La Galerna
·11 de enero de 2026
De Barcelona y Atleti como rivales

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En los anales del fútbol español, el derbi madrileño fue durante décadas el gran duelo, el choque visceral que definía la capital y, en buena medida, la propia identidad del fútbol nacional. El Real Madrid contra el Atlético de Madrid no era solo un partido: era una guerra de clases, de estilos, de orgullos. El Madrid, el club del glamour de las estrellas, de la exigencia, el puño de hierro que dominaba Europa. El Atlético, el equipo del pueblo, del sufrimiento, de la “resistencia obrera”. Durante los años 60 y 70, el Atlético fue el único club que plantaba cara de verdad al Madrid en España. Ganó ligas (cuatro entre 1966 y 1977), copas, compitió en Europa y, sobre todo, mantuvo una rivalidad feroz que obligaba al Madrid a estar siempre alerta.

Y sin embargo, hoy nadie discute que el rival del Real Madrid para los títulos de primavera es el Barcelona. El evento planetario detrás de la horrísona expresión "El Clásico" eclipsa el fútbol mundial ¿Cómo se produjo esa transición? ¿Cómo cedió el Atlético, casi sin darse cuenta, su estatus de principal antagonista? La respuesta no está solo en el terreno de juego, sino en una aceptación progresiva de un papel secundario, en una renuncia psicológica profunda que permitió que el Barcelona (impulsado por el combustible propergólico de la corrupción) ocupara el vacío que dejaron los colchoneros.
El punto de inflexión comienza en 1978 con la llegada de Josep Lluís Núñez a la presidencia del FC Barcelona. El club culé, hasta entonces, era un equipo importante por su pertenencia a una ciudad en crecimiento, pero claramente por debajo del Real Madrid en palmarés y prestigio internacional. Su descacharrante debut en una final de Copa de Europa en 1961 en Wembley contra el Benfica, se saldó 3-2 palmando con un autogol del portero Ramallets y cuatro tiros al palo de los azulgrana. Mientras, el Real Madrid ya había llenado las vitrinas con Di Stéfano, Puskas y Gento. La década de los setenta fue muy dolorosa para el Barça: 6 títulos para el Madrid, dos para el Atletico y uno para Valencia y Barcelona, respectivamente. La Quinta del Buitre emergió en los ochenta, avivando la rivalidad con un fútbol espectacular.

Fue insoportable. Núñez, un empresario acostumbrado a comprar todo lo que se interponía entre él y sus objetivos, concibió como respuesta una estrategia de largo plazo: iba convertir al Barcelona en el gran rival del Madrid, no solo deportivo sino institucional y mediático. No escatimó en métodos, como hemos podido sufrir primero y conocer después, durante aquellos años de plomo y silbato.
Durante el mandato de Núñez (1978-2000), el Barcelona también construyó un relato de victimismo institucional que caló profundamente en Cataluña y en amplios sectores de la prensa española. Ese relato necesitaba victorias, títulos que sustentaran la narrativa de superioridad moral y futbolística. Y los títulos llegaron. Primero con el Dream Team de Cruyff, después con equipos ganadores. Muchos de esos éxitos, sin embargo, llegaron acompañados de episodios que, vistos con perspectiva, resultan inconcebiblemente turbios, denigrantes, antideportivos.
Si Apollo quisiera un club con mentalidad ganadora, habría invertido en otro proyecto. Pero eligió el Atlético precisamente porque, con su base fiel y su complejo profundamente interiorizado, ofrece un retorno predecible sin los riesgos de la exigencia madridista. ¿Me definen qué es un fracaso para el Atlético?
Si hay algo que define al FC Barcelona más allá de su estilo de juego -ese tikitaka que tanto se alabó y que con ojos de hoy es prehistoria futbolística-, es su mentalidad. No hablo de la mentalidad ganadora del himno, sino de esa extraña mezcla de superioridad moral autoimpuesta y victimismo crónico que ha moldeado al club desde hace décadas. El Barcelona no se entiende sin su complejo de inferioridad disfrazado de grandeza, sin esa necesidad imperiosa de sentirse perseguido para justificar sus éxitos y, sobre todo, sus fracasos.
Todo empieza, como todo el imaginario culé, con el Real Madrid. El Madrid no es solo un rival: es la Némesis, el enemigo ontológico, el símbolo de todo lo que odian y envidian a partes iguales. El Madrid representa el supuesto poder central de España, la exigencia absoluta, la historia incontestable de grandeza. 15 Champions (y contando), treinta y seis ligas, un palmarés que aplasta cualquier comparación. Frente a eso, el Barcelona históricamente siempre fue el otro: “el perseguido por ser catalán”, el "yo vengo de un pequeño país" del patético millonario meacolonia, el “més que un club”, el que necesitaba un relato alternativo para no ahogarse en el océano de un madridismo inclusivo y universal.

