La Galerna
·29 April 2026
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El Real Madrid ya está a once puntos del líder, el Barcelona. Una distancia que retrata muchas cosas, pero sobre todo una: el tamaño del desplome. Y conviene recordarlo porque no hace tanto la fotografía era exactamente la contraria. A principios de noviembre, el conjunto blanco se encontraba cinco puntos por delante de su eterno rival y, además, ya le había ganado en el primer Clásico de la temporada. Tenía ventaja, sensaciones y una posición privilegiada para dominar el curso.
Hoy, sin embargo, observa la cima desde lejos, atrapado en una espiral de excusas, culpables improvisados y análisis de conveniencia. Pero lo más llamativo no es haber perdido la ventaja. Lo verdaderamente sorprendente es la facilidad con la que, alrededor del club, se ha ido señalando a cualquiera menos a quienes de verdad manejan el timón. Todo comenzó, o al menos así se quiso vender, con aquel cambio de Vinícius. Cada uno eligió el motivo que mejor le encajaba: un gesto, una mala cara, un desencuentro, una supuesta ruptura interna. Da igual cuál fuera la versión preferida, porque el objetivo era el mismo: encontrar una cara visible a la que responsabilizar de la caída. Durante semanas se repitió que el problema del Madrid era Vinícius, su actitud, su influencia o su bajón de nivel. Parecía que, retirando una pieza, todo volvería a su sitio.

Pero, como los resultados no mejoraban, hizo falta un siguiente señalado. Y entonces apareció Xabi Alonso. Se nos explicó que el entrenador había perdido el vestuario, que no sabía gestionar egos, que el equipo ya no jugaba a nada y que la convivencia era insostenible. El relato estaba listo: los futbolistas ya no creían en él y, como no se puede despedir a veinte jugadores, lo lógico era cortar por el eslabón más débil. Así funciona muchas veces el fútbol moderno: pagan justos por pecadores, y el técnico suele ser el primero en pasar por caja. Xabi Alonso salió del club convertido en el gran responsable del desastre. Algunos llegaron incluso a presentar su marcha como una liberación. El problema era él, no los jugadores, no la planificación, no la falta de compromiso en determinados encuentros. Él.

Llegó Arbeloa desde el Castilla y, de repente, todo eran sonrisas. Según se contaba, por fin había un entrenador que entendía mucho mejor lo que significa vestir esa camiseta, alguien cercano al vestuario, alguien capaz de devolver la armonía perdida. La atmósfera cambió de un día para otro... al menos en los titulares. La realidad tardó poco en responder. Apenas 48 horas después, el Madrid cayó eliminado de la Copa del Rey en Albacete tras una actuación vergonzosa. Quizás tanto buen ambiente confundió a alguien, porque conviene recordar algo básico: al fútbol se juega con los pies, no con abrazos, sonrisas ni discursos vacíos. Pero tampoco pasó nada. El culpable ya estaba localizado y despedido. Xabi Alonso era el origen de todos los males, así que solo quedaba esperar a que llegaran los resultados.
algunos futbolistas viven demasiado cómodos. quienes toman decisiones parecen convencidos de que todo seguirá funcionando por inercia
No llegaron. El equipo terminó por tirar la Liga de manera casi incomprensible. No hizo falta una decisión oficial ni una renuncia pública. Bastó con la inercia, con la dejadez, con esa peligrosa costumbre de asumir que siempre habrá una Champions que salve el año. Como si el campeonato doméstico fuese una molestia menor y no la prueba más constante de regularidad y competitividad. Muchos compraron otra vez el discurso. No pasa nada, la Liga Negreira puede escaparse, lo importante es Europa. El problema es que para ganar la Champions no basta con la camiseta ni con la nostalgia, hay que jugar contra los mejores. Y cuando tocó hacerlo, el Bayern Múnich eliminó al Madrid ganando ambos partidos. Sufriendo más de lo esperado, sí, pero acabó ganándolos al fin y al cabo.

