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The Independent

·7 de julio de 2026

Lo único que empaña este brillante Mundial es la alarmante corrupción de quienes lo dirigen

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Este Mundial ha superado todas las expectativas. Los pronósticos más pesimistas, que advertían sobre precios elevados, problemas para obtener visas y detenciones masivas de aficionados extranjeros por parte de las autoridades migratorias en Estados Unidos, no se cumplieron.

En cambio, el torneo ha ofrecido estadios llenos, fútbol de alto nivel y una gran cantidad de goles. Y, quizá lo más llamativo, las dos primeras semanas transcurrieron sin la presencia de Donald Trump.


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Hasta ahora.

Mientras Estados Unidos se preparaba para enfrentar a Bélgica en los octavos de final en Seattle, Trump irrumpió en la historia.

En el partido anterior ante Bosnia y Herzegovina, el delantero estadounidense Folarin Balogun fue expulsado. Para muchos, la tarjeta roja fue una decisión desafortunada, pero forma parte del fútbol. Los errores arbitrales existen.

La Federación de Fútbol de Estados Unidos intentó apelar la suspensión, pero la FIFA respondió que el reglamento no permitía revertir una tarjeta roja. Desde el técnico Mauricio Pochettino hasta el secretario de Estado, Marco Rubio, cuestionaron la decisión, aunque todo indicaba que la sanción se mantendría.

Entonces intervino Trump.

El presidente estadounidense mantiene una relación cercana con Gianni Infantino, titular de la FIFA. A principios de este año, durante el sorteo del Mundial, Infantino incluso le entregó un Premio de la Paz de la FIFA. Después de que Trump hablara con él —una intervención que, según fuentes de la Casa Blanca y de la FIFA, sí ocurrió—, Infantino anunció que la suspensión de Balogun había sido revocada.

Así, el delantero quedó habilitado para jugar y Estados Unidos recuperó a su máximo goleador. Para Jim White, eso significó dejar de lado las propias reglas que la FIFA había establecido para la competencia.

Trump celebró la decisión con un mensaje en redes sociales: "¡Gracias a la FIFA por hacer lo correcto y revertir una gran injusticia! Presidente DONALD J. TRUMP".

La reacción fue inmediata. La Federación Belga de Fútbol dijo estar "asombrada" por la decisión, aseguró que contradecía el reglamento del torneo y anunció que evaluaba "todas las opciones posibles". El técnico de Bélgica, Rudi Garcia, ironizó: "No sabía que el 5 de julio era el equivalente al 1 de abril en la FIFA".

Para White, la polémica va más allá del resultado de un partido. Recuerda que, en un Mundial, las tarjetas rojas no suelen revocarse. Según la UEFA, permitir que Balogun jugara fue una decisión "sin precedentes, incomprensible e injustificable".

Las críticas también llegaron desde otros sectores. El excongresista republicano Adam Kinzinger escribió en X: "Si Estados Unidos gana la Copa, siempre habrá un asterisco. Justo o injusto". Incluso el expresidente de la FIFA, Sepp Blatter, publicó: "Las tarjetas rojas no se revocan por llamadas políticas. Se revocan por las reglas, las pruebas y los organismos independientes".

White sostiene que este caso demuestra que bastó una llamada al presidente de la FIFA para dejar de lado el reglamento y romper con los precedentes.

A partir de ahí, plantea una serie de preguntas con tono irónico: ¿qué sigue? ¿Que Trump tenga una línea directa con el VAR para anular un gol de Romelu Lukaku? ¿Que Infantino pida la expulsión de Kevin De Bruyne porque al presidente estadounidense no le gusta cómo le quedan los pantalones cortos?

Para el columnista, el episodio refleja la forma en que Trump entiende el poder: sin importar los precedentes, la historia o la independencia de las instituciones, considera que puede imponer las reglas.

En esa misma línea, sostiene que al presidente estadounidense no le interesa la integridad del deporte, sino conseguir lo que quiere. Como ejemplo, plantea que sería impensable que el primer ministro británico, Keir Starmer, llamara a Infantino para pedir que levantara la suspensión de Jarrel Quansah antes del partido de cuartos de final entre Inglaterra y Noruega.

Para White, eso fue precisamente lo que ocurrió con Trump: intervino e Infantino cedió. Y concluye que, mientras el Mundial ofrece algunos de los mejores partidos de su historia, también deja al descubierto cómo el poder puede poner en riesgo los principios del deporte.

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