La Galerna
·4 de febrero de 2026
Fútbol, Elvis y pasión

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·4 de febrero de 2026

El Real Madrid atraviesa uno de esos limbos futbolísticos que rara vez un club de su identidad puede vivir. Y no me refiero al juego del equipo o a la racha de resultados, me centro en el calendario. Por diferentes razones, este mes tenemos huecos suficientes para centrarnos en lo importante: entrenar, recuperar a jugadores y organizarnos. Siendo sinceros, salvo excepciones, a nadie le interesa la Copa del Rey. Por el contrario, todos tenemos marcado en rojo el próximo partido de la Champions.
En esta vida, cuando la energía no sobra, es de vital importancia dosificar esfuerzos. Es de primero de columpios conocer las habilidades que se poseen y también las debilidades. La realidad es que el equipo tiene suficiente material humano para ganar La Liga. Sé que tenemos la defensa en cuadro y que no vamos sobrados en el centro del campo, pero también soy consciente del nivel del resto de equipos que conforman el campeonato liguero. En cambio, en Europa tendremos que sudar la camiseta para conseguir algo. El último partido en Lisboa frente al Benfica de José Mourinho nos volvió a resituar.

El próximo domingo 8 tenemos un partido dificilísimo frente al Valencia. Jugar en Mestalla siempre es como ir a la consulta del dentista y, en nuestra situación actual, tortura china total. Tendremos bajas sensibles, como Vinícius Júnior que se cae de la convocatoria por acumulación de amarillas, o Jude Bellingham por lesión.
¿Y qué me mantiene enganchado al Real Madrid? Pues el mismo Madrid. Me da igual todo lo demás, disfruto con el simple hecho de su existencia
Arbeloa tiene la responsabilidad de configurar el once con la entrada de un Brahim que viene de hacer un papel excelente con Marruecos. Imagino que Carreras partirá de nuevo en el lateral izquierdo y Eduardo Camavinga volverá a sumarse como interior. Otra posibilidad sería dar minutos a Dani Ceballos, pues es importante que jugadores de refresco asuman un papel protagónico en encuentros como el de Mestalla. Resumiendo, será apasionante ver cómo el míster prepara un partido de esta dificultad con algunas bajas tan sensibles como las mencionadas.
Y hablar de pasión en semanas tan grises como estas últimas que atravesamos resulta hasta terapéutico. El fútbol tiene bastante de pasión. Para vivir la experiencia completa, debes estar un poco loco de amor por este juego. Y, qué duda cabe, si eres sincero, únicamente sigues este deporte si te mueve algo más que el simple disfrute de ver a unos señores detrás de una pelota. Eres de un equipo y te identificas con él. Y ese fenómeno de identificación, ese mimetismo con unos colores, acaban por convencerte de que perteneces a un colectivo y, como dirían en Argentina, le haces el aguante siempre.

Y esa parte irracional del aficionado muchas veces duele y no la entendemos en frío. ¿Por qué sufrir viendo a tu equipo atravesar una mala racha? ¿Por qué participar directa o indirectamente de un negocio del entretenimiento que tiene más de carnaza a la masa que de limpieza deportiva? Pues porque somos personas y las personas sienten y padecen por motivos a veces que nos exceden. Ya le dijo alguna vez Bob Dylan a Joan Baez que las cosas que merecen la pena son las que percibimos con el corazón. Esta perogrullada esconde una enseñanza que muchas veces aparcamos en pos de grandes palabras, o mostrándonos intransigentes con grandes causas que en último término no son más que humo sobre el agua.

Aprendimos por Elvis que solo los tontos acaban enamorándose enloquecidamente. En cambio, los hombres sabios nos advierten que no es un buen negocio. Sin lugar a dudas, el amor o la pasión tiene reglas imposibles de ser sorteadas. Quien más quien menos ha experimentado en primera persona las mieles del éxito. Quien más quien menos ha padecido un fracaso. Por ello, el amor no deja de ser una experiencia humana que nos alcanza a todos para bien, para mal o para normal.
Yo estoy bastante asqueado del fútbol e imagino que no soy el único. Sin ir más lejos, tenemos el triste espectáculo de Joan Laporta sacando pecho por el Caso Negreira. Los que tenemos cuenta en Twitter tenemos que leer todos los días a hinchas del Barça que se ríen del tema y celebran con orgullo la coima y la picaresca. Hasta alguien tan aparentemente racional como Josep María Minguella se descuelga pidiendo al respetable que se olvide del tema y que sería sanísimo que “en el ámbito futbolístico español se hablase más de tácticas, técnicas y fichajes que no de pseudo arreglos arbitrales”.
En este panorama repugnante en lo tocante al contexto y deprimente en lo relativo al equipo, ¿qué me mantiene enganchado al Real Madrid? Pues el mismo Madrid. Me da igual todo lo demás, disfruto con el simple hecho de su existencia. El Madrid es uno de esos refugios contra la tormenta que la vida me dio. Su camiseta blanca, su escudo redondito y su historia me alimentan más que cualquier otra cosa que el fútbol me pueda querer meter por el hocico. Encuentro suficientes razones en la actualidad para ilusionarme con el futuro inmediato como para entregarme en armas. Porque, de lo contrario, apaga y vámonos.
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