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·9 de agosto de 2026
Jorge Messi, la historia del hombre que hizo posible que su hijo llegara a ser el mejor jugador del mundo

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La noticia del fallecimiento de Jorge Messi ha sacudido al mundo del deporte, pero más allá del dolor que embarga al astro argentino, su padre deja un legado que trasciende el rol familiar: fue el arquitecto silencioso de una de las carreras más brillantes y sostenibles de la historia del fútbol. No se trata solo de un progenitor que acompañó a su hijo desde las canchas de tierra de Rosario hasta los estadios más emblemáticos del planeta, sino de un estratega intuitivo que supo transformar el talento en un proyecto de vida, y el amor paternal en una maquinaria empresarial de alcance global.
El origen de esta epopeya se remonta a los potreros de Grandoli, donde Jorge, aún sin saberlo, ejercía su primer rol de mentor. Más tarde, en las inferiores de Newell’s Old Boys, cultivó una cualidad que definiría su estilo: la presencia discreta, casi fantasmal, que le permitía estar sin interferir, observar sin ser visto. Pero fue en el momento crítico, cuando Barcelona llamó a las puertas de un Leo de 13 años, cuando Jorge abandonó esa sombra protectora para convertirse en negociador audaz. Aquel obrero metalúrgico de Acindar, que construyó con sus propias manos la modesta vivienda familiar en el pasaje Lavalleja, se reinventó como agente, y más tarde como CEO de una estructura que blindó a su hijo del vértigo de la fama mientras este se consagraba como el mejor futbolista del mundo.
Para comprender la estética de Jorge Messi, es imprescindible subrayar su capacidad de pasar inadvertido en un ecosistema donde el ruido mediático es moneda corriente. Supo esquivar los reflectores, no dejarse tentar por los elogios ni deslumbrarse por los flashes que estallaron a su alrededor durante casi tres décadas. Aquel operario que trabajaba jornadas interminables para sostener a su familia desarrolló una sapiencia administrativa que muchos ejecutantes con títulos universitarios envidiarían. Voló bajo, como un avión furtivo que elude los radares, hasta el punto de volverse ilocalizable incluso para sus colaboradores más cercanos. Pero su paradoja era evidente: cuanto más se ocultaba, más decisiva era su influencia.
Jorge fue padre, representante y CEO, en ese orden. Padre porque, desde que Leo era apenas «Piqui» y corría tras una pelota, él intuyó —con una fe inquebrantable— que aquel niño sería una estrella, aun cuando el horizonte pareciera brumoso y las tormentas del deporte acecharan constantemente. Esas tormentas las conoció en carne propia: desde la lesión que truncó el sueño de su hijo mayor, Rodrigo, hasta las advertencias médicas sobre el frágil cuerpo de Leo incluso después de su llegada a Cataluña. Lo protegió, lo mimó, lo corrigió y lo apuntaló, pero sobre todo, lo impulsó con una convicción que solo el amor paterno puede engendrar. Esa fe no era ciega: Jorge tuvo las evidencias sobre la mesa años después, cuando Leo demostró que efectivamente era el mejor en lo suyo.
Nunca se lo veía, pero siempre estuvo. En Newell’s, en la prueba fallida con River Plate, en el Barcelona, en el PSG, en el Inter Miami y, por supuesto, en la selección argentina. Él no era la pieza central, lo sabía, pero sí el ecualizador que evitaba que el motor del proyecto se fundiera. «Messi es una PyME familiar muy bien gestionada. Jorge no es empresario, pero ha hecho todo intuitivamente y lo ha hecho muy bien», señaló a Infobae alguien cercano a los ritmos de la hermética familia. Otro interlocutor, sin embargo, elevó la apuesta: «¿Una PyME? No, es una multinacional». La discrepancia en la definición residía en el enfoque: unos miraban el entorno íntimo que resguarda a Leo —los hermanos, Pepe Costa—, mientras otros se fijaban en la colosal estructura de contactos comerciales que Jorge montó cuando el «efecto Messi» se transformó en marca planetaria. Contrató a los mejores en cada rubro para filtrar las incontables ofertas que llegaban diariamente, y forjó alianzas fructíferas con Adidas, el Ministerio de Turismo de Arabia Saudita, Hard Rock, Cirque du Soleil, Budweiser, Pepsi… Un ecosistema que no solo administraba dinero, sino también tiempo, imagen y tranquilidad.
Nadie discute que el mérito deportivo es enteramente de Lionel; su genio en el campo es insuperable. Pero el entorno, con Jorge y Celia al frente del escudo protector, fue el marco teórico que permitió que ese éxito no solo ocurriera, sino que se prolongara durante dos décadas. El padre ordenó al grupo que colaboró para que Messi mantuviera su mente enfocada en el fútbol y en su vida personal, minimizando las esquirlas de la fama. Desde la épica pelea con los dirigentes de Newell’s por el tratamiento hormonal hasta la negociación del contrato que lo llevó a Miami hace tres años, Jorge fue la voz cantante de un equipo que supo arropar a su hijo en cada encrucijada.
