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La Galerna

·14 de enero de 2026

Jacinto o el empeño en disputar amores perdidos

Imagen del artículo:Jacinto o el empeño en disputar amores perdidos

Perder una final contra ese equipo del que usted me habla no es agradable, pero tampoco es traumático. El madridista adulto lo sabe. Se cabrea lo justo, masculla dos o tres improperios de confianza, detecta dónde estuvo el fallo —que casi nunca coincide con el relato oficial del día siguiente— y sigue con su vida. No porque le dé igual perder, sino porque sabe algo esencial: las derrotas existen y fingir que no existen suele empeorarlo todo.

El domingo, en la final de la Supercopa, el Real Madrid perdió 2-3 contra el club cliente de Negreira. Punto. No pasó nada extraordinario. No hubo apocalipsis, ni revelaciones místicas, ni necesidad de inventar un universo alternativo donde “en realidad” ganamos. El marcador fue el que fue. Y esa aceptación, tan sencilla en el fútbol, es curiosamente una habilidad rarísima en casi todo lo demás.


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Porque el madridismo —cuando no se confunde con la autoayuda de grada— es una escuela muy seria de desengaño. Te enseña que creer no basta, que insistir no garantiza nada y que hay noches en las que, por mucho que hagas las cosas medianamente bien, pierdes. Y no pasa nada. Se asume, se analiza, se continúa.

Lo interesante es que esa lucidez quirúrgica que el madridista aplica al fútbol suele evaporarse en cuanto entra en el terreno sentimental. Ahí, donde no hay árbitro ni VAR que sirva de coartada, nos volvemos peligrosamente creativos. Justificamos lo injustificable, confundimos aguantar con ser leales y llamamos “lucha” a lo que es, en realidad, incapacidad para aceptar el resultado.

El madridista sabe perfectamente cuándo un partido está torcido. Sabe identificar el minuto exacto en el que la cosa empezó a oler mal. Sabe distinguir entre una remontada posible y una fe suicida. Pero luego llega a casa, se enamora, y pierde todas esas competencias cognitivas adquiridas durante décadas de sufrimiento bien administrado.

El Madridista sabe distinguir entre una remontada posible y una fe suicida. Pero luego llega a casa, se enamora, y pierde todas esas competencias cognitivas adquiridas durante décadas de sufrimiento bien administrado

Ahí aparece Jacinto.

Jacinto, el que bien conocen ustedes porque me suplió una temporada aquí, es ese tipo que jamás justificaría una mala alineación… pero justificaría durante años una mala relación. El que no toleraría que un entrenador insistiera una y otra vez en un sistema fallido, pero aceptaría encantado vivir en un bucle sentimental donde siempre hay una explicación nueva para el mismo desastre antiguo. Jacinto no es ingenuo: es optimista mal educado.

El madridismo, bien entendido, no es épica: es disciplina emocional. Te enseña que no todo depende de ti, que el mundo no te debe finales felices y que seguir insistiendo cuando ya no hay partido no es valentía, sino ceguera. Por eso el madridista pierde mejor que casi nadie. Porque no necesita mentirse para seguir adelante.

En cambio, en el amor nos han vendido justo lo contrario: que rendirse es de cobardes, que insistir siempre tiene premio y que aceptar la derrota equivale a fracasar como persona. Resultado: generaciones enteras jugando prórrogas sentimentales absurdas en campos donde ya no queda ni el utillero.

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La derrota del domingo no enseñó nada nuevo en lo futbolístico. Pero volvió a recordarnos algo útil: perder también forma parte del camino, y aprender a hacerlo a tiempo ahorra mucho sufrimiento innecesario. El madridismo lo sabe. Jacinto no. Todavía.

Y por eso alguien tuvo que escribir su historia por él.

Me despido como siempre: Ser del Real Madrid es lo mejor que una persona puede ser en esta vida… ¡Hala Madrid!

Nota: Esta columna dialoga sobre una novela de ficción titulada Jacinto el gilipollas, donde, narrando la vida y milagros de mi amigo, llevo estas ideas al terreno sentimental con menos piedad y más ironía.

El libro está actualmente en campaña de crowdfunding aquí:  https://vkm.is/jacintoelgilipollas

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Imágenes: Getty y Gemini

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