Un 10 Puro
·25 de abril de 2026
El Madrid que pudo ser y no fue

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·25 de abril de 2026

Había algo diferente en marzo. El Madrid ganó cinco partidos seguidos con el equipo diezmado, sin sus estrellas, con Arbeloa dibujando un bloque compacto que presionaba, que corría, que competía. La afición volvió a creer. Quizá en el título de Liga —los puntos ya no daban para tanto— sino en el equipo. En que había algo ahí dentro que valía la pena.
Abril lo desmontó todo. Una victoria en seis partidos. Eliminación en cuartos de la Champions. La Liga matemáticamente muy lejos antes de que termine el mes. Y una imagen colectiva que volvió a ser la de siempre: individualista, sin orden, sin certezas.
Pero reducir esto a un mes sería un error. Abril fue el remate. La herida venía de antes.
El Madrid de marzo funcionó sin Mbappé. Sin Bellingham. Sin Militao, sin Rodrygo, sin Mendy. Funcionó precisamente porque Arbeloa no tuvo más remedio que construir un equipo de once jugadores comprometidos con una misma idea.
Cuando regresaron los titulares, regresaron los problemas.
Mbappé jugó los seis partidos de abril. El Madrid ganó uno. En los siete encuentros que disputó sin él en marzo, ganó seis. No es una lectura caprichosa: es lo que dicen los números y lo que vieron los ojos.
El problema no es Mbappé. El problema es lo que ocurre cuando Mbappé juega sin estar al cien por cien comprometido con el trabajo colectivo. La presión se afloja. Las transiciones defensivas se alargan. La banda izquierda queda expuesta. El equipo pierde la forma. Y el francés, que lleva 41 goles en la temporada, apenas aportó tres en abril con una imagen que habla de alguien que no está del todo bien, ni física ni futbolísticamente. Se fue de La Cartuja antes del pitido con una sobrecarga en el isquiotibial.
Arbeloa no supo —o no se atrevió— a mantener lo que funcionaba. Recuperó a los grandes porque los grandes tienen que jugar. Por esa ansia que había despertando en Marzo de poder y deber ir a por más. Pero cayó en la misma trampa que se cobró a Xabi Alonso antes que a él.
No ha sido una mala temporada de Vinicius. Ha marcado goles, ha tenido momentos. Pero no ha sido el jugador que mereció el Balón de Oro, y esa diferencia ha importado.
Ha perdido algo de velocidad. Decide apresurado. Muchas veces elige el contacto antes que continuar con balón y buscar portería. Intermitente donde antes era constante.
Y hay algo más que dejó marca. La polémica del clásico —su reacción desmedida al cambio de Xabi Alonso en un partido que el Madrid ganaba bien— fue un punto de quiebre. Para el entrenador, para el vestuario, para la temporada. Aquella imagen aceleró el final de un ciclo y dejó una mancha que no se borró. Vinicius siguió, pero ya no fue el mismo factor.
El año que hace de Balón de Oro fue posible, entre otras cosas, porque se comprometió con el equipo a todos los niveles. Porque porque se sacrificó como ninguno, jugando a un nivel de concentración altísimo que sumado a sus capacidades, dieron una temporada histórica. Eso, los últimos dos años, se ha visto a rachas.
Trent Alexander-Arnold fue el único refuerzo que mantuvo un nivel real durante los últimos meses. Diferencial con balón, con sus limitaciones defensivas conocidas, pero capaz de generar diferencias donde el Madrid más las necesitaba.
El resto quedó en el debe.
Carreras arrancó con promesa y acabó diluido entre errores de concentración y lesiones. Fran García —que debía irse en enero— terminó siendo más fiable por pura voluntad, sabiendo perfectamente que no es el titular del carril. Y en las noches grandes, el puesto recayó en Mendy: top defensivo, pero siempre a medio gas, siempre regresando con entrenamiento insuficiente para tapar una banda que Mbappé y Vinicius dejan sistemáticamente expuesta.
Mastantuono llegó con hambre. La pubalgia lo apagó. Las sanciones le impidieron coger ritmo. Nunca apareció del todo.
Rodrygo volvió a asomar. Luego se volvió a lesionar.
Huijsen fue intermitente. Bueno en el área y fuera de ella, capaz de sacar el balón jugado, pero con errores de concentración y sufriendo al correr hacia atrás. Una temporada de más sombras que luces.
