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La Galerna

·19 April 2026

Más blancos que nunca

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Los presagios de muchos madridistas finalmente se confirmaron: la tragedia fue inevitable en Múnich. Salvo que medie un milagro en la liga, son dos temporadas consecutivas sin títulos, un back-to-back para el olvido que, puntual y cínicamente, tiñe aún más de blanco a nuestro querido Real Madrid.

Hemos visto, en esos dos años, un Primer Equipo que no ha sido capaz de motivarse… ni de motivarnos, independientemente de que el timonel fuese Ancelotti, Xabi o Arbeloa. Un variado elenco de entrenadores que no logró comprometer a sus jugadores con el esfuerzo y la intensidad necesarios (del juego hablaremos otro día).


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A simple vista, se diría que muchas de las especulaciones en torno a las carencias de la plantilla no estaban del todo fundamentadas. Si bien el equipo es mejorable en determinadas posiciones —más creatividad y organización en el mediocampo, o la presencia de un delantero centro puro en el once inicial—, se ha comprobado empíricamente que los 25 jugadores que han conformado el vestuario blanco esta temporada eran capaces de competir y ganar a cualquiera. Eso sí, poniendo sobre el césped lo indispensable en cada partido.

Y la prueba se vio ante el Bayern. En el Allianz, ante decenas de miles de aficionados alemanes acostumbrados a ver a su equipo arrasar rivales como un ciclón incontenible, el Real Madrid mostró su cara más europea: la más temible para cualquiera que se cruce con nosotros en nuestra competición fetiche, la Champions. Contra todo pronóstico, logró infundir el miedo en el cuerpo a jugadores, suplentes, cuerpo técnico, aficionados y directivos de un Bayern espectacular en su imponente Allianz Arena.

Desde mi humilde punto de vista, la explicación radica en la falta de implicación de los jugadores, así como en la limitada capacidad —o los escasos recursos— de los entrenadores para motivarlos a implicarse

No fue hasta que el “hombre de negro” —nunca mejor dicho— intervino de forma decisiva que la eliminatoria dejó de depender exclusivamente de sus protagonistas. Y con ello no solo se diluyeron las aspiraciones del Madrid de volver a sorprender al mundo con una de sus gestas imposibles, sino también la posibilidad de que el Planeta Fútbol disfrutara de un desenlace natural para una eliminatoria que, en su capítulo final, rozó lo épico.

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En cualquier caso, a lo que quiero llegar es a que el Real Madrid sí tenía plantilla para competir en Europa ante cualquiera, independientemente de que fuese mejorable. Y, por una regla de tres razonable, también la tenía para firmar una Liga mucho más digna que la que finalmente nos ha dejado, salvo imprevistos en las últimas jornadas.

Desde mi humilde punto de vista, la explicación radica en la falta de implicación de los jugadores, así como en la limitada capacidad —o los escasos recursos— de los entrenadores para motivarlos a implicarse. La dopamina y el cortisol resultan críticos en la máxima competencia. Cuando todo se iguala, como ocurre en el fútbol de élite, la motivación y la serenidad se convierten en virtudes indispensables para marcar diferencias que no siempre son notables a simple vista. La neurociencia del rendimiento demuestra que los niveles adecuados de dopamina influyen directamente en la predisposición al esfuerzo, mientras que un exceso de cortisol deteriora la precisión en momentos críticos. En la élite, donde la diferencia técnica es mínima, gestionar estos estados internos puede marcar la diferencia entre competir… o simplemente participar.

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Del mismo modo que, en las tandas de penaltis decisivas, el control del estrés resulta vital para no fallar, cuando determinados partidos no despiertan por sí solos la motivación del jugador, el entrenador debe saber generar los estímulos adecuados que reactiven el compromiso competitivo de sus futbolistas.

Existen herramientas para ello, muchas de ellas fundamentadas en el establecimiento creativo de objetivos que vayan más allá de los evidentes. Por ejemplo, en lugar de apuntar únicamente a esos tres puntos aparentemente “asequibles”, pueden fijarse metas alternativas: superar una racha de victorias consecutivas, encadenar porterías a cero, alcanzar un registro inédito de goles en un partido, mejorar el índice de recuperación del balón tras pérdida… Pequeños desafíos que mantienen encendida la tensión competitiva. Objetivos a corto plazo que son más visibles para los jugadores que los que están aún demasiado lejos como para ser motivantes.

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Cuando el contexto no invita a la motivación por sí solo, los objetivos individuales y colectivos que el cuerpo técnico sea capaz de diseñar pueden marcar la diferencia entre un equipo plenamente comprometido en cada partido y otro que se pasea sin colmillo, viendo escapar puntos aparentemente sencillos que, de repente, terminan costando una Liga.

Ojalá quienes comandan nuestra histórica institución hayan tomado buena nota de estas dos últimas temporadas “blancas” y tengan meridianamente claro lo que no puede volver a suceder

Asimismo, el sistema de rotaciones también influye en el mantenimiento de la motivación, independientemente del atractivo intrínseco del partido. Disponer de jugadores menos habituales enchufados y preparados para rendir ofrece una garantía adicional para que, incluso en escenarios menos seductores para quienes están acostumbrados a medirse con la élite europea, el once que salte al terreno de juego satisfaga siempre las justas expectativas del madridismo, al menos en términos de garra e intensidad (dando por supuesta la calidad de los futbolistas del Real Madrid).

Y, como último apunte, también considero que la filosofía del Madrid —fundamentada en el orgullo, la fe inquebrantable y la lucha sin tregua “hasta el final”— garantiza su presencia competitiva si en la alineación contamos con jugadores que la lleven grabada en el alma y en la piel, como nuestros canteranos. No se trata de alinearlos por decreto, sino de recordar que este factor puede no ser menor cuando se analiza la pérdida de puntos derivada, aparentemente, de la falta de motivación y compromiso.

En situaciones como esta, lo mejor es mirar hacia el futuro, pasar página y, eso sí, evitar el pecado de repetir los mismos errores. Fallar nos acerca a la excelencia… pero solo cuando somos capaces de aprender de nuestros fallos.

Ojalá quienes comandan nuestra histórica institución hayan tomado buena nota de estas dos últimas temporadas “blancas” y tengan meridianamente claro lo que no puede volver a suceder.

¡Hala Madrid!

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