Balonazos
·17 de enero de 2026
La sonrisa de Gilber

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·17 de enero de 2026


Hace poco regresé a mi pueblo y la modernidad intentó infructuosamente enterrar las memorias sagradas de aquel terreno improvisado que hacía las veces de cancha, recuerdos que llegan a la mente sonriendo, con ganas de volver a nacer.
Pero hay otros que los condenan, que borran esa sonrisa. Que quisiera olvidar porque por momentos me persiguen como una sombra cuando siento que he obrado con desdén, sobre todo con alguien que solo quiso vivir, aunque un aparente dolor de cabeza terminó en solo días con ese querer.
Sé que era la primera semana de enero porque nuestros tiempos no están necesariamente marcados por el calendario gregoriano, sino por momentos, efímeros o no. A veces no les damos el valor de oro a las circunstancias.
La historia no muere porque la memoria la revive. En esos días, el pueblo se llenaba de hombres y mujeres haciendo honor al Niño Jesús con su “Locaina” y la mítica figura de “Mapoleón Linares”, el culto a un tronco de madera que representa su fundación.
Mientras todo el mundo pescaba abrazos de “Feliz Año”, nosotros jugábamos con otro tipo de algarabía, la de no perder de vista la pelota y anotar un gol más que el rival porque dicen que eso es ganar, aunque lo que hace sonreír es la verdadera victoria.
Jugar al fútbol en esa fecha carecía de frecuencia, quizá porque el máximo evento del pueblo terminaba justo en la última semana de diciembre, pero miento, no terminaba, quedaba en la impotencia de la derrota.

Éramos un “tres pa´ tres”, número ideal para una cancha donde abundaban la improvisación y el espacio reducido. Era un garaje desprovisto de privacidad a una cuadra a la redonda y tan inclinado que el desnivel de la cancha jugaba siempre en favor del marcador o delantero derecho de uno de los equipos.
Un día nos propusimos colocarle un nombre a la cancha, algo que diera la sensación de grandeza. Corrí al sótano de mi casa y encontré una caja dorada de whiskey escocés Old Parr. Quería un nombre diferente como el Azteca o el Maracaná y extraje “Mcdonald”, el nombre más rimbombante que había visto en mi vida, pero pronunciado “Madocnáld” con acento prosódico, andino e ingenuo en la última “a”.
Como dicen que en el fútbol no hay secretos, puedo revelar sin temor a romper los códigos que el sistema de juego usado frecuentemente era el Uno -Dos: dos que atacaban y uno que quedaba en el arco tapando las cagadas de los delanteros.
En la infancia la timidez o la gordura se pagan siendo defensa o arquero. Aquí debo hablar de Gilbert, que no era gordo, pero era muy callado y,(DESDE ACÁ) al mismo tiempo, el eterno defensa. No hay crueldad en mi relato, la crueldad, estuvo en la cancha.
Así como yo engrandecía mis atributos de delanteros, mi equipo engrandecía mis atributos de defensa. En ambos casos el resultado era el mismo, yo no anotaba goles. Me obligaron a marcar a Gilbert, el defensa, el tímido, lo cual me negué, pero hice algo más osado. Lancé a los cuatro puntos cardinales el grito “ese no hace nada».
En un saque lateral, el balón no fue a cualquier parte, fue justo al medio campo buscando la humanidad de aquel callado defensa, quien le colocó el pecho y acrobáticamente la golpeó dos veces, sin marca y aparentemente sin ambición.
El arco desprotegido totalmente por mi falta de atención fue la dirección que tomó aquella extraña pericia de Gilbert. Intentó chutarla con su pie derecho, pero la anormalidad del terreno no le permitió siquiera tocar la pelota. Con trompicones, con suerte y no sé si complicidad de mis compañeros o la sabiduría de la vida, llegó al fondo de la red.
Agaché mi cabeza, no supe si por rabia o vergüenza. Por la edad supongo que fue la primera, porque no aprendemos a vivir en el primer tiempo. Sino con las desatenciones y las lecciones en el segundo tiempo. Hubo un poco de burla y celebración de todos, excepto de Gilbert, quien regresó a su arco con la sonrisa tímida.









































