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·29 de agosto de 2026

El día que Julián Álvarez caminó solo como un juguete roto

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La imagen resulta desoladora. Julián Álvarez caminando solo sobre el césped del Metropolitano, cabizbajo, apartado de sus compañeros y abucheado por parte de la afición que hasta hace muy poco celebraba sus goles. Es la cara más amarga del fútbol. Por desgracia, la más verdadera.

El argentino llegó al Atlético de Madrid como una estrella. Marcó 49 goles, peleó cada balón y alimentó durante dos temporadas las esperanzas de los rojiblancos. Bastó que expresara su deseo de marcharse al Barcelona para que el ídolo fuera convertido en traidor.


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Conviene repartir responsabilidades. El Atlético tiene todo el derecho a defender sus intereses. Pagó una fortuna por el jugador, mantiene con él un contrato hasta 2030 y no está obligado a reforzar a un rival directo. Julián tampoco puede actuar como si una firma dejara de tener valor cuando aparece un destino para él más apetecible. Y el Barcelona debería saber que los fichajes se negocian entre clubes, no mediante filtraciones, declaraciones públicas, mentiras y campañas de presión.

Todos tienen sus razones. El Atlético de Madrid quien más. El problema es que, en medio de esa batalla, el futbolista ha dejado de ser una persona. Ahora es un activo financiero y un juguete roto. Una cláusula. Una inversión. Una mercancía de cien, ciento cincuenta o doscientos millones de euros.

El fútbol moderno continúa vendiendo sentimientos mientras funciona como una gigantesca lonja. Reclama fidelidad eterna a los aficionados, pero cambia de entrenador en semanas, traspasa a sus jugadores cuando cuadran las cuentas y se besa el escudo hasta que aparece una oferta superior. Todo se compra. Todo se vende. Incluso la pasión y la ilusión.

El aficionado puede sentirse decepcionado y muy molesto con Julián Álvarez. Faltaría más. Pero resulta inquietante la facilidad con la que se olvidan sus goles, su entrega y las tardes felices. El ídolo pasa del altar al paredón en pocas horas.

Quizá la imagen de Julián caminando solo explique mejor que cualquier balance económico en qué se ha convertido el fútbol. Antes los futbolistas pertenecían sentimentalmente a un club. Ahora son jurídicamente de una sociedad y económicamente del mejor postor.

Lo único que continúa siendo de verdad es la pasión del aficionado. Precisamente por eso deberían dejar de utilizarla. A.M. BEAUMONT

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