La Galerna
·15 de febrero de 2026
Florentino: retos pendientes

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·15 de febrero de 2026

No hay nada más inevitable que el paso del tiempo. Nos golpea a todos y nos impacta especialmente cuando vemos una foto antigua, nuestra o de alguien conocido. Ese pequeño shock lo sufro cada vez que veo aquellas imágenes de Florentino Pérez recién llegado a la presidencia, con un cigarro en la boca, sonriente y lleno de energía.
Y cuando el recuerdo es en formato vídeo y reaparece aquella escena, en plena campaña electoral del año 2000, cuando le preguntaron por la presión de enfrentarse al presidente saliente y por la arriesgada promesa del fichaje de Figo, y Florentino respondió con gesto imperturbable —«¿tú me ves nervioso?»—, entonces mi yo nostálgico se derrumba y entiende que cualquier tiempo pasado fue mejor. Aquella frase no fue solo una ocurrencia: simbolizaba serenidad en medio de la tensión y el inicio de una transformación que cambiaría por completo el rumbo del club.

Nos acercamos al momento en que el Real Madrid tendrá que vivir sin Florentino Pérez en la presidencia. Tras 26 años —con una breve interrupción de tres— se avecina una transición que será sin duda complicada. El mejor periodo del Real Madrid que hemos vivido la gran mayoría de los madridistas ha coincidido con el mandato de un presidente que hoy tiene 78 años y que, tarde o temprano, dará un paso al lado. La comparación con Santiago Bernabéu es inevitable. Bernabéu fue presidente hasta el final de sus días. Estuvo 35 años en el cargo. Florentino lleva 26. Vidas paralelas en cuanto a modernización y transformación estructural del club. Dos hombres que heredaron un Real Madrid grande y dejaron un Real Madrid inmenso, hegemónico.
Si la herencia que dejó Bernabeu fue un club conocido en todo el mundo y líder en Copas de Europa, Florentino Pérez ha hecho lo propio y desde su llegada se han ganado 7 Champions League, ha transformado el estadio y ha convertido al club en el más valioso del mundo con unos ingresos de más de 1.200 millones de euros.
A nivel deportivo, la última Champions conquistada —la de 2024— empieza a percibirse más lejana de lo que realmente fue. Sin embargo, probablemente el paso del tiempo la engrandezca aún más, como ocurrió con las seis Copas de Europa logradas en la última década del mandato de Santiago Bernabéu. Aquellas gestas, que hoy forman parte del ADN del club, convivieron entonces con títulos nacionales —seis Ligas y tres Copas del Rey—, pero tras aquel ciclo dorado no se volvió a levantar la Copa de Europa hasta muchos años después, ya con Lorenzo Sanz en la presidencia y aquel inolvidable gol de Pedja Mijatović en 1998.

Y en ese contexto, Florentino Pérez parece decidido a cerrar los grandes frentes abiertos antes de su marcha. Fichar a Zidane, Cristiano Ronaldo o Mbappé es extraordinariamente complejo; pero más difícil aún es anticipar el futuro, leer el entorno antes que los demás y convencer a toda la masa social de la necesidad de un determinado rumbo. Esa, en esencia, es la verdadera herencia que pretende dejar Florentino: no solo un palmarés fabuloso, sino un legado. Una visión que, en cierto modo, enlaza con la que en su día marcó Santiago Bernabéu.
Por eso, aunque lo deportivo represente para el aficionado casi el 98% de su felicidad, para un dirigente como Florentino es solo una variable más. Sin estabilidad económica, institucional y social es imposible sostener la competitividad durante décadas. El corto plazo son los resultados mientras que el largo plazo es la visión de como estará el club en cuatro u ocho años.
Y si atendemos a esa visión a futuro hay varios retos claves en el futuro del Real Madrid. Y ahí es donde aparece la figura de Florentino Pérez, que parece decidido a dejarlos encauzados antes de marcharse.