El operario de Acindar, que desde las gradas de Malvinas emitía un silbido característico para comunicarse con Leo, entendió rápidamente que la gema requería un pulido cuidadoso. Su máxima era clara: Leo debía jugar al fútbol y disfrutar de su talento sin que su carácter reservado se convirtiera en un obstáculo. En el turbulento mundo del deporte, la línea entre el éxito y el fracaso es a menudo imperceptible, y Jorge supo navegar esas aguas revueltas con una destreza que no se enseña en las escuelas de negocios. Cuando Leo, con 13 años, decidió quedarse en Barcelona mientras su madre regresaba a Rosario con sus hermanos, ambos hicieron de la necesidad virtud: «Mi viejo estuvo siempre conmigo. Vivimos muchas cosas feas. Por ahí yo me encerraba a llorar solo en la pieza. O él sin que lo vea, o que sin que piense que lo vea. Hacíamos que estábamos bien los dos, pero estábamos mal. Mi viejo me preguntó: ¿qué querés hacer? ¿Querés seguir o nos volvemos? Yo quise seguir y él se quedó conmigo», relató el propio Messi en 2007, con la voz entrecortada, en una entrevista con el Pelado Ramírez en Rosario.
La biografía de Jorge, reconstruida por Guillem Balagué, revela a un hombre forjado en la necesidad: hijo de Eusebio, quien le enseñó el oficio de albañil y con quien construyó la casa de Lavalleja, y luego panadero. Fue un correcto mediocampista en las inferiores de Newell’s, pero el servicio militar truncó su carrera. Tras casarse con Celia, su novia de toda la vida, trabajó como cobrador, hizo tornillos en un taller metalúrgico, y finalmente se formó como técnico químico, llegando a ser gerente en Acindar en los años 80. Ese trasfondo obrero y autodidacta fue la base de su estilo de gestión: intuitivo, práctico, sin aspavientos.
El primer Jorge en su faceta de agente rudimentario era el que, en las calles de Barcelona, cargaba una humilde carpeta azul con recortes periodísticos para explicar el potencial de su hijo a algún cronista, mientras tomaban una gaseosa en la Gran Via de Carles III. Esa precuela del poderoso manager que vendría después tuvo un momento fundacional cuando, más como cabeza de familia que como representante, llevó a Leo a River para presionar a Newell’s y, ante la imposibilidad de costear el tratamiento hormonal en Argentina, diseñó un acuerdo inusual para la época: un club europeo fichando a un extranjero de 13 años, con salario, vivienda, trabajo para la familia y derechos de imagen. La apuesta era vanguardista, audaz. Y Jorge, con su estilo democrático, sentó a todos —Rodrigo, Matías, Leo y la pequeña María Sol— para preguntarles si aceptaban la aventura. El resto es historia.
Si bien el espíritu de representante se consolidó con el tiempo, hubo un punto de inflexión formal: pocos meses después de llegar a Barcelona, al renegociar el contrato infantil, Jorge halló descontentos con los intermediarios y decidió tomar las riendas de manera definitiva, según Balagué. Eran tiempos de adaptación, de llantos a escondidas de Leo, y Jorge se convirtió en «sustituto temporal de amigos, apoyo moral, columna vertebral», resumió el periodista español. Su método ya había dado muestras en la prueba de River: «Fijate si te ponen, que se va a terminar la prueba», le ordenó desde detrás del tejido. Y en la prueba del Barcelona, mientras los entrenadores de La Masía exigían juego de toque, Jorge le susurró: «Hacé lo que sabés. Agarrás la pelota y directo al arco». Esas son las escasas intervenciones tácticas registradas; su perfil se volvió cada vez más bajo conforme el estrellato de Leo crecía. Apenas dio unas pocas entrevistas —a El Gráfico, Kicker, Informe Robinson, y el discurso emocionado en Rosario en 2007—, siempre midiendo cada palabra. «No es enigmático, es reservado. Él ya no es él. Jorge es Messi, entonces se cuida», lo definió un periodista con amplia trayectoria.
En los últimos años, sus apariciones públicas se redujeron a declaraciones escuetas a cronistas callejeros o esporádicos posts en Instagram para desmentir rumores. Su última publicación fue en julio de 2024, celebrando la Copa América de Leo con una caricatura. Pero que no diera entrevistas no significaba inacción: Jorge hablaba fuera de micrófono para purificar datos, especialmente en las turbulentas temporadas de cambios de club. Montó una estructura empresarial con áreas de comunicación, negocios y asesoría legal, y fue el primer cortafuego para gestionar el sistema solar que gira en torno a su hijo. Sin embargo, cuando el contexto lo exigía, él tomaba la delantera: negoció con Joan Laporta antes y después del PSG, y entró con sigilo por la puerta del Inter Miami para cerrar el arribo en 2023.
