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·20 de septiembre de 2026

El Atlético atraganta a un Real Madrid transparente y se pone por delante en LaLiga

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Si algún madridista, a estas alturas del Siglo XXI, se pensaba que ir al Metropolitano era pasar la sobremesa del domingo al estanque del Retiro posiblemente se haya enterado ya de que va la vaina: es la guerra. Siempre. Año tras año. Con un poco de suerte, Vinicius, Bellingham, Yan Diomandé y Mbappé lo hayan entendido de una vez. El Atlético despachó (2-1) a un Real Madrid transparente, desnortado, desubicado y anticompetitivo, adelanta al rival capitalino en Liga y pone a los de Mourinho a seis puntos del Barcelona cuando aún no ha acabado septiembre. Aún es verano y ya hacen falta prismáticos en Concha Espina.

Vestir de rojiblanco y ver enfrente a los de blanco hace que se te inyecten los ojos de sangre, desde tiempos inmemoriales. Antes pasaba lo mismo entre los jugadores del Real Madrid, pero ahora no sucede. Los de Mourinho salieron espesísimos al Metropolitano, y la intensidad del Atlético, permitida por un colegiado que parecía llevar las tarjetas  como si fuera un escolar y tuviera un paquete de Sugus en el recreo, perdonando dos expulsiones reclamadas por los blancos, fue un atragantón.


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Derribos, protestas, broncas, aspavientos... Fútbol con balón no hubo mucho en el primer tiempo, ocasiones aún menos, la palabra peligro desapareció del mapa. El Atlético, con esa intensidad cholista pegada al escudo, convirtió el césped en un campo de minas ante un Real Madrid donde Tchouameni y Valverde no necesitan una mesa, porque se neutralizan sin ayuda de nadie más entre ambos a base de estorbarse, cerrarse líneas de pase y atraer rivales a su zona, y donde solo Arda Güler ponía alguna gota de claridad. ¿Mbappé? Reclamando Balones de Oro en alguna entrevista, imagino.

El Atlético, con un Cardoso haciendo de aspirador en el centro del campo, trataba de percutir con Kang-in, pero el coreano estuvo extraordinariamente individualista y todas las jugadas morían en un toque de más, un regate de más, lo que sea pero de más. De todo le sobró uno.

El clarísimo penalti y expulsión de Huijsen tras agarrón a Giuliano Simeone nada más arrancar el segundo acto decidió el partido. Transformó Grimaldo y el Madrid desapareció. Mourinho, que además retiró a Güler para tapar el agujero en defensa con Rudiger, metió a Yan Diomandé por un inoperante, otra vez Vinicius, pero el costamarfileño salió a pasearse. Otro al que no le han contado lo que es un derbi. Se olvidó de cerrar y presionar, Giuliano despachó un caramelo al corazón del área chica y Jonathan David pulverizó el segundo. Partido sentenciado. Carlos Espí, mientras, ahí seguía, en el banquillo.

El Atlético, cuesta abajo, agarró al Madrid de las solapas y le zarandeó a placer. El Madrid parecía un saco de boxeo, se las llevaba todas y no había el menor atisbo de que tuviera pulso. Decir que había arena lo mismo es hasta exagerar para bien. Para que se hagan una idea; un disparo de Diomandé en el 77' tras un fallo de un tembloroso Cuti Romero, lo peor del Atlético, fue solo el segundo tiro a puerta blanco en el partido. Lo han leído bien: minuto 77. En el tercero, Rudiger marcó a balón parado para maquillar el desaguisado y darle algo de tensión al alargue.

Ni Ancelotti, ni Xabi, ni Arbeloa ni ahora Mourinho han sabido dar con la tecla. Lo mismo el problema está entre los que llevan dorsal serigrafiado. Todo lo contrario que sucede en el Atlético, donde serán mejores o peores, tendrán más o menos suerte, pero la idea de su técnico se la creen y dan lo que tienen. De momento, para ir por delante del Madrid en la tabla.

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