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·18 February 2026

Historias madridistas (II): El viejo maestro

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Entró en el escenario en silla de ruedas, empujado por dos ayudantes y entre el aplauso cariñoso y sentido del público. Avanzó hacia el podio apoyándose en el bastón —apenas un par de pasos dados con la torpeza de sus piernas cansadas— y se encaramó con dificultad a la silla que le habían dispuesto sobre aquel. Dándose impulso con los pies y con las manos. En tres tiempos. Ya sentado, liberó con la mano, también torpe, insegura, los faldones de la levita aprisionados bajo su cuerpo, de forma que no limitaran aún más la escasa movilidad de sus brazos. El público, que llenaba el Auditorio Nacional, no pudo reprimir un nuevo aplauso cariñoso, lleno de afecto. Los músicos de la orquesta, que habían recibido al maestro de pie, se sentaron frente a sus atriles. Uno de los ayudantes acercó la batuta al viejo director. Y se hizo el milagro.

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Esas manos gastadas, apenas capaces de algo más que un mínimo balanceo arriba y abajo, comenzaron a repartir juego como si fueran las piernas de Kroos. Un pequeño movimiento del dedo meñique de su mano izquierda, y las cuerdas trepidaban como la pradera del Bernabéu bajo una estampida de Cristiano Ronaldo. Un arqueo de cejas y la orquesta, mesmerizada, se replegaba en un pianísimo tan sutil como un toque de Modric, tan inaprehensible como un desmarque de Benzema. Y la música de Beethoven fluía lenta, despaciosa e hipnótica, poseída por una tensión indesmayable que emanaba de esa batuta vieja y extenuada, pero animada por la pasión inextinguible de quien la empuñaba. No era run´n gun; era más bien un fútbol pausado, de combinaciones y regates asombrosos, y tan alejado de la prisa como del manierismo; un fútbol para sibaritas, diferente, hermoso e invencible.


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Esas manos gastadas, apenas capaces de algo más que un mínimo balanceo arriba y abajo, comenzaron a repartir juego como si fueran las piernas de Kroos

En la segunda parte, el maestro cambió por completo la disposición de la orquesta, colocando a las maderas en primera fila. Flautas, oboes, fagots, clarinetes (in that order) en primera línea de ataque, con las trompas haciéndoles la cobertura inmediatamente detrás. Las cuerdas, en segunda fila, y los metales y la percusión, allá al fondo, en sus demarcaciones habituales. ¿Ataque de entrenador del viejo maestro? No: Mourinho ganando partidos desde el banquillo. Porque el programa anunciaba en la segunda mitad la novena sinfonía de Schubert, y ese enfrentamiento requería sacar todo el brillo posible al color de las maderas.

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Y vaya si brillaron. Brillaron esos oboes elevándose por encima de la orquesta como un remate de Santillana. Brillaron esos clarinetes dulces y luminosos como una conducción de Zidane. Brillaron las flautas, alegres y chispeantes como si fueran Juanito aventando toda murria con sus animosas arrancadas. Y brillaron los fagots, graves y seguros, sosteniendo el edificio musical con su labor callada y de equipo, como si fueran Pirri y Stielike quienes los hacían sonar. Y la sinfonía de Schubert, conocida como “La Grande”, hizo honor a su apodo bajo la batuta reposada del anciano director, convertido en un Puskas capaz de ganar partidos en una baldosa o en una silla, que para el caso es lo mismo. Sin mover un músculo más de lo estrictamente necesario. Sin aspavientos. Sin gestos de cara a la galería. Pero con inteligencia, talento y amor inextinguible por el juego, a despecho de vejeces y dolores, desoyendo cualquier tentación de sucumbir a la melancolía de la edad.

El triunfo fue apoteósico. Un equipo de jóvenes de enorme talento pero escasa experiencia. ¿Les suena?

El triunfo fue apoteósico. El de las grandes noches de Champions. La West-Eastern Divan Orchestra, compuesta por músicos israelíes y palestinos e hipnotizada por la batuta del viejo maestro, jugó un encuentro memorable. Y ello a pesar de su insultante juventud: salvo una o dos excepciones, probablemente ninguno de sus miembros alcanzaba los treinta años. Un equipo de jóvenes de enorme talento pero escasa experiencia. ¿Les suena? Unos jóvenes comprometidos con su profesión, dispuestos a dar lo mejor de sí mismos en cada partido, y ansiosos de beber de las fuentes de la tradición. De empaparse del espíritu de quienes les precedieron e hicieron grande el juego a que se dedican. Con humildad. Con ganas de aprender. Con espíritu de equipo a pesar de las enormes diferencias que podrían separarles, incluso de la enemistad natural a que parecieran destinados.

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Y ver a Zubin Mehta, el viejo maestro, dirigir a sus noventa años a estos músicos fue un auténtico gustazo. Un hombre sabio. Un hombre bueno. El abuelo dirigiendo a sus nietos. Pero también fue algo más: el abuelo confiando en la nueva generación que empuja, transmitiéndole su conocimiento y disculpando comprensivo sus pequeños errores. Haciendo a sus muchachos receptores de la ovación, del cariño y de la gratitud por toda su carrera que el público le dedicaba puesto en pie. Dejándoles paso con elegancia, haciéndose discretamente a un lado, sabedor de que su tiempo está tocando a su fin. Como la Mariscala de El caballero de la rosa. Como Santillana hiciera con Butragueño. Como Arbeloa con Carvajal. Como tantos otros en la historia de nuestro club.

Sí, fue un concierto memorable, pero también algo más: un concierto muy madridista. Una lección del mejor madridismo. El de Zubin Mehta.

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