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La Galerna

·20 January 2026

La orfandad cultural del Real Madrid

Article image:La orfandad cultural del Real Madrid

La supuesta “crisis” del Real Madrid admite una exégesis sencilla: el fútbol sigue siendo un juego de asociación e inventiva, y el balón sigue corriendo más que los jugadores. Por eso Modrić, con 40 años, continúa impartiendo magisterio. Y digo “crisis” entrecomillada porque el peor Madrid de la década, ese que sus propios madridistas se empeñan en afear con saña autodestructiva, está apenas a un punto del eterno rival que, al parecer, sigue reinventando el fútbol, aunque no le basta para despegarse. El desastre se llevó por delante al bueno de Xabi Alonso, pero el Real Madrid sigue al acecho en la penumbra.

La transición entre la estirpe de los Jerarcas y el nuevo Madrid de músculo y físico está colapsando, principalmente porque los segundos parecen adolecer de esa mística del escudo y los colores y, además, ganaron relevancia en el universo fútbol aupados por los primeros, aunque se arrogan esa gloria como un derecho de nacimiento. No hay que matizarlo. Fue una estrategia coherente en su momento, pero el fútbol no ha ido por esos derroteros.


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Para más inri, no hay en el día a día del equipo un componente telúrico de canteranos exitosos que marque la pauta en ese sentido. Urge en ese vestuario alguien capaz de leerles la cartilla del respeto al escudo del Real Madrid a las estrellas. Asencio y Gonzalo encarnan ese perfil, pero acaban de llegar y, aunque son de los pocos que muestran la actitud necesaria, su voz no es todavía lo suficientemente atronadora. Se echa en falta un Nacho o un Lucas de la vida porque, desde su lesión, Carvajal entra y sale de la dinámica sin el ascendente jerárquico necesario.

Y el fútbol no ayuda. Hay problemas evidentes en las posiciones, en la arquitectura de la plantilla, en la profesionalidad y en el comportamiento de ciertos jugadores, pero lo más grave es la indigencia cultural en torno a los valores madridistas. Al penúltimo de la competición local no se le disparó a puerta en 45 minutos y tuvo que salir Arda Güler a poner el pundonor que otros reservan para sus redes sociales para encarrilar un partido que, a priori, era accesible. Y los pitos no cesaron. Con algo de justicia, pero con demasiada bilis.

La transición entre la estirpe de los Jerarcas y el nuevo Madrid de músculo y físico está colapsando, principalmente porque los segundos parecen adolecer de esa mística del escudo y los colores

Ese vacío cultural, maridado con una generación de neonatos del éxito —pero no del talento superlativo que ellos mismos se autoatribuyen—, desemboca en un cóctel horroroso y hace que el cambio generacional se antoje más complejo de lo esperado. Xabi, que tenía el perfil ideal para acometerlo, combinando táctica, trabajo y actitud, no fue suficiente. Álvaro Arbeloa, por muy hombre de club que sea, ya ha deslizado en rueda de prensa que estará del lado de esos mismos jóvenes, alineado a defenderlos. Con razón, pero en cuanto empiece a incomodarlos, quizá no baste.

Y así es difícil, porque pesa más la voluntad caprichosa que el esfuerzo sincero y corajudo, algo que, vistos los aplausos que se llevó el goleador Asencio frente al Levante, es hoy capital. Ante la anemia cultural, espíritu y nervio. Es lo que hay.

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El panorama es tan sombrío y aventuro que, salvo desastre al otro lado del puente aéreo y solo con una alineación planetaria en la Copa de Europa —tras haber sido penosamente apeados de la Copa del Rey—, tendremos un año más sin tocar metal.

Lo siguiente me resulta pavoroso decirlo como madridista: quizá sea conveniente. Imaginen el nivel de autocomplacencia de estos jugadores si levantan otra Orejona con este comportamiento indolente.

Nos quedan, pues, varios meses de angustia y rabia, bien frente al televisor, bien desde el graderío del Santiago Bernabéu. Quiera Dios que la situación límite y los pitos sirvan de impulso para reconducir una nave que avanza en deriva peligrosa. Desde el palco. Con firmeza en la cirugía necesaria.

En cuanto a los pitos, cada cual es libre de exigir como crea conveniente, pero conviene recordar que la grandeza de este club no radica en hostigar a los propios jugadores ni en hacerlos sentir visitantes en casa. Lo que ha hecho grande al Real Madrid es el madridismo y la pasión, no la desafección de la grada. Muchos jugadores merecen una reprimenda, sí, pero cuando visten nuestra camiseta y nuestro escudo se convierten automáticamente en nuestros consanguíneos. La reprimenda paterna es mejor que el dejar hacer, pero la autofagia de la propia carne no tiene sentido.

La reprimenda paterna es mejor que el dejar hacer, pero la autofagia de la propia carne no tiene sentido

Y lo digo claro: no quiero la "manchesterunitedficación" de mi Madrid.

Cierro con una nota sobre el balompié que parece avecinarse con Arbeloa. El primer tiempo ante el Levante demuestra que los pitos son tóxicos; el segundo, que hay certezas desde las que construir. Aprovechar la sociedad Güler–Mbappé debe ser una constante. El dúo Camavinga–Tchouaméni no puede serlo. Con una defensa cogida con pinzas, Valverde es el mejor lateral disponible, aunque Jiménez sea un buen escudero. Dani Ceballos debe tener más minutos y, si Gonzalo va a estar en el verde, debe ser nuestro ariete. Courtois es una isla de paz.

Esta plantilla no es tan errática como parece. Ojalá Arbeloa sepa manejarla. Estamos a solo un punto de los inventores del fútbol y entre los ocho mejores de Europa. Aún hay esperanza de epopeya.

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