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·25 de septiembre de 2026
Los delincuentes volvieron a clavarle un puñal por la espalda al fútbol: suspendido el partido entre la U y Everton (Videos)

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·25 de septiembre de 2026

El fútbol chileno volvió a quedar marcado por la violencia y, una vez más, el espectáculo deportivo terminó relegado a un segundo plano. Universidad de Chile vencía por 1-0 a Everton este jueves, en el estadio Sausalito de Viña del Mar, por la ida de los octavos de final de la Copa Chile, cuando una serie de graves incidentes protagonizados por barristas obligó a suspender el encuentro a los 83 minutos.
El resultado, que hasta ese momento favorecía al conjunto azul, terminó siendo prácticamente anecdótico frente a una escena que volvió a instalar uno de los problemas más persistentes del fútbol nacional: la incapacidad de garantizar condiciones mínimas de seguridad para que un partido pueda desarrollarse con normalidad.
La historia deportiva del encuentro había quedado momentáneamente inclinada hacia el visitante. Juan Martín Lucero, a los 61 minutos, puso el 1-0 para Universidad de Chile, con un remate que además contó con un desvío de Hugo Magallanes. El gol le entregaba a los dirigidos por los azules una ventaja importante pensando en una llave que tendrá su definición este domingo.
Sin embargo, cuando restaban apenas siete minutos para el término del tiempo reglamentario, todo volvió a cambiar. Lo que debía ser el tramo decisivo de un partido de eliminación directa se transformó nuevamente en un escenario de tensión y peligro.
Los incidentes comenzaron prácticamente de manera simultánea en ambos sectores del estadio donde se encontraban las barras de Everton y Universidad de Chile. El lanzamiento de bengalas y bombas de estruendo obligó a detener el juego, mientras la situación comenzaba a desbordarse y los riesgos dejaban de estar limitados a las tribunas.
El árbitro Piero Maza tomó entonces una decisión que, dadas las circunstancias, terminó siendo inevitable: tomó el balón cuando debía ejecutarse un tiro de esquina favorable a Universidad de Chile, interrumpió definitivamente la acción y ordenó a los equipos retirarse a camarines.
La gravedad de lo ocurrido quedó expuesta incluso en la cancha. Una de las bengalas lanzadas desde las tribunas pasó peligrosamente cerca de Maximiliano Guerrero, delantero de Universidad de Chile que se disponía a ubicarse para el lanzamiento del córner. La situación pudo haber tenido consecuencias mayores si el proyectil hubiese impactado directamente al futbolista.
Pero el peligro tampoco quedó circunscrito al terreno de juego. Algunos de los objetos lanzados desde las tribunas terminaron cayendo en la zona oficial del estadio Sausalito, provocando conmoción entre los espectadores que se encontraban en ese sector. De acuerdo con los antecedentes conocidos, no hubo personas lesionadas, pero el episodio volvió a demostrar hasta qué punto este tipo de acciones puede poner en riesgo a futbolistas, funcionarios y espectadores que ni siquiera participan de los hechos de violencia.
El partido quedó detenido mientras comenzaba una extensa evaluación respecto de las posibilidades reales de reanudarlo. Durante prácticamente una hora se sucedieron las reuniones entre el cuerpo arbitral, representantes de ambos clubes y las autoridades locales, en busca de una alternativa que permitiera completar el compromiso.
Finalmente, la conclusión fue que no existían las garantías necesarias.
“La determinación fue de suspender el partido. Las autoridades nos informaron que no están las condiciones para seguir jugando”, explicó Piero Maza a TNT Sports.
La decisión no se tomó únicamente desde una perspectiva deportiva. El propio árbitro dejó claro que el factor determinante fue la seguridad de quienes se encontraban dentro del recinto.
Respecto de los minutos que quedaron pendientes, Maza explicó que la decisión ya no estaba en sus manos. “Eso lo va a tener que ver el directorio de la Federación, va a ver cuándo se reanuda el resto del encuentro”, señaló el juez FIFA.
Y fue todavía más categórico al explicar las razones que hicieron imposible continuar con el compromiso: “Había mucho riesgo (de seguir), en esas condiciones no se puede jugar, no se puede dar un partido de fútbol. Por la integridad de los futbolistas y de los espectadores”, completó.
La frase del árbitro resume la dimensión del problema. No se trató simplemente de una interrupción provocada por desórdenes en las tribunas, sino de una situación en que las condiciones básicas para desarrollar un partido dejaron de estar garantizadas. El fútbol pasó, nuevamente, a depender de decisiones de emergencia para evitar que un espectáculo deportivo derivara en consecuencias mayores.
Y el problema adquiere todavía más relevancia porque se trata de una instancia eliminatoria. Universidad de Chile tenía ventaja de 1-0 y restaban solamente siete minutos más el tiempo adicional, por lo que la suspensión deja abierta una interrogante deportiva que deberá resolver ahora la Federación de Fútbol de Chile. El partido no pudo completar su desarrollo dentro de la jornada prevista y, por lo tanto, tampoco pudo quedar establecida definitivamente la situación de la llave.
La revancha entre Universidad de Chile y Everton está programada para este domingo a las 17:30 horas en el Estadio Nacional. Sin embargo, antes de pensar exclusivamente en ese encuentro, las autoridades deberán determinar qué ocurrirá con los minutos pendientes del duelo disputado en Sausalito.
El escenario abre una serie de interrogantes reglamentarias y organizativas: cuándo se completarán los minutos restantes, bajo qué condiciones se disputarán y qué eventuales sanciones podrían derivarse de los incidentes registrados en Viña del Mar.
Lo concreto es que, una vez más, el fútbol chileno terminó hablando más de violencia que de fútbol. El gol de Lucero, la ventaja de Universidad de Chile y el desarrollo de una llave que debía concentrar toda la atención quedaron relegados por el comportamiento de un grupo de barristas que volvió a transformar las tribunas en un foco de riesgo.
Y esa es precisamente la dimensión más preocupante de lo ocurrido en Sausalito. No se trata únicamente de un partido suspendido o de una programación que deberá ser modificada. Cada vez que una bengala, una bomba de estruendo o cualquier otro proyectil obliga a detener un encuentro, el problema trasciende el resultado y vuelve a cuestionar la capacidad del fútbol profesional chileno para garantizar algo tan básico como que un partido pueda terminar en la cancha y no en una sala de reuniones.
Mientras la Federación deberá resolver qué hacer con los minutos pendientes, Everton y Universidad de Chile quedan a la espera de una determinación que ahora tendrá consecuencias deportivas, disciplinarias y eventualmente económicas. El resultado parcial sigue siendo 1-0 para los azules, pero la historia de esta llave ya quedó inevitablemente condicionada por un episodio que volvió a demostrar que, en el fútbol chileno, la violencia continúa siendo capaz de interrumpir incluso los partidos más importantes.
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