Todofutbol.cl
·13 May 2026
Siguen celebrando los chilenos en España: ganó el Sevilla y dio un tremendo paso para quedarse en Primera División

In partnership with
Yahoo sportsTodofutbol.cl
·13 May 2026

El Sevilla FC volvió a respirar en LaLiga cuando más cerca parecía del colapso deportivo e institucional. La victoria en La Cerámica ante el Villarreal CF (2-3) no sólo representa tres puntos de un valor competitivo enorme, sino que simboliza una reacción emocional y estructural de un club que llevaba meses transitando por el límite de la fractura.
El equipo de Luis García Plaza se sostuvo en el orgullo, en el carácter competitivo y, sobre todo, en la irrupción de una nueva generación de futbolistas formados en casa para revertir un escenario que parecía irreversible tras los goles iniciales de Gerard Moreno y Mikautadze. La respuesta sevillista, impulsada por los tantos de los canteranos Oso y Kike Salas antes del descanso y culminada por Akor Adams en la segunda mitad, adquiere una dimensión mucho más profunda que la puramente futbolística: es una declaración de supervivencia.
El triunfo, tercero consecutivo del conjunto nervionense, todavía no garantiza matemáticamente la permanencia, pero sí actúa como un auténtico punto de inflexión. El Sevilla se acerca de forma virtual a la salvación y, paralelamente, despeja el horizonte para afrontar el que probablemente será el proceso de transformación más radical de su historia reciente. Porque esta victoria llega en un contexto de máxima tensión institucional, marcado por la inminente irrupción de Sergio Ramos y su grupo inversor, Five Eleven, en la estructura accionarial del club. La operación, prácticamente encarrilada, aparece como una maniobra de rescate para una entidad golpeada simultáneamente por el deterioro económico y la decadencia deportiva. Un descenso a Segunda División habría puesto en riesgo cualquier proyecto de reconstrucción, incluso uno respaldado por el músculo financiero y la influencia simbólica del ex capitán sevillista.
La relevancia del triunfo en La Cerámica se entiende aún más observando el contexto clasificatorio. El Sevilla amplía a cuatro puntos su ventaja respecto a la zona de descenso cuando únicamente restan seis por disputarse. El objetivo inmediato pasa ahora por certificar matemáticamente la permanencia el próximo domingo frente al Real Madrid CF en un Sánchez-Pizjuán que volverá a vivir otra jornada cargada de dramatismo, tensión y necesidad. Después quedará el cierre liguero en Vigo, previsiblemente ya sin urgencias extremas y con el club centrado en redefinir su futuro.
Sin embargo, reducir esta reacción a una simple mejora clasificatoria sería insuficiente. El Sevilla ha encontrado competitividad en medio del caos. Luis García Plaza ha conseguido reconstruir parcialmente la identidad de un equipo emocionalmente devastado hace apenas unas semanas. Tres victorias consecutivas y cuatro triunfos en siete partidos reflejan algo más que una racha: evidencian una recuperación anímica de un grupo que parecía resignado. Resulta simplista minimizar la victoria alegando que el Villarreal “no se jugaba nada”. El equipo de Marcelino compitió con intensidad, alineó a sus principales figuras y defendía un rendimiento como local prácticamente intachable. Antes de esta derrota, sólo FC Barcelona y el Real Madrid habían conseguido ganar esta temporada en La Cerámica. El Sevilla, además de imponerse, lo hizo rompiendo una barrera psicológica: no vencía allí desde 2017.
La previa del encuentro ya anticipaba dificultades importantes para el técnico madrileño. Las recomendaciones médicas obligaron a alterar de manera significativa el once habitual. Isaac quedó fuera de la convocatoria debido al desgaste competitivo acumulado, mientras que Ejuke, Gudelj y Castrín comenzaron desde el banquillo por precaución física. García Plaza introdujo a Azpilicueta, Sow, Oso y Akor Adams en una alineación condicionada por la fragilidad física y emocional de la plantilla. Aun así, el inicio del encuentro mostró a un Sevilla temeroso, desordenado y profundamente vulnerable.
Durante los primeros veinte minutos, el conjunto hispalense transmitió una sensación alarmante de desconexión competitiva. La defensa se mostró blanda, lenta en las coberturas y excesivamente permisiva ante un rival que detectó rápidamente la fragilidad visitante. El primer golpe llegó en el minuto 13, cuando Mikautadze filtró un pase extraordinario para que Gerard Moreno superara con facilidad a varios defensores sevillistas antes de batir a Vlachodimos. La acción dejó en evidencia la falta de contundencia y agresividad defensiva de Kike Salas, Suazo y Azpilicueta, incapaces de frenar una jugada que reflejaba la ansiedad de un equipo atenazado por el miedo.
El segundo tanto, apenas siete minutos después, pareció acercar al Sevilla a un nuevo episodio de derrumbe emocional. Moleiro culminó una acción colectiva del Villarreal asistiendo a Mikautadze para el 2-0. En ese momento, el escenario era devastador tanto para el equipo como para los más de seiscientos aficionados desplazados desde Sevilla, conscientes de que una derrota podía volver a sumergir al club en una espiral de incertidumbre absoluta.
Y, sin embargo, fue precisamente ahí donde apareció el elemento más significativo de la noche: la capacidad de reacción. El Sevilla encontró respuestas desde el orgullo y desde el peso simbólico de su cantera. Oso lideró el despertar con una acción individual de enorme nivel tras un espectacular cambio de orientación de Agoumé. Su gol no sólo redujo distancias, sino que modificó completamente el estado emocional del encuentro. El equipo pasó de la resignación al convencimiento. Cambió el lenguaje corporal, aumentó la agresividad competitiva y comenzó a disputar cada balón con una intensidad distinta.
El empate antes del descanso, obra de Kike Salas tras una volea extraordinaria a centro de Vargas, terminó de alterar el partido. El Sevilla ya no era el equipo frágil y descompuesto de los primeros minutos, sino un conjunto revitalizado por la fe y la convicción colectiva. La conexión emocional entre el equipo y los futbolistas formados en la carretera de Utrera volvió a convertirse en un factor diferencial en uno de los momentos más delicados de la temporada.
La segunda mitad confirmó definitivamente el cambio de dinámica. El paso por vestuarios no interrumpió la reacción sevillista. El equipo mantuvo la iniciativa, asumió el control emocional del encuentro y comenzó a jugar desde la confianza. El Villarreal, sorprendido por la remontada parcial, perdió claridad y agresividad. El Sevilla administró mejor los tiempos del partido y generó situaciones suficientes para completar la remontada, aunque todavía convivía con ciertos desajustes defensivos que obligaron nuevamente a intervenir a Vlachodimos para sostener al equipo.
En medio de un contexto marcado por la incertidumbre institucional, las dificultades económicas y la amenaza permanente del descenso, el Sevilla encontró en La Cerámica algo más importante que una victoria. Encontró un relato sobre el que reconstruirse. Un triunfo sostenido por la cantera, por la resistencia competitiva y por la sensación de que, incluso en sus peores momentos, todavía conserva la capacidad de reaccionar cuando el abismo parece inevitable.
POR ÚLTIMO, TE INVITAMOS A VER A LOS CHILENOS EN ACCIÓN EN EL TRIUNFO DEL SEVILLA ANTE VILLARREAL
/







































