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·20 de enero de 2026

Galácticos 2.0: Cuando el éxito también corrompe

Imagen del artículo:Galácticos 2.0: Cuando el éxito también corrompe

El Real Madrid no suele morir de hambre, muere de éxito. Es una peculiaridad histórica que nos ha acompañado desde siempre: cuando el club gana demasiado, deja de escuchar al fútbol y empieza a escucharse a sí mismo. Le pasó tras la Séptima, le pasó tras la Novena, y le ha vueltoa pasar —con una precisión casi académica— después de la 15ª Copa de Europa.

La caída no ha sido inmediata, nunca lo es. El Real Madrid no se despeña: se desliza, convencido de que la pendiente no existe porque el escudo siempre frena. Hasta que no frena.


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Y entonces aparece Albacete.

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Conviene recordar —porque la memoria es selectiva y el madridismo tiende a romantizar sus propias tragedias— que algo muy parecido ocurrió hace veinte años. No con el Albacete, sino con el Mónaco, con el Zaragoza, con la Juventus, con el Arsenal. Cambian los nombres, no el patrón. Entre 2003 y 2006 el Real Madrid pasó de ser campeón de Europa a un club sin pulso competitivo, atrapado en una rueda de entrenadores y con un vestuario que se gobernaba solo. Aquello acabó con la dimisión de Florentino Pérez. Esto, de momento, acaba con una eliminación copera sonrojante. El proceso, sin embargo, es inquietantemente familiar.

La 15ª Copa de Europa fue una obra maestra de gestión, oficio y competitividad. Aquel Real Madrid no brillaba siempre, pero sabía exactamente cuándo y cómo competir. Era un equipo incómodo, resiliente, con hambre intermitente pero letal. Carlo Ancelotti había conseguido lo más difícil: que el vestuario aceptara el esfuerzo como parte del contrato emocional con el escudo.

Y ahí empezó el problema.

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Porque el éxito no solo valida lo bueno; blanquea lo malo. La Champions legitima decisiones que quizá solo funcionaron porque el contexto fue excepcional. Se confundió madurez con inmunidad, experiencia con compromiso eterno, jerarquía con derecho adquirido. El discurso se deslizó, casi sin darnos cuenta, hacia esa peligrosa zona en la que el Real Madrid cree que competir es algo que se activa por decreto histórico.

El verano posterior a la 15ª fue tranquilo, casi demasiado. No hubo revoluciones porque “no hacían falta”. No hubo tensión porque “ya se sabía ganar”. Y el vestuario —ese organismo vivo que detecta antes que nadie cuándo puede aflojar— tomó nota.

La temporada siguiente arrancó con resultados aceptables y sensaciones mediocres. El equipo ganaba, pero ya no mordía. Controlaba partidos, pero no los dominaba. Aparecieron las desconexiones, los minutos de siesta, las fases largas de fútbol plano. Y lo más grave: todo se normalizó.

Los Galácticos 2.0 son igual de peligrosos. No son mediáticos, no viven de portadas, no posan para perfumes. Son jugadores excelentes, campeones de Europa por duplicado, con prestigio ganado y una sensación interna de propiedad sobre el vestuario. les basta con acomodarse

Es el síntoma inequívoco de la decadencia blanca. El día que el Real Madrid empieza a decirse a sí mismo “ya reaccionaremos”, ha dejado de ser el Real Madrid competitivo para convertirse en una caricatura confiada de su pasado. Eso mismo ocurrió en 2003/04, cuando el equipo de los Galácticos se permitió llegar a marzo sin piernas ni recambios porque “con este talento basta”. No bastó.

Entonces se había vendido a Makelele, el único que sostenía el edificio, porque no era glamur. Hoy no hay ventas traumáticas, salvo la marcha de Modric y la retirada de Kroos  sin repuesto firme en el centro del campo, pero sí abandonos silenciosos: del rigor diario, del cuidado personal, de la tensión profesional. No se deja de entrenar; se entrena peor. No se deja de competir; se compite menos. El deterioro no sale en las fotos.

En los Galácticos 1.0, el problema fue evidente: un vestuario con demasiadas estrellas y muy poca jerarquía deportiva real. El entrenador era decorativo, la plantilla se gobernaba sola y el club miraba para otro lado porque el negocio funcionaba.