Ese relato se construyó sobre dos pilares: el victimismo y el resentimiento. En los años de la posguerra, el Barcelona se erigió en símbolo de la resistencia catalana frente al franquismo mientras otorgaba medallas al caudillo, que les salvó de la ruina al menos en dos ocasiones. El Madrid sufrió represalias, pero nunca se vendió como mártir. El Barça cultivó la idea de que todo lo malo que le sucede es culpa de “Madrit”. No del Madrid futbolístico, sino "Madrit" como concepto: el Estado, la prensa centralista, los árbitros, la Federación, LaLiga. Cualquier derrota es robada, cualquier título madridista es sospechoso, cualquier decisión institucional es una conspiración. Pese a las facturas, a las pruebas, a la degeneración de las instituciones, del arbitraje, de los medios, del corrupto mundo del fútbol.
Esa mentalidad fue fabricada con su maletín de bricolaje de la señorita Pepis lleno de dinero negro, por Núñez, desde 1978. Núñez entendió que para competir con el Real Madrid no bastaba con el fútbol: hacía falta un relato más potente. Y lo construyó. El Barcelona pasó de ser un gran club a ser una causa. El victimismo se institucionalizó. El relato ya no era deportivo, era político, supremacista. Cada rueda de prensa, cada declaración, cada campaña mediática (previo pago de su importe) giraba en torno a la idea de que el Barcelona era el club de los "valors", perseguido por ser mejor. Para sostener ese relato, necesitaban sacarle rédito con títulos a los que atribuirían enormes méritos y esfuerzos. Como complemento, necesitaban llorar constantemente mientras, sollozando como falsas plañideras, cometían innumerables delitos protegidos por un sistema putrefacto y por un inmenso poder mediático abanderado y sufragado por independentismo gourmet catalán: Roures.
Esa mentalidad victimista no es solo defensa: es motor. El Barcelona necesita sentirse agraviado para rendir al máximo. Lo vimos en la era Guardiola, cuando el “nos quieren destruir” se convirtió en gasolina para la mejor versión del fútbol culé que hemos visto. Pero también es su talón de Aquiles: cuando no hay enemigo externo, el Barcelona se desinfla. Sin el Madrid como villano, sin el “establishment” como excusa, el club se mira al espejo y ve sus propias miserias, como un Dorian Grey en fase terminal: ruina económica, deuda estratosférica, gestión nefasta, dependencia de los políticos para sobrevivir haciendo trampas, huída hacia adelante con el club regido por irresponsables, todos ellos imputados o condenados judicialmente por mangantes.
El Barcelona combatió su complejo construyendo un relato alternativo: el de la “més que un club”, el del estilo, el del victimismo institucional. Necesitaba demostrar que era superior moral y futbolísticamente, y para ello no dudó en utilizar todos los medios a su alcance
El caso Negreira es la sofisticación, la profesionalización de la corrupción. Durante casi dos décadas (de 2001 a 2018), el FC Barcelona pagó más de siete millones de euros a José María Enríquez Negreira, entonces vicepresidente del Comité Técnico de Árbitros. Nadie ha explicado por qué un club necesitaba pagar tanto dinero a un alto cargo arbitral durante tanto tiempo. La justicia condenará, pero el daño reputacional ya es indeleble. Lo más revelador es la cronología: los pagos coinciden exactamente con el período de mayor dominio del Barcelona en LaLiga (2004-2018) ¿Casualidad? Claro que no. Analizados los saldos arbitrales y anomalías estadísticas es imposible seguir creyendo en la limpieza de la competición.

