La Galerna
·5 de marzo de 2026
Carta abierta al verano

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·5 de marzo de 2026

Desde hace aproximadamente dos años el club parece estar dejando caer, sin decirlo demasiado alto, que necesita cambios en prácticamente todos los sectores. No es un mensaje oficial ni una declaración rotunda, pero se percibe en el ambiente, en las decisiones, en las explicaciones que se dan, y en las que se evitan. Algo dentro del Real Madrid da la sensación de estar pidiendo una revisión profunda. Y, si este curso termina como todo apunta a que terminará, con un fútbol pobre y con el contador de grandes títulos en cero, será difícil seguir mirando hacia otro lado. Porque sí, es cierto que ha habido momentos buenos. Los recuerdo perfectamente, entre otras cosas porque después de cada uno de ellos yo mismo los escribía con ilusión. El fútbol tiene eso: pequeños estallidos de esperanza que hacen pensar que todo va a encajar. Pero también tiene memoria, y cuando uno se detiene a observar el conjunto, lo que queda no es precisamente un equipo que domine los partidos, que imponga su estilo, o que transmita la sensación de estar en control de lo que ocurre en el campo. Con excepciones, sí, pero no las suficientes como para que puedan esconder la tendencia general.

No comparto la idea, tan repetida últimamente, de que el problema sea que el club no fiche. Este mismo verano el Real Madrid ha invertido cerca de 200 millones de euros en incorporaciones. Decir que no se ficha sería simplemente falso. El problema, al menos desde mi punto de vista, es otro: se está fichando mal o, al menos, se está priorizando de una manera discutible. Cuando el club considera que tiene más sentido gastar 50 millones en Franco Mastantuono que invertir 25 en Rayan Cherki y otros 25 en Marc Guéhi, uno empieza a preguntarse si la balanza entre calidad, necesidad y precio está realmente bien calibrada. Para el que no los conozca, que no se preocupe, que los ve jugando en el Bernabéu en menos de una semana con la camiseta del City.
todos queremos lo mismo: lo mejor para el Real Madrid. Por eso esta carta se dirige al verano. Porque el verano es el momento de las decisiones, de las reflexiones profundas y de los cambios que durante la temporada parecen imposibles. Lo que pedimos es una revisión honesta, de arriba abajo, de todo aquello que pueda mejorarse
Que nadie se equivoque: no discuto el talento de Mastantuono ni su potencial. Puede convertirse en un jugador extraordinario, ojalá lo haga. Lo que discuto es el contexto de esa decisión, el momento en el que se toma, y las necesidades reales que tiene la plantilla. Porque mientras se apuesta por determinadas promesas, el equipo ha perdido a dos de los futbolistas que durante más de una década han sostenido su juego: Toni Kroos y Luka Modrić. Dos centrocampistas que no solo aportaban calidad técnica, sino también pausa, inteligencia táctica, y liderazgo competitivo. Decidir no sustituirlos, por el motivo que sea, es una decisión que inevitablemente tenía que pasar factura. No hacía falta ser un gurú del fútbol para verlo venir. Cualquier niño con un mínimo de uso de razón futbolística podía intuir que un centro del campo sin un perfil parecido iba a sufrir.

Algo parecido ocurre con la planificación defensiva. Confiar una temporada entera en tres centrales cuyas rodillas ya han demostrado que difícilmente pueden soportar cuatro partidos seguidos sin generar molestias es, como mínimo, una apuesta arriesgada. Seamos serios, roza la negligencia. Y no se trata de una crítica desde la arrogancia ni de una supuesta superioridad intelectual. Ese es, de hecho, uno de los grandes problemas del debate dentro del madridismo: que muchas veces se interpreta cualquier crítica como un ataque o como un intento de demostrar que uno sabe más que los demás. No es eso. Simplemente hay decisiones que resultan evidentes para cualquiera que tenga la libertad de decir lo que piensa.
En esta carta al verano también quiero incluir al apartado médico del club. Porque hay cifras que, por sí solas, deberían obligar a reflexionar. Diecisiete ligamentos cruzados rotos desde 2023 en la sección de fútbol del Real Madrid. Diecisiete. Es una cifra demasiado grande como para esconderla detrás de la palabra mala suerte. El relato de la casualidad puede servir una vez, dos, incluso tres. Pero cuando durante tres años eres el equipo élite en Europa con más lesiones, tanto graves como leves, insistir únicamente en la mala fortuna, empieza a sonar más a excusa que a explicación. Y sí, con médicos incluyo a nutricionistas. No se trata de señalar culpables sin conocer todos los detalles internos del club. Se trata, simplemente, de asumir que cuando un problema se repite tantas veces, quizá no sea solo un problema de azar. El Real Madrid, precisamente por lo que representa, no debería conformarse nunca con explicaciones cómodas.

