La Galerna
·16 de febrero de 2026
El club que pagó a Negreira es un activo tóxico

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·16 de febrero de 2026

Hoy debería ser un día para hablar de fútbol. De cómo el equipo presentó su cara más solvente de la temporada contra la Real Sociedad, que venía de una racha de victorias que han devuelto a los donostiarras a su trayectoria de los últimos años de la mano de Pellegrino Matarazzo. Mi amigo Patxi, un Txuri-urdin de pro, estará contento pese a la derrota del sábado: La Real se asoma a Europa. Llevan años desarrollando una propuesta futbolística de equipo grande, y parecen haber encontrado el camino después de acusar el golpe de perder a sus dos futbolistas más talentosos, ambos brillando en la Premier.
Nosotros jugamos un partido correcto. En ocasiones con brillo en los pies de Güler y de Vinicius. El brasileño está recuperando su mejor versión, torturando inmisericorde a los laterales diestros rivales, incapaces de detenerle. No me extenderé con los penalties. El VAR, como insinúa Laporta, altera la competición, pero no como él sugiere. El VAR de Mediapro desnaturaliza el fútbol. Pese a su definición inicial ("corregir errores manifiestos"), el diablo ha corrompido la semántica y el monstruo bicéfalo Tebas-Louzán han hecho lo propio con la limpieza y con la equidad. El VAR es hoy un instrumento de manipulación en manos del CTA, amparado en una supuesta e inexistente neutralidad tecnológica.

¿Qué es un error manifiesto? El sábado no hubo ninguno. Hernández Maeso, con su cara de buena persona, aparentemente ajeno a la corrupción sistémica del CTA, pitó lo que vio. Y cualquiera que haya visto fútbol y tenga un mínimo de decencia (de la que carece Antonio Fresas, por ejemplo) habría pitado lo mismo. Si en lugar de Vini, Aramburu hubiera hecho la entrada de la frustración sobre Lamine después de haber recibido un caño, yo habría pitado penalti. Es de justicia, con poco o mucho contacto. El delantero encarando al portero y con todo a favor para poner un balón de gol. Penalti. Sólo pueden escandalizarse Lama y Carlos Martínez, por razones no futbolísticas, como representantes de lo más casposo y turbio del fútbol en los medios de comunicación.

De Lama podemos afirmar su antimadridismo rencoroso por no haber conseguido ser influyente en el Real Madrid de Florentino. De Martínez podemos sospechar todo. Llegó a ser cancelado en la última contratación de los derechos televisivos de LaLiga. Y sin embargo, ahí sigue. Martínez sabe demasiado. La retransmisión de los partidos es uno de los engranajes imprescindibles para manipular la competición. En la sala VOR lo saben, y en el Moggigate quedó probado por la justicia. No es nada nuevo.

Los calificativos de Martínez el sábado sobre Vinicius serían de cese fulminante si sus jefes y él mismo no fueran parte del tinglado. Jamás le habíamos oído semejantes comentarios refiriéndose a un futbolista. Tenía que ser con Vini, claro. Sobre el personaje tengo una teoría: mientras Robinson vivía jamás se atrevió a tanto. El exfutbolista le llevó la contraria en innumerables ocasiones y de algún modo compensó en los directos su parcialidad, hoy ya innegable. Se ha convertido en un hooligan, tal vez porque tiene la luz pagada para los restos y porque no le importa empujar a los madridistas hacia las IPTVs. Sus comentaristas son Julio Maldonado, un seguidor manso haciendo caja en fase terminal, amortizado como "estudioso del fútbol", y Álvaro Benito, ex futbolista suficientemente inteligente para darse cuenta de lo que sucede, a quien no le compensa discutir con Martínez en antena porque se vive muy bien de la tele.

La guinda de la semana pasada la puso Laporta. Muy gracioso el chiste de quejarse de los arbitrajes, usando el club para emitir un comunicado aberrante en plena campaña electoral. Ausencia total de vergüenza. El pináculo de la desfachatez, después de ser él quien cuadruplicó los pagos a Negreira en 2003, dando carta de naturaleza a la corrupción de la organización arbitral que instauró Núñez mucho antes.

Pongamos un poco de perspectiva: se acercan elecciones. Laporta ha basado su estrategia para la reelección en los éxitos deportivos, mientras la deuda se come al club y los intereses de los créditos crecen más que la generación de caja. La finalización del estadio se posterga. En cuatro días, Laporta ha renovado los votos con Tebas retirando el apoyo a la demanda de Miguel Galán costeada por el propio Barcelona, ha renunciado a la Superliga y se ha apuntado a la ECF, buscando amigos poderosos que le permitan seguir saltándose todas las normas, fichar sin dinero, inscribir sin cumplir. Delinquir. La costumbre.
Mientras, 4-0 en el Metropolitano en Copa. Tragedia. Sin éxitos deportivos la cara de Laporta cada vez recuerda más a la de Dorian Grey viendo su decadencia en el espejo. El comunicado es una contramedida defensiva para que nadie le pregunte por lo que no quiere responder. Necesita seguir presidiendo el Barcelona. ¿De que iba a vivir? ¿Cómo va a dejar el club con la expectativa de trincar big money cuando le toque venderlo? Conociendo al personaje, díganme cuánto apostarían a que intentará todo lo que esté en su mano con dinero del club para llegar a la final de Copa. Oremos.

