La Galerna
·24 de febrero de 2026
La cera y lo que arde

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·24 de febrero de 2026

En la primera de las semanas decisivas de la temporada, el Madrid de Arbeloa ha mostrado dos caras. La primera, en Lisboa, fue la culminación de un proceso de aquilatamiento. Al final de aquel partido se pudo decir: hay equipo y hay temporada. El Benfica ensució un triunfo serio, un triunfo con aires y gusto a Madrid clásico de la Copa de Europa. Qué pena lo del Benfica, del que uno tenía otra imagen, la de club señor y aristócrata decadente y resulta que tras décadas de postración ahora se parece más al Atlético de Madrid que al eximio campeón europeo del viejo fútbol.

La segunda cara del Madrid de Arbeloa la pudimos ver en Pamplona apenas unos días después. Estrenaba un liderato intempestivo que tal como se fue, vino. Más allá de la tropelía arbitral (se entienden mejor regalos como el del segundo penalti concedido a Vinicius en el partido frente a la Real Sociedad, uno de esos troyanos que sirven para envenenar el ambiente contra el Madrid, predisponer negativamente a los hombrecillos de negro y justificar futuras ruindades como, por ejemplo, la invención del penalti con que se adelantó el Osasuna), se vio a un equipo cansado que no puede rotar. La plantilla es tan cortita de calidad y de efectivos disponibles de verdad que en cuanto Arbeloa se vio en la necesidad de dar descanso a unos cuantos titulares, entre batalla y batalla europea, al equipo se le ven las costuras.
Arbeloa debe cuadrar un toro que asusta: Mbappé es estratégicamente intocable, por lo que su equipo, para aspirar a ganar, debe acomodarse a una cama en apariencia lujosa pero mucho más incómoda de lo que imaginábamos
Ni Alaba ni casi Carvajal están para otra cosa que un partido homenaje. Al menos por ahora y el ahora, en este Madrid y en esta campaña, es todo. A estas alturas se dirime la verdad de la temporada y cada partido es un mundo. Lo malo es que tanto Trent como Huijsen y el propio Rüdiger parecen a un partido de (volver) a romperse, con lo que el frágil equilibrio alcanzado en la zaga a lo largo del último mes puede saltar por los aires en cualquier momento. El hecho es que el Madrid es el equipo que más se lesiona de la élite y esa es una cuestión de fondo que, se supone, alguien deberá arreglar a partir del verano pero, a día de hoy, las cosas son de este trágico modo.

Las circunstancias del centro del campo también se muestran precarias. Yo he sido el primer ceballista desde hace tiempo pero su actuación, el sábado, justifica un despido procedente. Además, quizá por vergüenza torera, acabó el partido lesionado. Con lo que vuelve a no estar disponible en el tramo fundamental de la temporada y el pasillo de seguridad de Arbeloa sólo tiene relevo, o descanso, por arriba: Brahim, quizá Rodrigo y Bellingham cuando vuelva son las alternativas al brujuleo irregular de Güler, que sigue siendo un aborto de fantasista o un trescuartista sin hacer del todo.

El Madrid está tan cogido con pinzas que si se arropa por arriba se queda sin manta por debajo. Empieza a cundir la sospecha de que Mbappé es un caso único en la historia del fútbol: nunca tantos goles sirvieron para tan poco, sobre todo cuando el nueve estrella del equipo aprovecha tan mal los espacios y condiciona tanto la distribución de los esfuerzos de sus compañeros de ataque. En cuanto Vinicius, el otro día, empató a uno en El Sadar, las cámaras captaron su gesto al francés diciéndole padentro, padentro. Luego salió Gonzalo y fue para jugar en la banda derecha, con lo que como dice el refranero se quisieron hacer panes con unas tortas.
En caso de victoria sólo se pasará a la siguiente ronda, que serán los octavos de final. Pero, de no pasar, lo que viene después es el final del mundo tal y como lo conocemos
Mbappé es como la eterna invasión de Rusia o remodelar el Bernabéu con mil millones de euros y no hacer ningún estudio de impacto acústico en el vecindario. Va para dos años que está aquí y es un lujo, qué duda cabe: un jarrón de porcelana carísimo que nadie sabe muy bien dónde colocar ni para qué sirve. La mejoría de Vinicius es manifiesta y evidente pero con Mbappé persiste la duda, cada vez más enquistada en el corazón del aficionado, de hasta qué punto su presencia en la punta del ataque del Madrid beneficia o parasita el esfuerzo colectivo.

En estos dos partidos y sin transición alguna se ha visto lo que puede ser el techo del Madrid de Arbeloa, y también su suelo. Aunque se han criticado sus cambios, lo más interesante del mal partido en Navarra es la certeza de que el entrenador tiene una idea muy zidanesca, la de implicar a la teórica unidad B, como requisito imprescindible para llegar a algo en este curso. Una cosa es que difícilmente estén para jugar, y otra que sin la participación de Alaba, Carvajal, Asencio, Ceballos o Brahim el Madrid no competirá por la liga ni dará la cara en Europa. Arbeloa parece haber asumido esta agria certidumbre y estar dispuesto a lidiar con ella.

Si Procusto era un ventero algo cabrón que aserraba los pies o la cabeza de sus huéspedes para que entraran en su lecho de dimensiones ya prestablecidas e inamovibles, Arbeloa debe cuadrar un toro que asusta: Mbappé es estratégicamente intocable, por lo que su equipo, para aspirar a ganar, debe acomodarse a una cama en apariencia lujosa pero mucho más incómoda de lo que imaginábamos durante todos esos años en los que suspirábamos por Kiki.
La Copa de Europa todo lo purifica y todo lo redime. El miércoles habrá una final en Chamartín. En caso de victoria sólo se pasará a la siguiente ronda, que serán los octavos de final. Pero, de no pasar, lo que viene después es el final del mundo tal y como lo conocemos.
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