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La Galerna

·17 de febrero de 2026

La hora de la verdad

Imagen del artículo:La hora de la verdad

Llega el partido más importante del año y el Madrid parece entonado, en forma. Por primera vez en la temporada los brotes verdes parecen reales. Da Luz será la prueba del algodón, el bautismo de fuego de la «Misión Arbeloa», realidad objetiva que va tomando más bien aspecto de causa o de cruzada.

En un mes como entrenador del primer equipo del Real Madrid, Arbeloa ha encauzado la dirección en liga, eso es indiscutible. Ha encontrado un «pasillo de seguridad» en torno al que ordenar al equipo como si fuera una casa tradicional: del vestíbulo (Huijsen y Asencio/Rüdiger) se pasa a las habitaciones interiores (Camavinga, Valverde y Tchouaméni) y al balconcito de los laterales-carrileros (Carreras-Trent), que es el desahogo del equipo, lo que un buen patio a las casas andaluzas. Todo confluye en el salón, al que cada vez le entra más luz: de Güler a Vinícius, Mbappé y/o Gonzalo, que como dice Hughes el Madrid juega mejor cuando le faltan entre una y dos de las superestrellas del Big Three.


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De momento parece una casa en la que entrar a vivir. Pero como el fútbol es un estado de ánimo y en el Madrid, más (un año son siete, como dijo Valdano, y un mes… ¡un mes es un siglo!) con las mismas, la casa se desploma y hay que volver a empezarla de nuevo.

Al ordem e progresso que ha encontrado Arbeloa haciendo a su equipo más chico, más compacto y más equilibrado, se le ha añadido felizmente Trent Alexander-Arnold. Y tenían razón todos aquellos que decían que el inglés podría mejorar ostensiblemente al equipo. Lo hace. En este punto he de reconocer mi grueso error de juicio con respecto a este jugador al que he juzgado con liviandad. Confieso un prejuicio para con todos los «productos Premier League». Aquella liga que presume de ser la mejor del mundo y que, probablemente, a nivel organizativo y publicitario, lo sea de largo, suele sobrevalorar de manera notable a sus clubes y a sus futbolistas, sobre todo si son nacionales de allí.

Por primera vez en la temporada los brotes verdes parecen reales. Da Luz será la prueba del algodón, el bautismo de fuego de la «Misión Arbeloa»

Trent es realmente bueno. No en vano ha sido uno de los puntales del gran Liverpool de Klopp, que fue uno de los tres mejores equipos de Europa en la última década. Tres finales de la Copa de Europa le contemplan, amén de otras dos ligas, y eso en el reinado, allá, del City de Guardiola y, en el continente, del Madrid de los Jerarcas.

Nos pasamos la semana leyendo a gente poniendo verde a Arbeloa porque unos periodistillas decían que Carvajal lo había convencido de que tenía que jugar él. Algunos se quedaron, mentalmente, en 2013, y con esos bueyes se supone que esta afición global tiene que arar.

El inglés tiene un golpeo a lo Beckham de precisión balística israelí, pero además con él el Madrid recupera esa amplitud que el equipo tenía con Carvajal. Ese ir y venir, esa presencia constante en los tres cuartos del campo contrario que empuja al rival contra su propia portería y ayuda a que inevitablemente el poder ofensivo madridista se imponga. Eso que ahora se dice «hundir al rival». Se intuye una sociedad con Gonzalo muy prometedora y que recuerda a la de su compatriota con Van Nistelrooy, hace veinte años, o más recientemente a la del propio Carvajal con Cristiano.

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Arbeloa se pasa los partidos en la banda con ese talle enteco de castellano viejo. Parece el caballero de la mano en el pecho del Greco o uno de los extras del entierro del señor de Orgaz. Tiene un aire fordiano que conecta con algo íntimo del madridismo viejo, una gravitas sin aspavientos en contraste con las performances habituales de los entrenadores modernos, empezando por el Cholo, Guardiola y el mismo Mourinho. Su lenguaje corporal da seguridad, aplomo y se le están afilando los rasgos como a los hidalgos del Siglo de Oro, los que descubrieron y poblaron América a fuerza de fe y hambre. Algo de esa hambre está claro que ha podido transmitir al equipo porque hasta la madre de Bellingham se fotografía con él. Ha tocado las teclas adecuadas y el Madrid funciona.

En Da Luz vuelve a enfrentarse a su maestro. No sólo será un test capital para el devenir inmediato del equipo y del club, sino una prueba notable para su propia carrera como entrenador. Hace dos semanas Mourinho devoró al Madrid, le dio una soberana lección. Pero la sandía puede y debe adelantarse al tallo.

Arbeloa tiene un aire fordiano que conecta con algo íntimo del madridismo viejo. Su lenguaje corporal da seguridad, aplomo y se le están afilando los rasgos como a los hidalgos del Siglo de Oro. Ha tocado las teclas adecuadas y el Madrid funciona

La eliminatoria contra el Benfica no es sólo un gran desafío coyuntural. Está cargada de simbolismo y de Historia. Son los dos primeros campeones de Europa, las primeras dos grandes «dinastías» en la competición aristocrática por naturaleza. Pero para el Madrid, inmerso en una transformación societaria que nadie sabe a razón cierta en qué deparará (con el visir Anas negociando directamente la paz con la UEFA sin que nadie nos haya explicado todavía quién es ni qué pinta en el Madrid) el Benfica es un memento mori: el recordatorio de que una concatenación de malas decisiones, en un contexto difícil, puede arrumbarlo en el trastero de la Historia y convertir su gloria en un parque de atracciones para turistas con dinero. Es verdad que el Madrid siempre ha espantado el fantasma de la benfiquización (o milanización) a base de Copas de Europa…

En este panorama el perfil cervantino de Arbeloa se engrandece. Este doble enfrentamiento es para él lo que la eliminatoria contra el Wolfsburgo hace diez años para Zidane. La temporada ya ha demostrado que el Barcelona no es el del año pasado y, la verdad, Europa siempre es una bendita incógnita. Todo está por hacer, en realidad.

O puede que no. Habrá que verlo y para ello cabalgar contra los gigantes.

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