Anfield Index
·20 de febrero de 2026
Ange Postecoglou admite que estuvo “obsesionado” con el Liverpool

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·20 de febrero de 2026

Hay futbolistas a quienes admiras, y hay futbolistas que colonizan tu imaginación. Para Ange Postecoglou, el Liverpool no era simplemente un club al otro lado del mundo, sino un ritual semanal, un lenguaje compartido con su padre, un sistema de creencias forjado en rojo y blanco. El técnico australiano lo admitió sin rodeos: “Estaba loco por el Liverpool, ¿vale? Estaba obsesionado con el Liverpool”.
Todo comenzó, como suele ocurrir, con un héroe. Cuando Kenny Dalglish llegó a Anfield en 1977, reemplazando a Kevin Keegan e inaugurando otra dinastía del Liverpool, el joven Postecoglou sintió que algo cambiaba. “Cuando Kenny llegó en el 77, para mí pasó a otro nivel”, dijo. Ese fue el efecto Dalglish. Hacía que lo complicado pareciera inevitable, que lo brillante luciera sin esfuerzo, y niños en Glasgow, Sídney o Sefton Park sintieron que habían presenciado algo sagrado.
El Liverpool de Dalglish no solo ganaba; eran artesanos. Jugaban con aplomo, paciencia y amenaza. Hacían que el fútbol se sintiera como poesía escrita con tacos y cordones. Así empieza la obsesión.
La belleza del fútbol radica en su capacidad de conectar el tiempo. Un niño que mira un póster se convierte en un entrenador que pasea por la banda de Anfield, aún oyendo los ecos del Kop. Postecoglou describió llegar temprano en su primera visita como técnico de la Premier League, queriendo un momento privado bajo el famoso cartel.
“Me prometí a mí mismo… voy a caminar por el túnel bajo el cartel solo por mi padre… para decir que de algún modo lo logramos.”
No se trataba de tácticas, sistemas o ruedas de prensa. Se trataba de gratitud. De decirle a un padre que no vio tu mayor éxito que el viaje importó.
Luego llegó la coincidencia que solo el fútbol puede guionar. “Me doy la vuelta y es Sir Kenny”, dijo Postecoglou. El póster de la infancia había bajado de la pared y entrado en el pasillo. “Acabo de caminar por el túnel de Anfield con Kenny Dalglish, el tipo que tenía en mis paredes.”
Hay momentos en el fútbol que desafían el análisis. Este fue uno de ellos.
El récord de Dalglish en el Liverpool lo explica casi todo. Más de 500 apariciones, más de 170 goles, innumerables asistencias y una era de títulos de liga y Copas de Europa. Sin embargo, los números por sí solos no explican por qué un entrenador criado al otro lado del mundo aún tiembla en Anfield.
Dalglish representó la elegancia bajo presión, la humildad en el triunfo, la humanidad en el duelo. Encarnó la identidad del Liverpool. Ese legado viajó por continentes porque iba de algo más que trofeos. Iba de pertenencia.
Todo aficionado conoce este sentimiento. Pregunta a cualquiera que creciera viendo a Ian Rush, Steven Gerrard o Mohamed Salah, y te dirá que los héroes se cosen a la memoria como reliquias familiares. Para Postecoglou, Dalglish fue esa figura. El vínculo entre padre e hijo. Entre infancia y carrera.
La era moderna del Liverpool bajo Arne Slot ha producido nuevas rivalidades y relatos frescos, pero historias como la de Postecoglou nos recuerdan que el fútbol conserva su núcleo humano. Los entrenadores se gritan desde las bandas, los clubes pelean por puntos, pero la admiración perdura debajo.
La obsesión de Postecoglou por el Liverpool no debilita su profesionalismo. Lo enriquece. Nos recuerda que los entrenadores son primero aficionados, soñadores antes que estrategas.
Y también nos dice algo sobre el Liverpool. Anfield es más que ladrillos y asientos. Es memoria, promesa y peregrinación. Un lugar donde un técnico australiano puede susurrarle gracias a su padre y estrechar la mano de su ídolo de la infancia.
Dalglish le dio grandeza al Liverpool. El Liverpool le dio fe a Postecoglou. El fútbol nos dio una historia que vale la pena contar.
Este artículo fue traducido al español por inteligencia artificial. Puedes leer la versión original en 🏴 en este enlace.
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