También incluyo en esta carta al cuerpo técnico, aunque en este caso conviene matizar algo importante. No pido necesariamente un cambio de entrenador, que quizás también, pero no es en lo que me quiero centrar. Cambiar un cromo por otro en un álbum que ya no encaja no soluciona nada. De poco sirve sustituir un nombre por otro si las condiciones en las que trabaja ese entrenador siguen siendo las mismas. Lo que realmente necesita el club es algo mucho más simple y, al mismo tiempo, mucho más profundo: que el técnico que dirija al equipo tenga libertad real para tomar decisiones. Libertad para establecer horarios, imponer multas, decidir concentraciones, otorgar o retirar días libres, aplicar castigos, y hacer cambios sin condicionantes externos. Libertad para dirigir el vestuario como considere oportuno. Porque, si esa libertad existiera plenamente, entonces tendríamos que concluir que entrenadores como Carlo Ancelotti, Xabi Alonso o Álvaro Arbeloa, son unos incompetentes, y sinceramente no creo que lo sean. Prefiero pensar que muchas veces simplemente no han podido ser ellos mismos.

Los jugadores también forman parte de esta reflexión. Porque, más allá de cualquier planificación o estructura, el fútbol sigue dependiendo de lo que once futbolistas decidan hacer sobre el césped. Y hay partidos recientes que resultan difíciles de explicar desde la actitud competitiva. No tiene demasiado sentido que en el Santiago Bernabéu el equipo no sea capaz de marcar un solo gol al Celta o al Getafe, o que tampoco lo consiga en Pamplona. He visto plantillas del Real Madrid con mucho menos talento que la actual que, a base de orgullo, carácter y compromiso, eran capaces de levantar partidos imposibles. Equipos que quizá jugaban peor, pero que nunca daban la sensación de resignación. Que competían cada balón como si fuese el último. Que entendían perfectamente lo que significa ese escudo redondo con tantas Copas de Europa.

La afición tampoco debería quedarse fuera de esta carta al verano. Tengo la suerte de acudir con frecuencia al Bernabéu y hay algo que se percibe cada vez con más claridad: una especie de pereza colectiva alrededor de los partidos. Salvo cuando llega un gran rival de Champions League, algo que comprobaré el próximo miércoles si noto o no cambiado respecto al año pasado, cada vez es más raro ver los aledaños llenos de gente horas antes del encuentro, los bares rebosando conversación futbolera, ese ambiente de tensión previa que durante décadas ha caracterizado al estadio. Incluso la grada de animación parece haber perdido parte de su energía. Hay tramos enteros de los partidos en los que el estadio se queda en silencio, como si todos estuvieran esperando a que algo ocurra por sí solo. Y el fútbol rara vez funciona así. El Bernabéu siempre ha sido un lugar donde el equipo y la grada se retroalimentaban, donde un rugido podía cambiar el rumbo de un encuentro. Cuando esa conexión se debilita, algo importante se pierde por el camino.
Pero tampoco sería justo cargar toda la responsabilidad sobre el club o sobre el equipo. Los aficionados también tienen que estar dispuestos a participar en cualquier cambio. Hay quienes han decidido que su relación con el Real Madrid depende exclusivamente de la presencia o ausencia de determinadas figuras: Florentino Pérez, Vinícius Jr, u otros nombres que se convierten en objeto de amor o de odio absoluto. Y así tampoco debería funcionar el madridismo. El club es mucho más grande que cualquiera de sus protagonistas, para bien y para mal. Subirse y bajarse del barco dependiendo de quién esté en cubierta no es precisamente la actitud que ha construido la historia del Real Madrid.

Por último, esta carta también quiere dirigirse al madridismo de las redes sociales. Ese universo paralelo en el que a veces parece olvidarse algo fundamental: todos animamos al mismo equipo. Resulta sorprendente, y a menudo bastante vergonzoso, ver cómo algunos referentes del madridismo dedican más tiempo a insultarse entre ellos que a hablar del propio Real Madrid. A su alrededor se forman pequeñas legiones de seguidores que se autodenominan soldados, como si el supuesto comandante tuviera algún tipo de afecto real por ellos. La recomendación es sencilla: lean a todos, escuchen a todos, y formen siempre su propia opinión. No existe una única forma correcta de ser madridista. Discrepar no convierte a nadie en enemigo. Quien cree que otro opina movido por intereses ocultos, debería recordar que probablemente desde el otro lado se piensa exactamente lo mismo.

Puedes amar o detestar a Florentino, admirar o criticar a Camavinga, tener una opinión u otra sobre cualquier jugador o directivo. Todo eso forma parte del debate natural del fútbol. Lo importante es no olvidar nunca que, en el fondo, todos queremos lo mismo: lo mejor para el Real Madrid. Por eso esta carta se dirige al verano. Porque el verano es el momento de las decisiones, de las reflexiones profundas y de los cambios que durante la temporada parecen imposibles. Después de dos años de fútbol irregular y de grandes títulos ausentes, lo que muchos pedimos no es un parche ni una explicación más. Lo que pedimos es una revisión honesta, de arriba abajo, de todo aquello que pueda mejorarse.
Las cosas en el fútbol no se arreglan solas. A veces basta con mirar alrededor para entenderlo. Pregunten en Milán o en Manchester cuánto tiempo puede durar una decadencia cuando un gran club empieza a convencerse de que todo es pasajero. También ellos pensaron en su momento que solo era un mal año, una mala racha, una pequeña desviación del camino. Y cuando quisieron darse cuenta, el tiempo ya había pasado demasiado deprisa.
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