La Galerna
·18 February 2026
El racismo no se blanquea: se combate

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·18 February 2026

Lo ocurrido anoche en el Estadio da Luz durante el Benfica vs Real Madrid no es solo un incidente más en el historial de episodios desagradables que persiguen a Vinícius Júnior. Es algo más profundo. Más estructural. Más obsceno. Porque el racismo no es únicamente el insulto; es también la coartada. No es solo quien lo pronuncia; es quien lo minimiza, lo relativiza o lo justifica.
Según denunció el propio jugador del Real Madrid CF, el futbolista del SL Benfica Gianluca Prestianni le habría dirigido reiteradamente un insulto racista. El partido se detuvo. Se activó el protocolo. Hubo tensión. El equipo blanco llegó a valorar abandonar el campo. Después llegaron las declaraciones. Y con ellas, lo verdaderamente revelador: el desfile de justificadores.
Porque el racismo contemporáneo rara vez se presenta con capucha. Ahora viste traje de tertuliano. Habla en tono grave. Empieza las frases con un “yo condeno el racismo, pero…”. Y ahí está la trampa. El “pero” es el detergente moral con el que se pretende blanquear al racista.
Vinícius marcó. Celebró bailando. Fue amonestado. Y de inmediato aparecieron los pedagogos del gesto. “Es que provoca”. “Es que calienta al rival”. “Es que se expone”. El viejo argumento. La vieja infamia.

Es el mismo razonamiento que escuchamos fuera del fútbol cuando se intenta explicar una agresión sexual señalando la falda de la víctima. “Iba provocando”. “Se expone”. “Sabía a lo que se arriesgaba”.
No. En ningún orden moral mínimamente civilizado la celebración de un gol legitima un insulto racista. Igual que ninguna prenda legitima una agresión. La responsabilidad es siempre del agresor, no del agredido.
Y conviene recordar algo para los amnésicos selectivos. Hace apenas unas semanas, José Mourinho, hoy entrenador del Benfica, celebró como un poseso el gol de su portero contra el Real Madrid en la cara de Álvaro Arbeloa. Invadió espacio, gesticuló, gritó. Nadie habló de provocación estructural. Nadie pidió tarjetas pedagógicas. Nadie lo vinculó con posibles respuestas violentas.
Cuando celebra Mourinho es pasión competitiva.
Cuando baila Vinícius es provocación.
Ahí empieza el racismo. En la doble vara.
Hace unas semanas, Mourinho celebró como un poseso el gol de su portero contra el Real Madrid en la cara de Álvaro Arbeloa. Invadió espacio, gesticuló, gritó. Nadie habló de provocación estructural. Nadie pidió tarjetas pedagógicas
Las palabras de Kylian Mbappé fueron claras. Aseguró haber escuchado el insulto repetido. Afirmó que no hubo disculpa. Pidió consecuencias. Y añadió algo esencial: en una competición global vista por millones de niños, este tipo de comportamientos no puede quedar impune.
No es una exageración. Es pedagogía. El fútbol no es solo entretenimiento; es un espejo cultural. Si el espejo devuelve la imagen de que todo se arregla con una negación y un comunicado tibio, el mensaje es devastador.
Porque el problema no es únicamente lo que ocurrió en el césped. Es lo que ocurre después. El comunicado ambiguo. El análisis que habla de “malentendido”. El periodista que invita a “rebajar la tensión”. El club que pide “no sacar las cosas de contexto”.
“Contexto”. Qué palabra tan útil para esconder lo evidente.
Hay una forma de racismo que no grita. Susurra. No insulta; sugiere. No golpea; relativiza.
Dice que quizá no se oyó bien, dice que hay que escuchar todas las versiones, dice que no hay pruebas concluyentes.
Y mientras tanto, el jugador señalado lleva años soportando insultos en estadios, redes sociales y platós de televisión.
No estamos ante un hecho aislado. Vinícius ha sido objeto sistemático de hostilidad racial en distintos campos. Y siempre aparece la misma narrativa secundaria: “algo hará”.
El “algo hará” es el primo hermano del “algo habrá hecho”.
La historia nos enseña que los prejuicios nunca se sostienen solos. Necesitan cómplices. El racismo necesita blanqueadores. Gente que no se considera racista pero que actúa como muro de contención frente a cualquier consecuencia real.
El deporte debería ser uno de los pocos espacios donde la igualdad no admite discusión. Mismo reglamento. Mismo campo. Mismo árbitro.
Pero si permitimos que un insulto racista pueda resolverse con una negación y una rueda de prensa, estamos enviando un mensaje inequívoco: la dignidad es negociable.
No lo es.
El argumento de la provocación es particularmente perverso porque desplaza el foco. Convierte al agredido en protagonista del conflicto. Le exige contención emocional como requisito para merecer respeto. Le pide que celebre con moderación para no despertar al monstruo. No, el monstruo no duerme por falta de provocación; duerme por falta de consecuencias.
La historia nos enseña que los prejuicios nunca se sostienen solos. Necesitan cómplices. El racismo necesita blanqueadores. Gente que no se considera racista pero que actúa como muro de contención frente a cualquier consecuencia real
Gianluca Prestianni presuntamente pronunció un insulto racista reiterado. No estamos ante una travesura, no es una frase desafortunada, no es un calentón competitivo. Es una manifestación consciente de desprecio por la condición humana del rival.
Y eso, en el fútbol profesional del siglo XXI, debería tener una consecuencia ejemplar. No una multa simbólica, no una sanción de dos partidos, no un curso online de sensibilización.
Una inhabilitación definitiva.
Quien no entiende que el color de piel no es un argumento competitivo no debería tener espacio en una competición que se presenta como universal. El fútbol no es un derecho natural; es un privilegio profesional. Y todo privilegio está condicionado por el respeto básico a la dignidad ajena.
Habrá quien considere esta postura excesiva. Quien hable de segundas oportunidades. Quien invoque la juventud del jugador. Pero la juventud no exonera el racismo; lo hace más urgente de corregir.
Si el mensaje es tibio, el efecto será nulo.
El episodio trasciende el marcador. El 0-1 es anecdótico. Lo que queda es la fotografía moral.