Mientras el Barcelona ascendía apoyado en un relato victimista, con una potentísima maquinaria mediática detrás y con ayudas arbitrales sistemáticas, el Atlético de Madrid optó por la resignación. En lugar de pelear por ser el gran antagonista, aceptó el rol de “tercero en discordia”. Ganó ligas ocasionales (1996, 2014, 2021), pero siempre con la sensación de que eran excepciones, de que el verdadero duelo estaba en otro lado. De hecho, se sumó a la caída azulgrana, para sorpresa general. La envidia proporciona extraños compañeros de cama. El Atlético se conformó con ser el outsider, el que sufre, el que “lo intenta”. El que "nunca deja de creer". Esa conformidad tiene raíces profundas.
Tanto Barcelona como Atlético padecen, en mayor o menor medida, un complejo de inferioridad radical frente al Real Madrid. El Madrid no es solo un club: es la referencia absoluta. Quince Copas de Europa, treinta y seis ligas, una historia de exigencia implacable que ningún otro equipo del planeta puede igualar. Ese palmarés genera un respeto reverencial en la mayoría, en estrellas actuales y pasadas del fútbol mundial y un resentimiento profundo en los miserables. El Barcelona combatió ese complejo construyendo un relato alternativo: el de la “més que un club”, el del estilo, el del victimismo institucional. Necesitaba demostrar que era superior moral y futbolísticamente, y para ello no dudó en utilizar todos los medios a su alcance.
El Atlético, en cambio, nunca construyó un relato ganador. Su identidad se forjó en el sufrimiento, en la épica del perdedor. El apodo de “pupas” no es casual: resume una historia plagada de finales trágicos (la final de Copa de Europa de 1974, las dos finales perdidas contra el Madrid en 2014 y 2016, innumerables remontadas en contra). El Atlético tiene un carácter genéticamente perdedor porque su propia hinchada lo ha interiorizado y, en muchos momentos, lo ha celebrado.
Ser del Atlético es sufrir, es resistir, es “creer” contra todo pronóstico. Esa mentalidad, admirable por su lealtad ovina, es letal a la hora de aspirar a la grandeza. Palmar trágicamente es su marca registrada. Cuando sufrieron catástrofes en el último minuto, no se enfadaron tanto como lo que se emocionan contando la historia. “Casi lo logramos”, "Estuvimos a un minuto", "Hubo un gol en fuera de juego...". La narrativa del perdedor es lo que les confiere identidad. Es genética. El Atlético disfruta de sus derrotas contra el Barcelona tanto como de sus victorias frente al Real Madrid porque en ambos casos se perjudica al que más se envidia. Se trata de una enfermedad incurable. Una envidia que reside en los telómeros de la cadena del ADN, con el foco sobre el club que siempre gana cuando importa.

El Atlético nunca ha exigido como el Madrid. Nunca ha construido una estructura institucional que imponga respeto. Cuando tuvo la oportunidad de dar el salto (Jesús Gil y Gil, su prole, Cerezo, los primeros años de Simeone), siempre terminó retrocediendo. Aceptó que el gran duelo era Madrid-Barça, que su papel era el de convidado de piedra. Y mientras el Barcelona peleaba (eufemismo para no decir "compraba") un lugar en la cima, el Atlético se acomodó en la melancolía de ser el eterno segundón madrileño.
una masa social resignada es más rentable. La afición del atleti, con su romanticismo del sufrimiento, es el mejor aliado para mantener ese statu quo. Simeone es el cómplice ideal para señalar enemigos imaginarios
Durante décadas, el Atlético fue propiedad efectiva de la familia Gil y Enrique Cerezo. Jesús Gil llegó en 1987, en medio de la ruina económica, y consolidó su control sobre el club mediante maniobras turbias: ampliaciones de capital que diluyeron acciones, conversiones de deuda en participación; un proceso que llevó a que Gil y Cerezo controlaran más del 65% sin haber puesto un euro de su bolsillo. Durante esos años les convenía enormemente la mentalidad perdedora de la afición.
¿Por qué? Porque una masa social resignada es más rentable. No exige fichajes galácticos cada verano. Acepta vender a las estrellas (Falcao, Torres, Griezmann, etc.) para “sanear cuentas”. Celebra quedar terceros o cuartos como un logro heroico. Y mientras, los ingresos van fluyendo sin necesidad de ganar ligas que obliguen a invertir. El Atlético de Gil/Cerezo es un negocio perfecto: competitivo lo justo para generar caja, pero nunca tan ambicioso como para poner en riesgo el control familiar. La afición, con su romanticismo del sufrimiento, es el mejor aliado para mantener ese statu quo. Simeone es el cómplice ideal para señalar enemigos imaginarios. El borrego mira el dedo que señala, indignado, mientras en la trastienda se brinda con Bollinger del 47 en magníficas copas Riedel.
Simeone es aclamado por la plebe por amenazar a futbolistas rivales que podrían ser sus hijos, por acosar, por mantener comportamientos denigrantes para un deportista, a razón de un salario injustificable por su rendimiento. Pero es que su rendimiento no se mide en títulos, se mide en comisiones de fichajes y traspasos y en su capacidad de mantener la borregada bajo control, mirando fijamente el dedo que señala la luna.