Entonces apareció una nueva explicación de urgencia: la expulsión de Camavinga y el árbitro. De nuevo, la culpa estaba fuera. Nunca en el juego mostrado, nunca en los errores estructurales, nunca en la gestión deportiva, nunca en haber menospreciado competiciones o en haber regalado partidos por el camino, no. El culpable era Camavinga. O el árbitro. O ambos. Y así, en pocos meses, la lista de responsables ya incluía a Vinícius, Xabi Alonso, Arbeloa, Camavinga, los árbitros y cualquiera que pasara por allí.
Hace unos días incluso leí otro giro argumental: también la afición del Bernabéu había contribuido al fracaso. Según algunos, pitar al equipo en determinados partidos generó una presión insoportable para unos futbolistas multimillonarios acostumbrados a la élite. Lo que debía haber hecho el público, al parecer, era animar más. Claro que sí. Supongo que también debió extender una alfombra roja tras la eliminación copera. O aplaudir con entusiasmo después de perder en casa frente al Celta o al Getafe. O celebrar la derrota en la Supercopa de España. O agradecer el papelón de Lisboa, donde se dejó escapar una posición privilegiada en la fase liga de Champions. Pobrecitos los jugadores, víctimas del entorno.
El Madrid lleva dos temporadas consecutivas decepcionantes porque arrastra problemas de planificación, de hambre competitiva, de estructura deportiva y de autocrítica. Porque se ha instalado en la convicción de que el escudo resuelve por sí solo lo que no se corrige en los despachos ni en el césped
Lo fascinante de todo esto es la creatividad para encontrar causas secundarias mientras los principales permanecen blindados. Porque, cuando parecía que ya estaban todos señalados, todavía faltaba uno más: Arbeloa. Ahora resulta que el técnico es responsable por ser demasiado blando, por no criticar nunca al vestuario, por no dar más minutos a Ceballos y Carvajal. Esta última teoría merece un museo aparte. La temporada del Madrid, se dice, ha sido mala porque no han jugado más un futbolista castigado por molestias constantes y otro cuyo rendimiento ha sido, siendo generosos, muy discreto. Es maravilloso. Imagino a Álvaro Arbeloa levantándose por la mañana y pensando: “¿Cómo puedo perder hoy? Ya sé, dejaré en el banquillo a mis mejores jugadores y sacaré a los peores”. Hay análisis que no resisten ni diez segundos de lógica.
La realidad seguramente sea bastante menos novelesca y bastante más incómoda. El Madrid lleva dos temporadas consecutivas decepcionantes porque arrastra problemas de planificación, de hambre competitiva, de estructura deportiva y de autocrítica. Porque se ha instalado en la convicción de que el escudo resuelve por sí solo lo que no se corrige en los despachos ni en el césped. Porque algunos futbolistas viven demasiado cómodos y porque quienes toman decisiones parecen convencidos de que todo seguirá funcionando por inercia.

Mientras tanto, en plena tormenta deportiva, llegó el Mutua Madrid Open. Torneo que nos ha dejado imágenes simbólicas: Florentino Pérez compartiendo protagonismo en un peloteo con Jude Bellingham y Courtois, entre risas y ambiente distendido. No hay nada malo en sonreír ni en acudir a eventos, el problema son los tiempos que corren. Cuando una parte importante del madridismo observa con preocupación la deriva del club, ver a quienes sí tienen capacidad real para cambiar las cosas instalados en una burbuja de normalidad resulta revelador.
Porque los únicos que de verdad pueden alterar el rumbo son ellos: quien ficha, vende y destituye, y quienes salen al campo a competir. Todo lo demás son distracciones. Yo no tengo por qué saber la solución, no me pagan para ello. Pero sí sé algo elemental: si quieres resultados distintos, no puedes repetir siempre los mismos errores. No puedes confiar eternamente en el talento sin trabajo, en la épica sin fútbol, en el marketing sin exigencia y en la nostalgia como modelo de gestión. Mientras tanto, el segundo año consecutivo amenaza con cerrar otra vez la sala de trofeos vacía. Y la secuencia ya la conocemos de memoria: primero fue un gesto de Vinícius, luego Xabi Alonso, después Arbeloa, más tarde la afición, luego los árbitros y finalmente Camavinga. Se nos acaban los culpables, pero seguimos con el problema. Pero qué más da, mañana ya veremos a qué suceso o qué actor secundario le endosamos el muerto.
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