Uno de los grandes frentes abiertos al inicio del último mandato fue la creación de la Superliga. Una guerra sin cuartel contra la UEFA, liderada prácticamente en solitario por Florentino Pérez, que ha supuesto un desgaste considerable y un esfuerzo institucional de primer nivel.
Si el criterio es haber forzado una reforma del ecosistema competitivo europeo, entonces el movimiento puede considerarse un éxito estratégico
La idea original —una competición estable, cerrada y compuesta por 22 superclubes— no prosperó como proyecto inmediato. En ese sentido, puede calificarse como un fracaso táctico. Es probable que Florentino Pérez no calibrara con exactitud ni la fuerza de sus adversarios ni la lealtad de algunos aliados. Durante esta batalla, hubo socios más volátiles que firmes, más oportunistas que comprometidos. Joan Laporta y Miguel Ángel Gil Marín abandonaron el barco cuando la presión apretó y el coste reputacional comenzó a elevarse. Si esto fuera "El bueno, el feo y el malo", el reparto de papeles sería bastante evidente.
Ahora bien, si el análisis se limita a la no materialización de aquella Superliga de 22 fundadores, el balance es negativo. Pero si el foco se amplía y se examina el objetivo estructural —alterar el equilibrio de poder en el fútbol europeo—, la lectura cambia de forma sustancial.
La ambición última de la Superliga iba mucho más allá de una nueva competición: pretendía cuestionar el modelo de gobernanza del fútbol continental. Y en ese terreno sí se han producido avances significativos. El modelo anterior, con una UEFA percibida como omnipotente, poco permeable a las demandas de los grandes clubes y juez y parte en la organización de sus propias competiciones, ha quedado seriamente erosionado. Tras la sentencia del Tribunal de Justicia de la Unión Europea y las negociaciones posteriores, el equilibrio de poder ya no es el mismo.
Si el criterio de evaluación es la inexistencia de aquella Superliga fundacional, el resultado es un fracaso. Si el criterio es haber forzado una reforma del ecosistema competitivo europeo, impulsando mayores ingresos, mayor capacidad de influencia para los clubes y un marco más abierto a la negociación, entonces el movimiento puede considerarse un éxito estratégico.
En las próximas semanas y meses se medirá con mayor claridad el alcance real de ese cambio. Lo que parece indiscutible es que ese frente se encamina hacia su cierre y que, si se consolida un acuerdo definitivo, el Real Madrid y sus inversores estarían dispuestos a retirar la demanda de 4.500 millones de euros.
Abortada casi desde su nacimiento la idea de construir una competición completamente nueva en un fútbol europeo con estructuras históricas muy sólidas —y muy alejadas del modelo americano—, la alternativa ha sido transformar el sistema desde dentro. No mediante una ruptura inmediata, sino mediante la presión constante de una amenaza creíble: una reclamación milmillonaria respaldada por una sentencia judicial que reconoce el derecho de cualquier grupo de clubes a organizar una competición alternativa.
Esa es, probablemente, la verdadera herencia de Florentino Pérez. No solo para el Real Madrid, sino para el conjunto del fútbol europeo: haber demostrado que el statu quo no era inamovible.
Superada esta primera gran batalla —que obligaba al Real Madrid a mantener abiertos frentes simultáneos contra la UEFA, la Liga española, el Barcelona y figuras como Tebas, Laporta o Ceferin— el club puede replegarse estratégicamente y concentrar sus esfuerzos en el ámbito doméstico. Con la FIFA en una posición de interlocución favorable, con una relación fluida con Gianni Infantino y con la propia UEFA negociando bilateralmente con el Real Madrid un acuerdo calificado de histórico, el escenario internacional parece estabilizado. Incluso con Ceferin en la rampa de salida, el conflicto exterior pierde intensidad.

