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La Galerna

·25 de abril de 2026

José, todos somos contingentes, pero tú eres necesario

Imagen del artículo:José, todos somos contingentes, pero tú eres necesario

A la fecha del presente, desconozco el grado de éxito y aceptación que tuvo en Portugal esa genialidad cinematográfica de José Luis Cuerda titulada “Amanece, que no es poco”. Se trata de una película en la que no caben las medias tintas. Puerta grande o enfermería. Si el espectador entra en ella, lo hace desde los primeros segundos y disfruta de un derroche de sentido del humor inteligente, culto y absurdo. Quien no lo hace, se limita a presenciar una seguidilla de escenas surrealistas, más o menos entretenidas, que, en el mejor de los casos, solamente le llevarán a la indiferencia. Nada tiene que ver esto con el nivel de inteligencia del espectador, sino más con su permeabilidad a determinado tipo de humor. Hay gente brillante que no logra entrar por el filme y reverendos estultos que lo veneran.

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La trama ocurre en un pueblo al que llegan en una moto con sidecar Antonio Resines, ingeniero y profesor en la universidad de Oklahoma, y su padre, encarnado por uno de los colosales secundarios del cine español: Luis Ciges. A partir de ese momento, se suceden encuentros con los pintorescos habitantes de la villa, que tienen por característica común ser cultos en extremo y hablar con un nivel léxico semántico que, en épocas como la presente, solamente puede resultar envidiable.


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pocas cosas me harían más feliz que nuestro presidente Florentino Pérez descolgara el teléfono y espetara a su interlocutor un “José, nosotros somos contingentes, pero tú eres necesario"

En un momento del metraje, el alcalde es aclamado por sus conciudadanos, destacando una loa por encima del resto: “Alcalde, nosotros somos contingentes, pero tú eres necesario”.  Nada más halagador puede venir a mi mente. ¿No es acaso lo que cuantos disfrutamos la película hemos deseado que nos digan en algún momento de nuestra existencia?

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La marcha de nuestro equipo las últimas temporadas demuestra lo necesario de un cambio profundo, de una sacudida que solamente puede dar alguien que por sí mismo constituya un desfibrilador. Hay gente especializada en solucionar crisis cuya gestión en situaciones más estables no alcanza esas cotas de excelencia. Fabio Capello fue un ejemplo pintiparado. Dos temporadas. Dos ligas. Autoestima recuperada, pero juego infumable.

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José Mourinho: ruido, tensión, errores, que los hubo. También aportó un giro cuasi copernicano a la consciencia madridista. Recuperó y llevó a la práctica principios que parecían reposar en el fondo de cajones ignotos de Concha Espina o, que, como mucho, habían quedado como slogans vacíos de otra época. Igualmente, vio y nombró cosas que se probaron ciertas y que caían en el terreno de la conspiranoia para el biempensante pensamiento colectivo. Fue importantísimo lo que hizo, sí, pero mucho más fue su legado, su onda expansiva en el tiempo. 6 Copas de Europa 6. Capello y Mourinho son entrenadores medicina. Son remedios efectivos que no hacen tanto bien a la salud si se siguen tomando una vez recuperada la salud. Quien dice medicina, dice Winston Wolfe, el señor Lobo, por continuar con la línea cinematográfica.

Por todo lo anterior, pocas cosas me harían más feliz que nuestro presidente Florentino Pérez descolgara el teléfono, llamase a Lisboa aunque sea conferencia y espetara a su interlocutor un “José, nosotros somos contingentes, pero tú eres necesario.”

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