En la grada y en las redes sociales se han visto reacciones que replican patrones sociales muy conocidos: culpabilizar a quien denuncia, pedir pruebas imposibles, acusar de victimismo, exigir silencio por el bien del espectáculo.
Ese mecanismo es idéntico al que opera en otros ámbitos. En la escuela. En el trabajo. En la calle. El racismo rara vez se sostiene por sí solo; se sostiene porque demasiada gente decide no incomodarse.
Y sin incomodidad no hay progreso.
El fútbol europeo se enfrenta a una decisión sencilla en apariencia y trascendental en el fondo. O considera que el racismo es una línea roja absoluta o acepta que es un riesgo asumible dentro del ruido competitivo.
No hay término medio.
Prestianni no debería volver a jugar al fútbol profesional. No por venganza. No por ejemplaridad teatral. Sino por coherencia moral. Porque la igualdad no es un eslogan para camisetas; es un principio operativo.
cada vez que se justifica la agresión señalando la conducta del agredido, retrocedemos décadas
Y a quienes siguen repitiendo que Vinícius “provoca” por bailar, conviene recordarles algo elemental: celebrar no es agredir. Gritar un gol no es deshumanizar. La alegría no es violencia.
El racismo sí lo es.
El deporte no necesita jugadores silenciosos. Necesita jugadores dignos. Y necesita instituciones que no titubeen.
Porque cada vez que alguien blanquea al racista, el insulto se repite.
Y cada vez que se justifica la agresión señalando la conducta del agredido, retrocedemos décadas.
La Copa de Europa presume de ser la élite del fútbol. Pues bien: la élite no se mide solo por la calidad técnica. Se mide por la estatura ética.
Y ahí no caben medias tintas. Espero que el acuerdo definitivo entre Real Madrid, UEFA, ECA y A-22 tenga como una de las banderas la erradicación definitiva del racismo en los campos de fútbol y las sanciones ejemplares de verdad a los jugadores, técnicos, periodistas y clubes que lo amparen de cualquiera de las maneras.
Me despido como siempre. Ser del Real Madrid, hoy más que nunca, es lo mejor que una persona puede ser en esta vida. ¡Hala Madrid!
Getty Images
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