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·13 de mayo de 2026

Florentino, el espejo roto

Imagen del artículo:Florentino, el espejo roto

Hay una pregunta que no deja de girar desde que terminó la comparecencia del martes en Valdebebas: ¿por qué ahora?

Llevaba más de diez años sin sentarse ante los medios. Se sabía que en algún momento lo haría. Se rumoraba. Se esperaba. Y cuando por fin ocurrió, el momento elegido fue este: en medio de la peor crisis institucional y deportiva del club en décadas, con dos temporadas sin títulos relevantes, con dos entrenadores consumidos en un solo curso y con el vestuario fracturado.


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¿Por qué ahora? ¿Y por qué así?

El movimiento que nadie esperaba y todos van a recordar

Caben varias lecturas de lo que hizo Florentino Pérez este martes. Y probablemente todas tienen algo de verdad.

La primera es el hartazgo. Un hombre que ha aguantado en silencio durante años una presión mediática extraordinaria y que, en algún momento, simplemente se cansó. Que leyó una frase —"estoy cansado", filtrada por su propio entorno— y algo se rompió por dentro. El ego tiene sus propios umbrales, y Florentino no ha llegado donde llegó siendo indiferente a lo que se escribe de él.

La segunda lectura es más fría y más calculada: el ruido funciona. Durante días, el tema de conversación del madridismo no será la segunda temporada consecutiva sin títulos. No será la planificación fallida del centro del campo. No será la pregunta de quién entrena al Madrid la próxima temporada. Será la rueda de prensa. El enfrentamiento con un periodista. Los comentarios que dejaron a todos los presentes sin palabras. Florentino ha monopolizado el relato, y eso, en comunicación, tiene un valor que no es menor.

Pero hay una tercera lectura, quizás la más honesta. Y es que el presidente del Real Madrid ya no estaba hablando solo del club.

Un hombre que necesitaba recordarse a sí mismo

Escuchar a Florentino Pérez el martes fue, en muchos momentos, escuchar a alguien que repasaba su propio currículum. Los títulos. Los jugadores. Las Champions. Lo que construyó. Lo que nadie le puede quitar. No era un discurso sobre el futuro del club. Era un inventario de logros propios.

Eso dice algo muy específico sobre el estado emocional de quien lo pronuncia.

El mejor presidente de la historia del Real Madrid —y lo es, sin discusión posible— lleva semanas necesitando que alguien se lo recuerde. O necesitando recordárselo él mismo. Porque los años no pasan en vano aunque uno se sienta con energía. Porque cada vez hay más voces que quieren su silla. Porque el fútbol no es una ciencia exacta y nadie triunfa todo el tiempo, aunque saberlo no siempre alcanza para asumirlo.

Lo que le enfada a Florentino no es tanto que el Madrid esté perdiendo. Es cómo lo está haciendo. Es el descrédito. La sensación de que su autoridad se erosiona. La percepción de que su legitimidad —construida durante décadas a base de victorias— está siendo cuestionada por primera vez de manera seria y simultánea desde varios frentes.

Lo que Florentino necesita ahora mismo no es un titular. Es una victoria.

Los frentes abiertos y la trampa del tiempo

El problema es que los frentes abiertos son demasiados. La planificación deportiva, paralizada por incertidumbre en el banquillo. La Superliga, en un limbo político y empresarial que ya nadie sabe cómo resolver. El modelo del nuevo Bernabéu, cuestionado económicamente. Y por encima de todo, la pregunta que nadie en Valdebebas se atreve a responder en voz alta: ¿quién entrena al Madrid la próxima temporada?

Se habla de Mourinho. Y si es así, puede entenderse como lo que probablemente es: Florentino buscando ese chute de adrenalina que solo da un nombre grande. La sensación de haber vuelto a mover el mercado. De haber ganado una negociación. De que el club se mueve cuando él lo decide.

Pero el fútbol no espera a nadie. Y mientras los grandes clubes europeos ya planifican el verano, el Madrid sigue con demasiadas preguntas abiertas. La búsqueda de una victoria electoral de sus presidente, ya en funciones, no puede frenar la construcción de la próxima temporada. Eso sería un error que pagarían otros.

Lo que nadie quiere decir pero todos piensan

Hay algo muy triste en la figura de un grande que empieza a perder el paso. No porque haya dejado de ser grande, sino porque se le ve en el esfuerzo. Y Florentino Pérez, en el mejor momento de su trayectoria, nunca se le veía el esfuerzo. Todo parecía natural, inevitable, ejecutado con una autoridad que no necesitaba ser demostrada.

Lo de este martes fue lo contrario. Fue demostración. Fue necesidad. Fue un hombre que llegó a esa sala —con el micrófono mal puesto durante siete minutos, sin que nadie a su lado se atreviera a decírselo— buscando salir más grande y que salió, sobre todo, más solo.

Y lo más preocupante no son los comentarios que dejó en el aire, por graves que algunos fueran. Lo más preocupante es que nos recordamos más de las personas por cómo se van que por lo que hicieron. Y Florentino tiene aún mucho que decir sobre cómo quiere que lo recuerden.

El Madrid que merece y el Florentino que puede ser

Ojalá esto sirva de algo. Ojalá el presidente del Real Madrid se mire al espejo esta semana y se reconozca. No al de la rueda de prensa del martes, sino al de sus mejores años. Al que no necesitaba atacar a nadie para que quedara claro quién mandaba. Al que construía en lugar de defenderse.

Que trabaje por el club y para el club. Que cierre filas. Que planifique con urgencia porque el mercado no espera. Que vuelva a ser el Florentino que el Real Madrid merece, ese que aparecía en las grandes noches de Champions con una sonrisa que no necesitaba explicación.

Y si ya no puede serlo, que dé un paso al costado como el mandatario que ha sido durante tanto tiempo. Con la cabeza alta y el palmarés intacto. Porque él más que nadie sabe que nada dura para siempre, y que salir bien es tan importante como todo lo que se construyó.

El Real Madrid ha sido grande con él. Puede seguir siéndolo. Pero para eso hace falta un presidente que mire hacia adelante.

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