Eso desplaza inevitablemente el foco hacia la Liga española, origen de muchos de los problemas estructurales que afectan al ecosistema nacional. La pérdida progresiva de atractivo internacional, la brecha creciente con la Premier League en ingresos audiovisuales, la fuga de talento y la percepción de desorden institucional dibujan un contexto preocupante. A ello se suma el desgaste reputacional del sistema arbitral tras el caso Barcelona-Negreira, aún en fase judicial, pero con un impacto evidente en la credibilidad del campeonato.
Para que la Liga recupere fortaleza, el primer paso es restaurar la confianza. Eso exige una resolución clara y transparente del procedimiento judicial y, en su caso, la asunción de responsabilidades proporcionales. Solo con instituciones sólidas, gobernanza clara y reglas aplicadas sin ambigüedades puede construirse una competición verdaderamente sana y competitiva. Y para ello hay que forzar la resolución del caso Negreira y castigar a los culpables. Uno es evidente, el corruptor, el Barcelona y otros, los corrompidos, muchos de ellos árbitros en la actualidad e incluso dirigentes del CTA.
La limpieza de la liga española pasa necesariamente por este asunto, que ahora mismo se encuentra en sede judicial. La vía penal es lenta, técnica y, en muchos casos, limitada en sus efectos deportivos. En el mejor de los escenarios habrá sentencias dentro de varios años, con posibles responsabilidades individuales —incluso económicas—, pero sin consecuencias directas en la clasificación o en los títulos obtenidos.
Y aquí es donde podría entrar la FIFA, con capacidad directa para sancionar en estos casos. Y es donde el Real Madrid está ahora inmejorablemente posicionado. Ni a la FIFA ni a la UEFA —ahora alineadas con los intereses globales del Real Madrid— les interesa esa publicidad negativa con un club que ha comprado a un dirigente arbitral. La FIFA y la UEFA tienen precedentes en contextos comparables —como los casos que afectaron a clubes italianos hace dos décadas— donde las sanciones trascendieron el ámbito puramente penal.

Pero el escenario doméstico no se limita al caso arbitral. Existe también un pulso estructural entre el Real Madrid y la presidencia de la Liga. La relación entre Florentino Pérez y Javier Tebas ha transitado por fases de enfrentamiento abierto, recursos judiciales cruzados, denuncias públicas y cuestionamientos sobre el modelo de gestión económica, y la comercialización centralizada de los derechos audiovisuales. El club blanco ha impugnado acuerdos estratégicos como el pacto con fondos de inversión y ha llevado a los tribunales determinadas decisiones de la Liga, mientras que Tebas ha mantenido una línea de confrontación directa contra el Real Madrid y su presidente.
el Bernabéu es hoy un estadio-monumento, un icono arquitectónico en el centro de Madrid que, durante el partido de la NFL, proyectó una imagen global que sorprendió incluso al público estadounidense. Lo más difícil ya está hecho
En este contexto, cualquier posible inhabilitación de Tebas, procedimiento disciplinario o revisión judicial que afecte a la presidencia de la Liga alteraría de forma significativa el equilibrio interno de poder. No se trata solo de un enfrentamiento personal, sino de dos modelos de gobernanza distintos: uno orientado a maximizar el control centralizado y otro que reclama mayor autonomía para los grandes clubes. La resolución de ese pulso marcará el futuro inmediato del fútbol español tanto como el propio caso Negreira.

