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La Galerna

·24 April 2026

Camavinga, la pena y la nada

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Lo peor de la temporada de nuestro equipo no ha sido la derrota. Hasta los miembros más desquiciados de una afición tan disparatadamente exigente como la del Real Madrid somos conscientes de que no se puede ganar siempre. En realidad, lo que nos ha llenado de desazón ha sido la forma de perder: esa percepción compartida de falta de filo, la ausencia de esa convicción callada que a menudo convierte los partidos del equipo blanco en una inercia victoriosa. No sólo es que este año todo pareciese aún más frágil que en la 2024-25, lo verdaderamente desgarrador ha derivado de la sensación de descontrol, desidia y de ahorro de esfuerzos sin plan ni propósito.

Los insiders que revolotean como dípteros alrededor de la institución han sugerido faltas de respeto a varios de los entrenadores. Ignoro si dichos rumores son ciertos, pero cualquiera que conozca la historia de los vestuarios del Madrid sabe que lo grave no está en que exista un ambiente de egoísmo per se. El egoísmo puede estimular la competitividad más feroz, recuérdese el caso de Cristiano Ronaldo, Sergio Ramos y, en general, todo aquel Madrid de los Jerarcas. El problema aparece cuando se trata de un egoísmo frivolón, en el que el acomodo supera las ganas, como si el éxito pasado se hubiese convertido en una coartada blanda para el presente.


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En este contexto de desasosegante decepción cada uno rumia el malestar como puede, y a menudo se recurre a la vieja táctica de erigir un tótem que sirva como muñeco del pimpampum. Habrá quien argumente que, objetivamente, resulta injusto focalizar las culpas colectivas en alguien; por otro lado, la respuesta vitriólica sale sola: cuando hay tantos culpables, al menos sabes que no vas a fallar acusando a un inocente.

En el caso de un servidor, la sucesión de esperpentos me hizo escoger a Camavinga, no tanto por una manía razonada, apoyada en estadísticas o en sistemas tácticos, como por una irritación doméstica, puramente emocional. Ni siquiera lo hice por el cliché de sus innecesarias pérdidas de balón o por su confusión entre talento y temeridad —cada vez más contenida, quién sabe si convirtiéndolo en peor jugador—: sinceramente, creo que para mí encarnaba, en sus hechuras y andares, esa actitud displicente, de levedad mal entendida, que tanto nos ha rechinado. El lector puede imaginarse lo que salió de mi boca con el episodio de la segunda amarilla en Múnich, de la misma manera que entenderá que no es reproducible en esta columna. Digamos que, de haber dependido su finiquito de mi mano, a partir de esa noche no hubiera vuelto a vestir la camiseta madridista.

“Entre la pena y la nada, elijo la pena”. La pena, de algún modo, restituye un vínculo y hace mínimamente creíble el compromiso. La nada es la indiferencia, el dejar de sentir. Algo tan frecuente en la actualidad como incompatible con lo que siempre fue el Madrid

Sin embargo, unos días después leí cierta noticia que me hizo torcer el gesto. Según el Marca, Camavinga había llorado desconsoladamente en el vestuario, ante la congoja y el asombro del resto de sus compañeros. De repente, mi enfado se tornó amargo, y recordé aquella frase de un personaje de Faulkner en Las palmeras salvajes —posteriormente versionada en una extraordinaria canción por el único antimadridista al que respeto: Nacho Vegas—: “entre la pena y la nada, elijo la pena”. Puede resultar pueril, pero ese dolor de Camavinga me devolvió una forma de empatía que creía extraviada.

Vivimos en una época en la que la mayoría de los protagonistas de la industria del fútbol —el propio término supone, ay, una declaración de intenciones— se cuecen en una performance constante en las redes sociales, encapsulados en una burbuja de sonrisas impostadas, emojis y estupideces huecas. Esta actitud superficial —y, por qué no decirlo, niñata— genera una desconexión con el hincha, puesto que da la impresión de que sus errores y fracasos no les pertenecen del todo, o, peor aún, no les importan. Como si una eliminación de la Copa de Europa fuese apenas un contenido más que subir a Instagram el día siguiente.

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De ahí que conmueva ver a uno de los tuyos quebrarse. No me engaño, soy consciente de que esa representación tiene una carga de ficción y no poco de infantilismo voluntarista por mi parte. Con toda seguridad, Camavinga lloraba antes que nada por él mismo y por su frustración íntima, quién sabe si también temeroso de su futuro contractual. Pero, al mismo tiempo, algunos necesitamos proyectar en ese gesto algo más amplio, casi colectivo.  Yo, al menos, necesito creer que le duele por todos y que carga simbólicamente con una parte de mi decepción.

Insisto en que el fútbol moderno, con toda su parafernalia, tiene un punto de frivolidad insoportable, y los hinchas auténticos se sienten —nos sentimos— expulsados cuando perciben —percibimos— que al otro lado todo es liviano, intercambiable y casi decorativo. “Entre la pena y la nada, elijo la pena”. La pena, de algún modo, restituye un vínculo y hace mínimamente creíble el compromiso. La nada es la indiferencia, el dejar de sentir, el aceptar que todo da igual. Algo tan frecuente en la actualidad como incompatible con lo que siempre fue el Madrid.

En el Madrid la pena solo es aceptable si constituye el prólogo —breve— de la victoria

Llegados a este punto, conviene realizar una última aclaración. Esta columna no pretende construir un elogio estético del sufrimiento ni una reivindicación romántica de la derrota; al menos, cuando observé por última vez la camiseta de nuestro equipo, aún no le había salido ninguna raya roja. Dios nos libre de instalarnos en ese territorio autocomplaciente en el que perder adquiere una pátina poética que lo justifica todo.

En el Madrid el sufrimiento no tiene valor literario ni de refugio, sólo es un tránsito incómodo. De modo que la pena de Camavinga —y, con ella, la nuestra— solo tiene sentido si arde, si empuja, si se convierte en un motor. Desde luego que prefiero a un jugador que llora desconsolado que a uno que se encoge de hombros. Desde luego que prefiero el dolor de la decepción a la nada tibia. Sin embargo, no basta con sentirlo. No en vano en el Madrid la pena solo es aceptable si constituye el prólogo —breve— de la victoria.

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