos rojas innecesarias. Rojas de hartazgo. O tienes al equipo en cuadro, repleto de lesionados, como el lunes pasado frente al Getafe, y tu misma desesperación te hace provocar tres tarjetas que conllevan sanción y tres bajas más (Huijsen, Carreras y Mastantuono). Nos pasamos el día hablando de arbitrajes, incluso los días que ni nos van ni nos vienen, como la semifinal de Copa entre el Malakito y los Negreiros. ¡Ponte a jugar sabiendo las reglas con las que te toca competir en la MLN, como hicisteis en la 2023-24, o en la final de la Champions de 2022, carajo!
Termino de afeitarme, me lavo la cara, me seco con la toalla y ya, totalmente confundido, me digo:
—De acuerdo, hay que pensar en construir en el equipo poco a poco. En recuperar a los lesionados, en buscar automatismos, en generar confianza, poco a poco. En confiar en la calidad de los que no han bajado de nivel, los mismos de París, e ir sumando adeptos a la causa. Partido a partido, aunque suene cholista. ¿Y ya después, nos olvidamos de Negreira?
—A ver, chaval, ¿quién más quiere que te olvides de Negreira?
Ese culé que dirige ahora el CTA y ha puesto al “talismán” Fernández Borbalán al frente del cotarro y a un promocionado por Negreira como Prieto Iglesias dirigiendo el VAR. Ese es el que quiere que lo olvides. Pues bien, no lo olvides nunca, al menos mientras no haya una sanción ejemplar. Lo que tienes que hacer es ignorarlo en el campo y jugar al fútbol lo mejor que puedas mientras puedas y las patadas rivales te lo permitan. Las reglas están muy claras, perfectamente definidas desde antes de esa carta del 2 de febrero de 2025, y aún más claras desde entonces. Sabes que hay árbitros que se han juntado en un sindicato (de millonarios, especie única en el mundo) con el único fin de putearte y de que no acabes con su chiringuito, pues eres el único que quiere cambiarlo. Esas son las reglas, no digo que las aceptes, pero asúmelas y juega con ellas, o contra ellas. Igual que sabes que jugar como visitante es más complicado que hacerlo de local, o que en un campo embarrado es más difícil construir el juego que cuando está perfecto, también sabes que compites en el ecosistema Negreiro. Controla lo que esté en tu mano: la forma física de los jugadores, la actitud, la confianza en el entrenador. Mejora todo aquello en lo que te has equivocado, y recupera la calidad y el físico en la plantilla. Eres mejor que todos ellos juntos, ya lo habéis demostrado muchas veces.
Y sobre todo, no olvidemos que nada les hace más daño que cada uno de nuestros títulos.
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