Superado el primer frente europeo, el conflicto con la UEFA, este segundo escenario podría abordarse con mayor margen estratégico. Y aquí aparece un elemento complejo: la relación ambivalente entre Florentino Pérez y el Barcelona. Ha habido momentos de alianza táctica —especialmente en el impulso de la Superliga— y momentos de confrontación abierta. Si uno intenta analizarlo con frialdad, la prioridad estratégica en aquel momento era construir un bloque fuerte frente a la UEFA; sin el Barcelona, esa presión habría sido mucho menor. Ahora, el Real Madrid no tiene la presión exterior ni la carga que suponía su relación con el Barcelona, y puede centrarse plenamente en el ámbito doméstico.
Y llegamos al punto más delicado y, probablemente, más trascendental: el que afecta al propio Real Madrid, a su gobernanza, a su estructura económica y al estadio como eje del nuevo modelo financiero.
El estadio parece seguir ya su propio curso. El proyecto, presentado hace más de una década, ha atravesado fases técnicas, financieras y urbanísticas complejas. El resultado final aún no está plenamente desplegado: los conciertos no han alcanzado la regularidad esperada —aunque nunca fueron el fin último, sino una parte del modelo de explotación—, quedan ajustes pendientes en zonas como el sky bar, la pasarela 360 o la iluminación exterior definitiva. Sin embargo, frente a esos flecos, la realidad es incontestable: el Bernabéu es hoy un estadio-monumento, un icono arquitectónico en el centro de Madrid que, durante el partido de la NFL, proyectó una imagen global que sorprendió incluso al público estadounidense. Lo más difícil ya está hecho.
La reforma del estadio es principalmente fruto de una visión económica. Un recinto de estas características permite prácticamente duplicar ingresos por hospitality, eventos corporativos, restauración, naming rights y experiencias premium. El rendimiento deportivo está indisolublemente unido al músculo financiero. Sin este es imposible fichar a los mejores jugadores. Y también sin un fair play financiero que haga que todos los clubes compitan en igualdad de condiciones financieras, sin un estado detrás que pague jugadores con petróleo. Y esto posiblemente también haya sido moneda de cambio en el acuerdo con la UEFA.
Más allá del estadio, quedaría la última pieza del puzzle para que Florentino se pueda bien marchar a Santa Pola a descansar, como su admirado Santiago Bernabeu, o a su chalet de Madrid con sus hijos y nietos, para contarles cómo una vez lideró a un Madrid completamente arruinado y lo convirtió en un ejemplo de gestión mundial, y en el club deportivo número uno del mundo.
Pero para ello, hay que abordar la cuestión quizá más espinosa, tanto por lo que implica como por la complejidad técnica que encierra. Y aquí debo reconocer que, pese a mi formación jurídica, necesito apoyarme en la opinión de expertos para comprender en profundidad la reforma propuesta, sus ventajas y sus posibles inconvenientes. Ese es, precisamente, uno de los desafíos: que los socios podamos entender con claridad las implicaciones reales del cambio planteado. Y en ese punto el departamento de comunicación del Real Madrid, tradicionalmente prudente, tiene un amplio margen de mejora.

Antes de intentar explicar —o al menos resumir— una materia tan compleja, que quizá incluso excede mi ámbito, conviene fijar una premisa que no es menor: si Florentino Pérez considera necesario un cambio de esta magnitud, el socio debería, al menos, reconocer la buena fe de la iniciativa. Alguien que hace 25 años pudo consolidar su posición personal dentro del club, que habría podido utilizarlo como escaparate de sus intereses empresariales y no lo hizo, difícilmente tiene ahora, con 78 años y una enorme fortuna —suficiente para varias generaciones—, una motivación distinta al fortalecimiento institucional del Real Madrid.
El modelo de club en el que unos pocos miles de socios elegían a un representante para gestionar una entidad de dimensión esencialmente local, poco tiene que ver con la realidad actual. Si ese marco tenía sentido cuando se fundó el club, en 1902 y durante varias décadas, en la actualidad, el Real Madrid es un club con más de 100.000 socios, cientos de millones de seguidores en todo el mundo, ingresos superiores a los mil millones de euros y compromisos financieros, contractuales y regulatorios de enorme complejidad.
Elegir presidente ya no es designar a un aficionado comprometido, dispuesto a dedicar tiempo y prestigio personal. Supone seleccionar a alguien con capacidad financiera para avalar cantidades millonarias, con solvencia jurídica para entender marcos regulatorios internacionales, con visión empresarial para competir frente a fondos soberanos y estados, y con liderazgo suficiente para dirigir una estructura corporativa equiparable a la de una gran multinacional. El sistema de avales económicos, pensado para garantizar responsabilidad patrimonial, limita de facto el número de candidatos posibles. La dimensión económica del club reduce drásticamente el universo de personas capacitadas para asumir esa responsabilidad.
Alguien que hace 25 años pudo consolidar su posición personal dentro del club, que habría podido utilizarlo como escaparate de sus intereses empresariales y no lo hizo, difícilmente tiene ahora, con 78 años y una enorme fortuna —suficiente para varias generaciones—, una motivación distinta al fortalecimiento institucional del Real Madrid
Además, el entorno competitivo ha cambiado radicalmente. El Real Madrid no compite solo contra clubes históricos, sino contra entidades respaldadas por capital estatal, petróleo, fondos de inversión o conglomerados financieros. En ese contexto, un modelo asambleario clásico encuentra tensiones evidentes: la velocidad de decisión que exige el mercado global no siempre encaja con estructuras pensadas para otra época.
La cuestión no es desnaturalizar el modelo de socios, sino preguntarse si el diseño institucional actual es el más adecuado para proteger precisamente aquello que se quiere preservar: la independencia, la competitividad y el patrimonio colectivo del club.
Y aquí es donde entra la propuesta de cambiar el modelo de club. Y aquí reitero una premisa anterior: Florentino Pérez no necesita este movimiento para su beneficio personal. No parece plausible que busque otra cosa que dejar al club estructuralmente protegido. Y, por tanto, todo lo que no sea considerar que esto lo hace Florentino Pérez por el bien del Real Madrid proviene de un interés malintencionado.