En el fondo del comunicado, además del electoralismo facilón que funciona cuando te diriges a borregos, volvemos a encontrar el victimismo tan entrañable al que estamos acostumbrados. Hablamos de "més que un club", amigos: en las profundidades de la historia de Cataluña, el victimismo ha servido como un hilo conductor para tejer una identidad colectiva marcada por percepciones de agravio perpetuo. Líderes como el bueno de Joan, independentista, colmo de virtudes y ejemplo vital para los jóvenes, han instrumentalizado al Barça para amplificar este victimismo, proyectando supuestas persecuciones sobre un enemigo omnipotente que, sin embargo, ganó más competiciones europeas que ligas durante el Negreirato.
Presentarte como víctima siendo protagonista del Caso Negreira y autor de los pagos de 8,4 millones de euros al vicepresidente del Comité Técnico de Árbitros (CTA) es sencillamente una patología clínica. Los desembolsos, canalizados a través de sociedades, carecían de contratos formales o informes verificables. La UCO rastreó retiradas de efectivo superiores a 400.000 euros y cheques al portador que hablan de la intención de ocultación. El club admitió ante Hacienda que estos pagos eran “meras liberalidades”, asumiendo multas, mientras Negreira amenazaba en burofaxes de 2018 y 2019 con exponer irregularidades si no le seguían pagando. Ya conocen la historia del contrato con Mundo Deportivo financiado por el Barça que casi nos garantiza que Negreira siguió cobrando. Víctimas...

Las declaraciones de los expresidentes ante la jueza Alejandra Gil ofrecen un cúmulo de incoherencias que subrayan cómo el club prioriza la narrativa sobre la transparencia. Sandro Rosell atribuyó los informes a Negreira padre, mientras Josep Maria Bartomeu los limitó al hijo. Joan Laporta negó conocer a Negreira pese a un vídeo de 2003 que muestra un saludo cordial, y afirmó que los pagos pasaban por compliance, contradiciendo su propia postura de 2009 sobre contratar ex árbitros. Estas discrepancias, fraguadas fallidamente en una cena de ex presidentes para unificar relatos, no solo exponen mentiras (como la de Albert Soler al omitir información ante Hacienda) sino que refuerzan el uso del Barça como escudo ideológico, uniendo a la afición contra un supuesto “madridismo sociológico”. Les invito a profundizar en la secuencia de artículos de Sergio Yebra en La Galerna.

Además de la cuestión electoral, tras estas maniobras subyace una estrategia calculada de negación. Ahí tenemos a Miguel Galán y otros influencers culés subvencionados, que optan por una ignorancia selectiva, tildando el caso de “bulo madridista” y derivando la opinión pública hacia una condena por administración desleal que entienden que alejaría el fantasma del descenso y de la retirada de títulos. No será así. Al resto del mundo le parece inconcebible un victimismo que ignora las facturas, el “índice corrector”, el saldo arbitral, y que califica pruebas judiciales como meras fabulaciones para preservar la narrativa ideológica. La FIFA ya ha tomado nota. La UEFA lo puede hacer en cualquier momento.

Ambas organizaciones tienen motivos más que justificados e información suficiente para intervenir de oficio. El deterioro de las competiciones españolas, la opacidad de los "patrocinios" de LaLiga, los bandazos del CTA en busca de una legitimidad que no tendrán hasta que dejen de ignorar el Negreirato (qué más tendrán escondido...) y el ínfimo nivel del arbitraje convierten LaLiga en un activo tóxico. Una inversión de riesgo totalmente incompatible con los objetivos de la UEFA en su negociación con el Real Madrid.
La FIFA ya ha tomado nota. La UEFA lo puede hacer en cualquier momento
En el caso Calciopoli, la Juventus fue descendida por influir en designaciones arbitrales sin pagos directos pero con una opacidad idéntica al Negreirato. El corrupto ejecutivo Luciano Moggi fue condenado a cárcel e inhabilitado de por vida para cargos relacionados con el fútbol. El caso derivó en revocación de títulos y descenso administrativo de categoría. La Federación Italiana y la UEFA actuaron conjunta y rápidamente para restaurar la limpieza del fútbol por un caso mucho menos grave que los pagos a Negreira. La RFEF insiste en pasar página y en poner el foco en la justicia penal, una vez finalizada su labor de encubrimiento del delito deportivo y de colaborar a su prescripción, para escarnio y vergüenza del fútbol español. Todo es muy lamentable. La vía penal tardará, pero la FIFA y la UEFA tienen intereses a corto plazo incompatibles con este circo.
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