Balonazos
·19 January 2026
Arbeloa se sentó en la «silla eléctrica» del Madrid

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·19 January 2026


Ser director técnico de fútbol es, posiblemente, el oficio más ingrato del mundo, si se quiere, se trata de pasar de ser un estratega brillante a un «vende humo» en apenas noventa minutos. Pero si ese banquillo está ubicado en el Santiago Bernabéu, la presión es como la mismísima caldera de un barco, la presión se cuenta por toneladas. En el Real Madrid, si a ver vamos, la gloria es efímera y el olvido es inmediato; lo podemos ver como una vitrina donde el éxito se asume por obligación y el fracaso se paga con un rápido exilio, con la respectiva patadita por detrás.
La semana pasada fue un recordatorio de que en la Casa Blanca no se andan con miramientos y miriñaques ni se vive de recuerdos. Se vive de resultados frescos, van siempre a la “pomada” pues. La derrota de Xabi Alonso ante el Barcelona en la Supercopa no solo dolió a sus queridos seguidores por el marcador. Sino por lo que desencadenó: una crisis de fe instantánea y “pa’ fuera”. La apuesta por Álvaro Arbeloa, que busca ser un revulsivo de la casa, terminó estrellándose apenas horas después contra la realidad en la Copa del Rey frente al Albacete (3-2).
Ese tropiezo copero fue un «balde de agua fría» para la afición. Aunque ayer sábado el equipo logró sacar las garras y vencer 2 a 0 al Levante, el ambiente sigue enrarecido. En Madrid, ganar un partido no es suficiente para apagar el fuego si la forma no convence y tampoco se vence. Arbeloa está experimentando en carne propia que dirigir al equipo más publicitado del planeta es como caminar por la cuerda floja: un descuido y te sumerges de inmediato en el foso, sin importar cuántas Champions, Mundial de Clubes, Supercopa, Copa del Rey, Liga o lo que sea, ganaste como jugador.

Para entender el desespero actual, hay que mirar por el retrovisor. Carlo Ancelotti logró algo que parecía una anomalía en la historia moderna del club: estabilidad y calma. «Carletto» era el hombre que surfeaba las olas más altas con su parsimonia: un chicle en la boca y una ceja levantada, mirando adelante y por el retrovisor para mantener el equilibrio por años. Sin embargo, su salida dejó un vacío de liderazgo que ni la mística ni los nombres de peso han podido llenar con la misma soltura.
Hoy, la paciencia es un lujo que el Madrid no se permite. Mientras en otros clubes un proceso se aguanta por un par de temporadas. En Chamartín la prensa y la grada te pasan factura apenas en la tercera rueda de prensa y sin pestañear. La comparación constante con la gestión de Ancelotti es una sombra pesada que persigue a cualquier sucesor. Convierte cada esquema táctico en un juicio público donde la sentencia siempre es la misma: apártate co… porque «no das la talla».
A ver, el Real Madrid es, al mismo tiempo, el sueño y la pesadilla de cualquier entrenador. La auténtica caja de sorpresas; un día el equipo parece invencible y al otro se queda «fuera de lote» contra un club de menor jerarquía, como decimos por acá con los del “perraje”, ni más ni menos. Esa inconsistencia es la que tiene a Arbeloa, en horas apenas, en el ojo del huracán. Las críticas están a la orden del día y, siendo realistas, nada garantiza la permanencia. En ese equipo, el marketing y la presión mediática corren más rápido que los mismos jugadores.
Ser el técnico merengue implica gestionar egos galácticos que andan por la estratosfera. A la vez, satisfacer a una audiencia global que no entiende de «procesos de adaptación». Al final de cuentos, el banquillo del Madrid sigue siendo ese puesto encumbrado donde hoy eres un rey y mañana, si te descuidas, te entregan en un tris el pasaje de salida y sin escalas. Así es el fútbol de élite: una tómbola donde la bolita blanca siempre pesa más. ¡Veremos!









































