La Galerna
·22 January 2026
El espíritu de la amistad

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·22 January 2026

El Real Madrid necesitaba algo más que una victoria. Necesitaba una noche que se pareciera al fútbol, al disfrute y, sobre todo, a una reconciliación emocional con su gente. El 6-1 ante el Mónaco en el Santiago Bernabéu fue todo eso a la vez: una goleada, un espectáculo y una bocanada de aire fresco en medio de un ambiente enrarecido que amenazaba con hacerse irrespirable. Y todo ocurrió apenas una semana después de la llegada de Álvaro Arbeloa al banquillo blanco.
No es casualidad que el partido más divertido del curso haya llegado justo cuando el club atraviesa uno de sus momentos más delicados a nivel institucional y social. La afición estaba —y sigue estando— enfadada. Enfadada con los jugadores, señalados por su falta de compromiso en semanas anteriores, y enfadada con Florentino Pérez, cuya figura vuelve a situarse en el centro del huracán. En ese contexto aterriza Arbeloa, un técnico nuevo, sin apenas tiempo de trabajo, pero con una idea muy clara: unir antes que corregir, abrazar antes que exigir.

Desde su primera rueda de prensa, el mensaje ha sido inequívoco. Defensa cerrada del vestuario, elogios constantes a sus futbolistas y palabras casi reverenciales hacia el presidente del club. Un discurso que ha sorprendido a muchos y ha irritado a otros, precisamente porque llega cuando una parte importante del madridismo pedía lo contrario: autocrítica, exigencia y explicaciones. Arbeloa, sin embargo, ha optado por el camino de la armonía, por crear un entorno cómodo, casi protector, para que los jugadores vuelvan a sentirse importantes, queridos y respaldados. Y, al menos de momento, la apuesta ha funcionado. No me sale culparle de lo que pasó en Albacete, qué queréis que os diga.
La imagen que resume la noche no está tanto en el marcador como en un gesto: Vinícius Júnior corriendo hacia el banquillo para abrazar a su entrenador tras marcar
El Real Madrid fue reconocible por primera vez en mucho tiempo. Jugó con alegría, con desparpajo y con una sensación de libertad que no se veía desde hacía meses. El balón circuló con rapidez, los atacantes se movieron sin miedo al error y el equipo atacó como si el fútbol volviera a ser un juego. Seis goles no se explican solo por la debilidad del rival; se explican por una actitud distinta, por una energía renovada y por la sonrisa que apareció en muchos rostros que llevaban demasiado tiempo fruncidos.
La imagen que resume la noche no está tanto en el marcador como en un gesto: Vinícius Júnior corriendo hacia el banquillo para abrazar a su entrenador tras marcar. No es una escena habitual en el Bernabéu, y menos aún en un contexto tan tenso como el actual.

Ese abrazo no fue solo celebración; fue mensaje. El brasileño, tantas veces señalado, criticado y cuestionado, parecía liberar una carga emocional que llevaba semanas arrastrando. Arbeloa respondió de la misma manera: cercanía, complicidad y una sonrisa que hablaba de confianza mutua.
Ese es, de momento, el gran triunfo del nuevo técnico. Ha conseguido que los jugadores se sientan cómodos consigo mismos. Que vuelvan a disfrutar. Que se liberen del ruido exterior y se centren en lo que mejor saben hacer. El Real Madrid del martes fue imperfecto, sí, pero también fue valiente y atrevido. Y eso, en este punto de la temporada, ya es mucho.
Ahora bien, el entusiasmo no debe ocultar las carencias. Porque si el partido fue divertido, también fue revelador en otro sentido: el Mónaco generó demasiadas ocasiones. El resultado final maquilla una fragilidad defensiva que sigue ahí, latente y peligrosa. El equipo concede espacios, sufre en las transiciones y muestra una desorganización que, ante rivales de mayor nivel, puede convertirse en un problema serio.
Aquí aparece la gran incógnita del proyecto Arbeloa. El “espíritu de la amistad” es un punto de partida interesante, incluso necesario, para reconstruir un vestuario tocado anímicamente. Pero el fútbol de élite no se gana solo con abrazos, elogios y buen rollo. Tarde o temprano llegará el momento de exigir, de corregir errores y de imponer un mínimo de rigor táctico, especialmente en defensa. Y ese momento llegará en los partidos grandes, en las eliminatorias decisivas, cuando el margen de error se reduce a cero. De momento, a gran parte de la afición madridista, le aburre mucho escuchar a Arbeloa, otra cosa será que, tras una serie de resultados positivos, convenza como método hacia las victorias.

El propio Arbeloa lo sabe. De momento, ha elegido proteger a los suyos y cerrar filas alrededor del club y de su presidente. Una postura que le permite ganar tiempo, crédito y confianza dentro del vestuario. Pero también una postura arriesgada, porque puede volverse en su contra si los resultados dejan de acompañar. En el Real Madrid, la amistad suma, pero no sustituye a la autoridad.
La goleada ante el Mónaco no soluciona todos los problemas, ni mucho menos. No reconcilia del todo a la afición con Florentino Pérez, ni borra de un plumazo semanas de decepción. Pero sí ofrece una pista interesante: este equipo necesitaba sentirse vivo. Necesitaba volver a disfrutar para empezar a competir. Y Arbeloa ha sabido tocar esa tecla en tiempo récord. Una tecla que quedará en nada si lo demostrado en el Bernabéu no se confirma en Villarreal, evidentemente.
Por eso queda por ver si sabrá tocar las siguientes. Porque el fútbol, como la vida, no es solo entusiasmo; también es orden, trabajo y responsabilidad. El Real Madrid ha recuperado la sonrisa, pero aún debe recuperar el equilibrio. Si lo consigue, el “espíritu de la amistad” puede ser algo más que una anécdota simpática. Si no, quedará como una noche feliz, intensa y efímera, de esas que se recuerdan con cariño… y con cierta nostalgia. De momento, el Bernabéu se fue a casa contento. Y eso, tal y como estaba el ambiente, ya es una pequeña victoria.







































