La Galerna
·10 de marzo de 2026
Madrid-City: Here we go again

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Esta semana vuelve la Copa de Europa en sus octavos de final. El Madrid recibirá en el Bernabéu al Manchester City. Será un nuevo acto de la que es, sin dudas, la gran rivalidad del fútbol mundial en el siglo XXI: un football drama que empezó hace justo diez años, en las semifinales del torneo que acabó con la victoria del Madrid de Zidane en la final de Milán sobre el Atlético de Madrid. Entonces, aquel City era el de Pellegrini y su gran estrella, el Kun Agüero. Han pasado muchas cosas desde aquel mes de mayo, entre ellas que Arbeloa, entonces apurando sus últimos partidos como futbolista del Madrid, es ahora su entrenador.

Enfrente estará de nuevo Guardiola, la eterna y verdadera bestia negra del Madrid moderno. El Pep está en el centro y en el origen de la gloria contemporánea. Florentino Pérez construyó su Real Madrid inmortal en base a la idea obsesiva de derrotarle. La obra excedió los límites para los que fue concebida, y aquel montón de estrellas fichadas entre 2009 y 2013, con el propósito de subvertir el dominio barcelonista en España y Europa, acabó escribiendo las páginas más brillantes de los 124 años de historia del club.

A lo largo de esta década tanto el Real como el City han sido los mejores equipos. Entre los dos han jugado siete finales y ganado seis títulos de la mejor competición de clubes del mundo. Sin embargo, los equipos que se verán las caras el miércoles en Chamartín están lejos de aquellas eximias versiones cuyos duelos en 2022, 2023 y 2024 hicieron que la aldea global contuviese la respiración y no hablase de otra cosa.
sobre el tapiz verde del campo todo puede pasar. El fútbol es un estado de ánimo y el ánimo del Madrid, ahora mismo, está por los suelos. Pero un estado de ánimo puede cambiar en un instante
Entre mayo de 2016 y marzo de 2026, el Madrid y el City se habrán enfrentado en seis eliminatorias y una fase de grupos, partidos a los que podemos sumar la liguilla de la temporada 2012-2013 que nos dejó la inolvidable remontada en el Bernabéu con el gol de Ronaldo, la celebración de Mourinho y la expulsión de Liam Gallagher del estadio: un total de quince enfrentamientos, de los que el Madrid ha ganado seis y empatado tres. De este modo, el City, que no era nadie hasta que lo compraron los jeques del Golfo Pérsico, ha conseguido legitimarse entre la realeza del fútbol europeo a base de encontrarse con el rey de reyes, como si fuese un Super Depor dopado financieramente hasta el paroxismo.

El siglo XX nos deparó la rivalidad histórica entre Madrid y Bayern; el XXI, con el City. No es lo mismo pero el encono primitivo y salvaje que despierta Guardiola, que es el hombre que mejor conoce al Madrid y al madridismo, mucho mejor que la mayoría de los madridistas, suple lo que a los sky blues les falta en términos de quilates y leyenda. En este contexto de depresión, indiferencia y abulia en el que las dos derrotas ligueras seguidas han sumergido al Madrid de Arbeloa, nada hay como una buena dosis del Gandhi del catalanismo para electrificar las almas del decaído pueblo blanco. Si bien parece, teniendo en cuenta el inmediato precedente de esta misma temporada, que la distancia entre ambos equipos, sin ser este City el de hace dos años, es grande y a favor de los ingleses, el Madrid sólo sale del laberinto por arriba. Nada hay más alto que la Copa de Europa y nunca es más peligroso en ella el Real que cuando no tiene nada que perder ni nadie da un duro por sus posibilidades.
El Madrid de Arbeloa se encuentra exactamente en este punto. Ha conseguido, como Arya Stark en la ciudad libre de Braavos, no ser nadie. La gente está desconectada, la ilusión no se puede impostar y sus futbolistas parecen estar aterrizando ya en la realidad objetiva de su situación: ninguno es tan bueno como pensábamos y, probablemente, alguno es incluso peor de lo que jamás pudimos imaginar. No hay dirección deportiva y en torno a Arbeloa, hombre valiente que cometió sin vacilar la quijotada de ponerse al frente de semejante quilombo por amor al club, han empezado las clásicas filtraciones a la prensa, que son el típico hedor a pescado podrido que precede a los despidos en las temporadas sin rumbo. Sin rostro, sin estima, sin grandes jugadores, sin líderes y sin ese carisma sensacional que flotaba sobre los partidos y hacía creer a todos que era invencible, puede decirse que el Madrid ya ha perdido. Estamos hablando de una temporada en la que lo peor no fue que se despidiera ignominiosamente al entrenador de moda en Europa tras apenas cinco meses de trabajo, sino que se organizaran busianas por partidos de la fase de grupos o eliminatorias de repesca. ¿Qué puede perder quien ya lo ha perdido todo?

Como, en el fondo, no hay nada escrito, sobre el tapiz verde del campo todo puede pasar. El fútbol es un estado de ánimo y el ánimo del Madrid, ahora mismo, está por los suelos. La sensación se acentúa cuando se piensa en que esta eliminatoria, de carácter casi apocalíptica, es tan sólo la de octavos de final. ¡Sólo son los octavos de final! Pero un estado de ánimo puede cambiar en un instante. Basta con que algo haga clic. Si algo ha demostrado Arbeloa en estos dos meses que lleva entrenando al primer equipo es que su Madrid puede aspirar a dotarse de una superestructura en torno a la cual las piezas se ordenen de forma natural. Con eso, el mejor portero del mundo, los goles de Vinicius y Mbappé y un poco de suerte, ¿quién sabe lo que puede pasar?
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