La Galerna
·11 de febrero de 2026
La cena de la conjura

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·11 de febrero de 2026

Permítame el galernauta que me hace la gracia de leerme contarle una historia.
El abajo firmante ha sido parte de algunas de las más incomparables plantillas del orbe. Me honra poder decir que he pertenecido a inmejorables grupos humanos que, además, jugaban al fútbol. De hecho, igual que parece que ocurre con la actual nómina de jugadores del Real Madrid, el balompié ejercía como vínculo.

Quizá la principal diferencia es que nosotros pagábamos por jugar, mientras que los jugadores de nuestro club cobran, bastante bien, por ello. Nosotros nos conjurábamos bastante a menudo y no resultaba noticiable. En el Glorioso, que es como voy a referirme a tan magna escuadra, las concentraciones y conjuras tenían lugar en torno a cantidades obscenas de whisky de 600 pesetas, tambaleantes entradas en discotecas y no menos accidentadas salidas. Pocas cosas unen más que jalear y ser jaleado mientras vomitas tras una ingesta etílica lindante con el patetismo. El hombre de la arcada debía de sentirse como Cacaíto Rodríguez en el Giro cuando una masa de gente lo animaba, destacando entre ellos el tarado vestido de diablo. Más o menos.
Los conjurados estábamos más centrados en disputar dos, y a veces tres, partidos en un día; terminar el último; y salir corriendo con todas las prisas del orbe para llegar a casa, ducharnos y estar puntuales en el bar antes de la discoteca de tarde. Había que perfumarse. En todos los sentidos.
Espero, por su bien y por el nuestro, que la reciente cena de la primera plantilla del Real Madrid haya marchado por otros derroteros, si bien pocas cosas hay más divertidas que esos eventos
Como jugábamos en Las Rozas y alrededores y varios éramos de Madrid centro, no era raro que los viernes por la noche dejáramos las mochilas en el coche de algún compañero si el partido era a las nueve de la mañana. La llegada al campo sólo es comparable a Evasión o Victoria si la hubiera dirigido Sam Peckinpah. Pijines demacrados, aún engominados; algunos con restos de brillantina en la cara de las niñas a las que nos intentamos arrimar, casi siempre sin éxito. El look se completaba con un pitillo en la mano —la de la mochila— y, a modo de poción mágica de Astérix, una copa aguada en la otra.
Un compañero apareció un día con el partido ya empezado y, preguntado por su retraso, explicó que había hecho un recto en la rotonda antes de llegar al campo. Su AX (léase AX, no A Equis) había quedado en el centro, con la dirección partida. Ese hombre es el mismo al que me he referido en alguna ocasión como la mayor autoridad viva en punk melódico noventero. La decisión fue evidente: como un ranger, no iba a dejar solos a sus compañeros. Llegó andando, y luego ya veríamos cómo solucionar lo del vehículo autopropulsado de combustión interna.
Como seguro comprenderá el lector, el anecdotario es rico, vasto y basto a partes iguales. Recuerdo a un defensa rival quejándose al árbitro porque le picaban los ojos al acercarse a uno de nuestros delanteros. Gritaba que un tío en ese estado no podía jugar. Lo siguiente que ocurrió es que ese atacante dipsómano que ofendía pituitarias sensibles metió cuatro goles.
En cambio, en el equipo de fútbol sala los cambios se pedían para salir a la banda a echar un pitillo, dar un trago a la litrona y volver al campo como si ese fuera nuestro medio natural —la taberna—, para continuar con nuestra cátedra de fútbol posicional fiado a la técnica y no al físico. Menos aún al químico.

Espero, por su bien y por el nuestro, que la reciente cena de la primera plantilla del Real Madrid haya marchado por otros derroteros, si bien pocas cosas hay más divertidas que esos eventos. Resulta más que mandatorio el matiz de que este tipo de reuniones suelen, en el fútbol profesional, constituir una reacción a situaciones críticas. No deja de ser una reunión en la que exponer la existencia de un problema, sentar las bases del protocolo de solución y asignar responsabilidades y compromisos necesarios para, al menos, intentar finalizar la temporada con más dignidad que la mostrada hasta el momento.
Que así sea.









