No figurar no era sinónimo de no interceder. Jorge lo hizo cuando Newell’s se negó al tratamiento hormonal, o cuando el Barcelona incumplió el acuerdo inicial y él envió una carta a Joan Gaspart en 2001 —difundida por El Gráfico— en la que advertía: «Mi situación y la de mi familia es gravísima». Y a medida que la imagen de Leo se potenciaba, Jorge entendió que sus intervenciones debían ser justas, moderadas y precisas. Aquellos que conocen la AFA aseguran que respetaba la mirada de Julio Grondona; incluso Humbertito Grondona recordó que su padre ayudó a Messi en sus inicios económicos y logró el primer gran contrato con Adidas. Los mismos pasillos albicelestes coinciden en que Jorge apenas se dejaba ver por Ezeiza, pero mantuvo un trato cordial y respetuoso en cada comunicación, incluso cuando llamó preocupado por un error organizativo que puso en riesgo a su hijo en plena era de la Comisión Normalizadora. También fue a quien Leo recurrió para girar sueldos adeudados a empleados del predio, o para coordinar acciones solidarias de la Fundación Messi.
«En un mundo donde el dinero transforma a las personas y las convierte en buscadores de oro, a mí Jorge Messi me parece de las personas más honestas que he conocido en el ambiente del fútbol. Eso no es habitual», definió Balagué, quien tuvo acceso a la intimidad del clan durante su biografía. El producto, dirán muchos, se vendía solo; no hacía falta un genio para que Messi atrajera ofertas millonarias. Pero hasta el proyecto más excelsos puede naufragar sin el entorno adecuado. Leo ha estado en la cima deportiva dos décadas, y también en la económica: tercer deportista con mayores ingresos en la década pasada (750 millones de dólares, según Forbes), tercero en el listado de 2024 y segundo futbolista multimillonario. Eso no es casualidad.
Seguramente hubo desencuentros, posturas distintas, como en toda relación padre-hijo y manager-jugador, pero primó la articulación para resolver los conflictos a puerta cerrada. Un currículum público impecable para un jugador permanentemente expuesto. ¿No resulta llamativo que, al fin y al cabo, se sepa tan poco del tipo más famoso del planeta en veinte años? Esa es otra gestión de pura cepa de Jorge: perfil bajo. Incluso en el episodio más incómodo —el problema con el Fisco español en 2016—, Jorge dejó claro ante el juzgado que los temas tributarios los derivaba a especialistas y asumió su error. La premisa del equipo pareció ser: todo funciona para Leo, y es él quien decide cuándo alzar la voz. El entorno no está para hacer ruido; no es la estrella sobre la que orbita el sistema. Casi no hay archivos de declaraciones de sus hermanos o padres, y Antonela Roccuzzo, si bien respetuosa con la prensa, apenas brinda entrevistas. Tampoco hay grandes descripciones de los Pepe Costa o los Daddy D’Andrea que lo cobijan. «Si ven que pueden confiar en vos, entrás en su mundo que es muy reducido. Te respetan y te cuidan», narró un conocedor de esa cocina de decisiones.
Evitar turbulencias fue el motor del último paso a Miami. Sin posibilidades de acelerar su regreso al Barcelona, Leo y Jorge entendieron que no estaban dispuestos a revivir la traumática incertidumbre de su salida hacia el PSG. Jorge se sentó ante la directiva blaugrana y anunció que no querían repetir esa experiencia. «Si hubiese sido una cuestión de dinero me habría ido a Arabia Saudita. La decisión pasa por otro lado», explicó luego Leo. Campeón de todo, solo le quedaba reencontrarse con el calor hogareño que tuvo en Barcelona. «Siempre tuve la ilusión de disfrutar la experiencia de vivir en Estados Unidos», había adelantado. Un entorno social distinto, menos hostil que París, y con un acuerdo en el que, según The Athletic, también intervinieron Adidas y Apple, dos patrocinadores de la MLS, para reconocer al mejor futbolista del mundo.
En los últimos años, Leo empezó a tomar la posta de los negocios desde la calma que encontró en Miami: «Tuve una carrera muy larga y siempre tuve gente de confianza alrededor, pero en el último tiempo me interesé mucho más en lo que se hacía y lo que se puede hacer. El fútbol tiene fecha de caducidad. Me gusta empezar a ver qué se puede llegar a hacer. El empresariado me gusta, quiero seguir aprendiendo», explicó en el America Business Forum. Desde entonces, se ha mostrado asociado a Luis Suárez en el Deportivo LSM, como propietario del UE Cornellà, y apoyando el proyecto familiar de Leones FC en Rosario.
Es cierto que Leo se desvive por Celia, su madre, la que decora el ambiente con cariño puro. Pero siempre supo que Jorge fue quien arriesgó un pleno por él desde el primer minuto, quien dejó todo en Rosario —familia, trabajo, amistades— y se bancó los golpes cuando la adversidad arreciaba. Lo escuchó cuando, con apenas 13 años, le dijo que su sueño era ser futbolista. Sin embargo, el éxito de esta relación padre-hijo, representante-representado, podría explicarse desde algo más elemental, como lo definió Balagué: «Son los dos discretos, igualmente reservados. Hechos con el mismo molde para tantas cosas».
/Julián Lautaro Luque, corresponsal de todo futbol en Argentina
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