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Los Galácticos 2.0 son distintos, pero igual de peligrosos. No son mediáticos, no viven de portadas, no posan para perfumes. Son jugadores excelentes, campeones de Europa por duplicado, con prestigio ganado y una sensación interna de propiedad sobre el vestuario. No necesitan rebelarse: les basta con acomodarse.

Cuando un grupo así se relaja, el entrenador deja de mandar sin que nadie se lo discuta abiertamente. Ancelotti —magnífico gestor de egos, probablemente el mejor— funciona mientras el vestuario quiere ser gestionado. Cuando el grupo decide que ya sabe lo que tiene que hacer, el técnico pasa a ser un notario del proceso.

Esto no es una acusación personal. Es una constatación histórica. Le pasó a Del Bosque, le pasó a Queiroz, le pasó a Luxemburgo, a García Remón, a López Caro. Le pasó a Ancelotti y ha acabado con Xabi Alonso en la calle. El problema no es el entrenador: es el ciclo.

Y entonces llega la Copa. Ese torneo al que el Real Madrid suele despreciar hasta que le humilla. La eliminación ante el Albacete no es grave por el resultado; es grave por el lenguaje corporal. Ritmo bajo, cero urgencia, ninguna sensación de “esto no puede pasar”. El Madrid cayó como quien pierde un amistoso inoportuno. Sin rabia. Sin vergüenza deportiva. Sin alma.

Eso es exactamente lo que ocurrió en la primavera de 2004, cuando el equipo fue eliminado por el Mónaco tras ganar 4-2 en la ida y perder la vuelta como si la eliminatoria no existiera. El denominador común no es el rival: es la desactivación competitiva.

Albacete no es una mancha aislada. Es el espejo. Como lo fue Zaragoza en Copa, como lo fue el Arsenal sin marcar un gol, como lo fue aquella Juventus que parecía invencible porque el Madrid ya no creía del todo en sí mismo.

Aquí está la trampa conceptual: pensar que los Galácticos fueron solo marketing. No. Fueron, sobre todo, jugadores que ganaron demasiado pronto y dejaron de sufrir lo necesario. Hoy no hay Beckham ni portadas, pero hay algo igual de letal: campeones consolidados que creen que el cuerpo aguanta solo, que el fútbol perdona, que el escudo compensa.

No lo hace. Nunca lo ha hecho.

El Real Madrid siempre ha sido un club que necesita tensión interna para sobrevivir. Cuando esa tensión desaparece, se convierte en un equipo vulnerable, incluso ridículo. Da igual que tenga menos ego o más disciplina aparente. Sin hambre, el Madrid es un gigante con sueño.

Entre 2003 y 2006 el club tardó tres años en aceptar que el modelo había muerto. Hoy aún estamos a tiempo. Pero el paralelismo es demasiado claro como para ignorarlo. La historia no se repite, pero rima con mala leche.

Estamos en una era de Galácticos 2.0: no mediáticos, no glamourizados, pero igual de peligrosos. Grandes jugadores, campeones, acomodados, dueños del vestuario y convencidos de que el pasado compite por ellos.

No compite.

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Y si el Real Madrid no lo entiende pronto, Albacete no será el final del relato. Será solo la primera nota a pie de página de otra decadencia anunciada.

El sábado se jugó en el Bernabéu, el día del cumpleaños de Arbeloa, contra el Levante, el penúltimo de la liga, un partido que, a priori, debía ser plácido, tranquilo, de goleada. Pues no, el Real Madrid ha sufrido la bronca monumental del estadio, que es el más sabio del planeta, ha hecho un primer tiempo deplorable y, afortunadamente, lo ha arreglado de una forma digna en la segunda mitad con dos goles, obra de Mbappé, que llega a los 30 esta temporada, y de Raúl Asencio, que tendrá sus carencias, pero que siente el escudo y se mata por él todos los partidos como el que más. Al final, los pitos se han tornado en aplausos y el público se ha ido con la sensación de que estos jugadores, si quieren, pueden. Y por eso pitan, porque saben que depende de ellos, de su actitud en cada partido, de su trabajo y de su esfuerzo, porque calidad, calidad, les sobra a borbotones.

Me despido, no obstante y ahora más que nunca, como siempre: Ser del Real Madrid es lo mejor que una persona puede ser en esta vida… ¡Hala Madrid!

Nota: Jacinto sigue vivo. A veces escribe de fútbol, a veces de uno mismo. A veces de ambas cosas a la vez. Por si alguien quiere asomarse a ese otro desastre organizado, aquí sigue el proyecto… https://vkm.is/jacintoelgilipollas

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