Un 10 Puro
·12 February 2026
La guerra imposible de Florentino Pérez: el día que la Superliga se quedó sin ejército

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·12 February 2026

La Superliga no murió este miércoles. La Superliga se fue muriendo desde el mismo instante en que se presentó como una revolución en un plató de televisión y no en una mesa de negociación europea.
El acuerdo entre el Real Madrid, la UEFA y la European Football Clubs (EFC) certifica el final de una guerra que empezó como desafío al monopolio y terminó como pacto de supervivencia. Cinco años después, Florentino Pérez no levanta ningún trofeo. Firma la paz.
La idea tenía lógica económica: más ingresos, más control para los grandes, blindaje frente a los clubes-estado y una competición que explotara mejor el producto. El diagnóstico no era delirante. El método sí lo fue.
La Superliga nació como un órdago total. Sin aliados sólidos, sin respaldo social, sin estrategia política más allá del choque frontal. Los ingleses huyeron en 48 horas. El Atlético se desmarcó. Italia retrocedió. El Barcelona resistió hasta que la realidad financiera le obligó a salir. El Real Madrid quedó solo.
Una revolución sin ejército no es revolución. Es aislamiento.
Durante años, el club blanco mantuvo la batalla en los tribunales. El fallo del Tribunal de Justicia de la Unión Europea dio aire jurídico, pero no construyó viabilidad económica ni consenso institucional. No obligaba a la UEFA a aceptar cualquier torneo alternativo; solo limitaba su poder arbitrario.
El margen político era mínimo. La presión social persistía. El ecosistema europeo cerraba filas. Y el tiempo, lejos de fortalecer el proyecto, lo fue desgastando.
El acuerdo actual no es la culminación de un plan maestro. Es la aceptación de que el plan original no tenía recorrido práctico.
Es cierto que la UEFA reformó la Champions. Que amplió partidos, incrementó ingresos y dio más voz a los clubes. También es cierto que el monopolio fue cuestionado y que el statu quo dejó de ser intocable.
Pero una cosa es forzar ajustes y otra muy distinta imponer un nuevo orden. La Superliga no transformó el sistema: lo tensionó hasta obligarlo a reforzarse.
Florentino quiso liderar una ruptura estructural del fútbol europeo. Acaba firmando su reintegración plena en ese mismo sistema. Eso no es exactamente una victoria estratégica.
El mayor problema no fue la ambición. Fue la lectura política. Enfrentarse simultáneamente a UEFA, federaciones, ligas, gobiernos, aficiones y medios exigía una arquitectura de alianzas que nunca existió.
La guerra se planteó como una cruzada moral: “salvar el fútbol”. Pero el fútbol no percibió que necesitara ser salvado por decreto.
Hoy hay paz institucional. Se acaban los litigios. Se reconstruyen puentes. El Real Madrid vuelve a sentarse dentro del sistema que intentó dinamitar.
Quizá dentro de unos años se dirá que la Superliga aceleró reformas inevitables. Puede ser. Pero el proyecto que prometía cambiar Europa no sobrevivió ni a su propio lanzamiento.
Florentino Pérez no es un villano de caricatura ni un héroe reformista incomprendido. Es el presidente que quiso reescribir las reglas del juego y terminó aceptando las que ya existían.
Y en política deportiva, eso suele llamarse derrota.









