¿Cambiará algo con Apollo Sports Capital? Negativo. Apollo no ha comprado el Atlético para convertirlo en una máquina ganadora que arrase cada temporada. Los fondos buscan rentabilidad estable en un plazo determinado: Champions todos los años (ingresos garantizados), ventas lucrativas de jugadores, control de la masa salarial, crecimiento comercial. No necesitan ganar LaLiga para justificar la inversión; les basta con ser un top-4 consistente, como han sido en la era Simeone. Una afición que celebra la “épica” de competir contra los grandes, que no se rebela ante ventas millonarias, que llena el estadio aunque no lleguen títulos… una afición sumisa al Cholo y sus cada vez más frecuentes idas de olla es oro para un fondo de inversión. Cotiza.
Si Apollo quisiera un club con mentalidad ganadora, habría invertido en otro proyecto. Pero eligió el Atlético precisamente porque, con su base fiel y su complejo profundamente interiorizado, ofrece un retorno predecible sin los riesgos de la exigencia madridista. ¿Me definen qué es un fracaso para el Atlético? No existe tal cosa cuando cualquier excusa se traga como una cucharada de jarabe. Podrán invertir algo más (hablan de “planes a largo plazo” y “capital adicional”), fichar alguna estrella, pero el ADN no cambiará de la noche a la mañana. Seguirá siendo suficiente con sufrir, con intentarlo, con creer. Con ganarle de vez en cuando a Madrid o Barça o plantarse en semifinales de Champions. Vendieron su alma a Gil y le regalaron la condición de eterno rival a un club corrupto.
El Real Madrid sigue siendo el club más grande del mundo, indiscutible e indiscutido. El Barcelona, tras años de dominio manchado por la corrupción en España y posiblemente en Europa, va a la deriva en lo económico y aprovechándose en lo deportivo de un Real Madrid en plena metamorfosis. Mientras, el Atlético sigue ahí, competitivo a veces, aguerrido sólo contra el Madrid, pero sin aspirar nunca a ser grande.
El fútbol español perdió intensidad cuando el Atlético dejó de pelear por ser nuestro verdadero rival. Y lo hizo porque, en el fondo, nunca creyó que pudiera serlo. Esa es la diferencia entre ganar y sufrir: unos construyen su grandeza desde la fe y el peso de la tradición, con la pasión. Otros la compran pudriendo todo lo que tocan; los otros, simplemente la contemplan desde abajo, mascullando heridas y derrotas.
El jueves cayeron en la Supercopa, jugando mejor pero sin la fe ni la exigencia necesaria para aspirar a la victoria. Los grandes de verdad pueden ganan sin jugar, incluso sin merecerlo. Nos jugaremos la final contra el Barcelona. Otra vez. Todos los pronósticos están muy en nuestra contra, como en casi todas las Champions que hemos ganado desde que tengo uso de razón. Nuestra exigencia no es el rival, ni el título. Ambas cosas me dan igual, honestamente. Nuestra exigencia es cerrar una época oscura, un interregno que ya dura demasiado. Sólo necesitamos ganar, como se tercie, como hemos hecho siempre, y recuperar la memoria fisiológica de la victoria. Después llegará la primavera.
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