Brahim, en cambio, se ganó su sitio. Sin estridencias, haciendo las cosas simples, sacrificándose. Fue de lo más fiable en el tramo final aunque sin aportar gol.
Tchouaméni fue de los más consistentes. Valverde dio todo lo que pudo, aunque con menos libertad que en otros momentos. Su ausencia por sanción en Mallorca se notó.
La falta de Courtois pesó de una forma que va más allá de los goles encajados. Lunin es un buen portero —lo demostró en La Cartuja con una actuación notable—, pero hay paradas que solo hacen los elegidos. Paradas que cambian partidos, que levantan equipos. Y con los pies el Madrid perdió mucho: en la construcción desde atrás, en la capacidad de salir jugado, en la tranquilidad que da saber que el portero es tu primer jugador de campo.
Los centrales aguantaron lo que pudieron. Pero jugaron demasiado, sin rotación real, y llegaron justos a los momentos decisivos. No estuvieron mal del todo. Simplemente no se les pudo dosificar.
Camavinga no dio el paso adelante que se esperaba. Y en Múnich, la expulsión que terminó la Champions —segunda amarilla que Vincic pareció olvidar que era segunda— puso nombre a una de las decisiones arbitrales de un mes en el que el Madrid también tuvo razones para quejarse. Pero las quejas no ganan partidos.
Y Thiago Pitarch: en marzo fue uno de los grandes protagonistas del buen momento del equipo. No porque sea un mediocentro de superélite —aún le falta para eso— sino porque hacía algo que nadie más hacía: se ofrecía entre líneas, daba el pase sencillo en el momento complicado, aportaba energía, cumplía defensivamente. Cuando volvieron las estrellas y él pasó a segundo plano, nadie ocupó ese rol. El equipo lo acusó más de lo que parece.
Hay que ser justos con Arbeloa. Llegó a un vestuario en llamas.
Los números de Xabi Alonso no fueron malos, pero la dinámica del grupo sí lo era. La goleada del Atlético, la derrota en Vigo —que se convirtió en sentencia—, la caída en la Supercopa. Y encima, la imagen de Vinicius en el clásico, que aceleró un final que ya se veía venir. La directiva miró para otro lado. No respaldó al técnico. Esperó que el problema se resolviera solo. Y acabó por implosionar.
Arbeloa apaciguó las aguas. Defendió a sus jugadores rueda de prensa tras rueda de prensa. Construyó en marzo algo que valió la pena. La afición volvió a creer.
Pero Arbeloa cayó en la misma trampa que Xabi. Intentó encajar a las estrellas en un esquema que funcionaba precisamente sin ellas. Como si los jugadores grandes tuvieran que jugar por decreto, independientemente de lo que el equipo necesitaba en ese momento. Como si el fútbol no viviera del presente sino del peso de temporadas anteriores.
El problema es que esa temporada —la 23/24— se ganó precisamente porque todos se comprometieron. Porque hubo sacrificio colectivo. Porque fueron un equipo antes que una colección de nombres. Ancelotti lo reclamó hasta el cansancio en sus últimas ruedas de prensa: equilibrio, compromiso, todos por el mismo lado. Se escuchó poco.
Hay gran materia prima en esta plantilla. En el mejor Madrid, estos jugadores ganan títulos. Eso no ha cambiado.
Lo que ha cambiado es que van dos temporadas sin que nadie construya algo que dure. Sin un proyecto claro más allá del nombre en la camiseta. Sin que el equipo sepa qué es, cómo juega, a qué compite.
Y el Bernabéu ya no ejerce la presión que ejerció. Entre el público esporádico y los turistas que llenan el estadio —legítimamente, con su entrada pagada—, la exigencia colectiva se ha diluido. El Madrid como institución necesita esa presión para funcionar. Sin ella, los actores del primer equipo pierden el foco que solo la máxima exigencia genera.
Arbeloa no seguirá. Suenan nombres —Mourinho, Klopp, Allegri, Deschamps, Pochettino—. Pero el nombre del entrenador importa menos que la respuesta a una pregunta más incómoda: ¿va el Madrid a empoderar al próximo técnico, o va a volver a hacer lo mismo?
Porque esto no es un accidente de abril. Ni siquiera es un accidente de temporada.
Es el final lógico de algo que nunca terminó de arrancar. Y que, sin embargo, dejó ver que tenía madera para ser mucho más.


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