El objetivo no es otro que encontrar una fórmula que se adapte a la dimensión actual del club y a los retos del nuevo entorno competitivo: una estructura que combine control mayoritario de los socios, profesionalización ejecutiva y blindaje efectivo frente a diluciones o intentos de control hostil.
La posible evolución hacia un modelo de Sociedad Anónima —con fórmulas híbridas que preserven la mayoría social— puede ofrecer ventajas claras, pero también implica riesgos que deben abordarse con transparencia.
en cuanto a la propiedad del club, el modelo actual muestra signos evidentes de agotamiento. el entorno competitivo ha cambiado radicalmente. El fútbol de 2026 no se gobierna con herramientas jurídicas concebidas hace un siglo
La evolución hacia una estructura societaria implica tres riesgos que deben contemplarse con realismo: en primer lugar, una venta inicial minoritaria —del 5% o 10%— podría desembocar en futuras ampliaciones de capital que diluyan progresivamente el control de los socios si no se establecen blindajes estatutarios sólidos; en segundo lugar, la entrada de capital externo puede generar presiones cortoplacistas orientadas a la rentabilidad inmediata, condicionando decisiones deportivas que requieren visión estratégica; y, por último, desde el punto de vista reputacional y de gobernanza, una estructura accionarial mal diseñada podría favorecer tensiones internas o intentos de influencia indebida en ausencia de un liderazgo fuerte y cohesionado.
Ignorar estos riesgos sería ingenuo; pero lo sería aún más no reconocer que el modelo actual muestra signos evidentes de agotamiento y que el entorno competitivo ha cambiado radicalmente. El fútbol de 2026 no se gobierna con herramientas jurídicas concebidas hace un siglo.
Estos son los tres grandes retos que debe afrontar Florentino Pérez (uno ya encarrilado) hasta el final de su mandato. Por el camino, deportivamente llegarán títulos o decepciones. Tal vez otra Champions en primavera, como tantas veces cuando menos se espera. Las Champions, las ligas y el resto van y vienen, sobre todo en el Real Madrid, pero las personas visionarias capaces de cambiar completamente la fisionomía de un club y de un deporte como el fútbol aparecen cada 50 años.

En los últimos 83 años, el club ha tenido dos presidentes verdaderamente transformadores: uno durante 35 años y otro durante más de 25. Dos figuras extraordinarias que han redefinido la dimensión del Real Madrid en su tiempo. Hemos tenido la gigantesca suerte de haber disfrutado de ambos como presidentes de nuestro club. Dos personas que han cambiado para siempre la historia del fútbol y que difícilmente tendrán un relevo en un tercer visionario. Pero, si algún club es capaz de volver a hacerlo, es el Real Madrid.
Mientras tanto, disfrutemos del privilegio de estar dirigidos por quien, para muchos, no es solo el mejor presidente de la historia del fútbol, sino uno de los grandes dirigentes de la historia del deporte. Porque aunque le queden meses —ojalá años— al frente del club, hay una batalla que ni siquiera los visionarios pueden ganar: la del tiempo.
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