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La Galerna

·16 de noviembre de 2025

Madrid de siembra, Madrid de cosecha

Imagen del artículo:Madrid de siembra, Madrid de cosecha

Salvo por algunos periodos que me harían rascarme una sien, puedo adscribir cada periodo histórico del Real Madrid en una de esas dos categorías. Según en qué momento del tiempo caigas, hay un Madrid de siembra o un Madrid de cosecha. Lo único que dificulta el análisis es que el Madrid es muy suyo y de pronto cosecha mucho más rápido de lo esperado, produciendo confusión al estudioso. Pero una cosecha inusualmente rápida no invalida necesariamente el que nos encontremos ante un Madrid de siembra.

El primer Madrid de Capello es la quintaesencia del Madrid de siembra. Por definición, entendiéndose que la cosecha es la Champions, no podía recolectar, dado que ni siquiera disputaba la competición ese año (hablamos de un Madrid que no había conquistado plaza para optar a ningún título europeo en la catastrófica temporada previa).


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Lorenzo Sanz otorga a Capello los mejores aperos para recoger fruto rápido: Roberto Carlos, Seedorf, Mijatovic, Suker, Illgner… Sucede que Capello no puede cosechar al año siguiente, como le habría correspondido. Dimite por discrepancias con Sanz, o por ganas de volver al Milan, según a quién preguntes. Llega Heynckes, y lo que sucede después es el paradigma del tránsito siembra-cosecha. Rara vez, tal vez nunca, el entrenador que se ocupa en una de las dos cosas se beneficia de la otra. Uno (denodado, visceral, intervencionista, táctico) hincha el globo, y es el siguiente (tranquilo, conciliador, gran exfutbolista) el que lo hace explotar arrimando un alfiler.

Todo hace indicar que, con esa generación de jugadores, y a pesar de que Heynckes es despedido por falta de autoridad con ellos, el club blanco cosechará durante mucho tiempo, pero el fruto recogido les había llenado la barriga de manera tan refundadora (es la Séptima, 32 años después) que hubo que sustituirlos por una admirable clase media (Salgado, Helguera, McManaman, Morientes) y ponerlos a las órdenes de Del Bosque.

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El salmantino es casi la excepción a la regla, porque tiene la oportunidad de gozar el fruto de su propio trabajo. Siembra tan atinadamente (sí, los míticos tres centrales) que cosecha rápido. Es casi el único cosechador de lo plantado por él mismo. (Insistimos en que en este texto, de manera quizá demasiado rigurosa, solo llamamos cosecha a la recogida de mieles europeas). Logra la Octava y después, ya con Florentino y varios galácticos (Figo, Zidane), la Novena también. El año siguiente de Del Bosque es año de solo liga, pues se cae en semifinales de Champions ante la Juve. Solo en un club de la exigencia del Real Madrid se puede interpretar un año así como una señal de alarma respecto a la necesidad de empezar a sembrar de nuevo. El técnico elegido para la tarea es, sorprendentemente, el segundo en el United de Ferguson, quien llevaba siglos sembrando y cosechando en Manchester con una discontinuidad impensable en Madrid, y gozando de un prestigio que con esos resultados habría sido inconcebible en la capital de España. Queiroz fracasa sembrando, pese a contar con los mejores jornaleros del orbe, y el resto es (deprimente) historia del tardoflorentinismo de la primera etapa. El propio presidente, cansado de dar palos de ciego con la azada, y tal vez afectado también por sus propios avatares vitales, lo deja.

Según en qué momento del tiempo caigas, hay un Madrid de siembra o un Madrid de cosecha. Lo único que dificulta el análisis es que el Madrid es muy suyo y de pronto cosecha mucho más rápido de lo esperado, produciendo confusión al estudioso. Pero una cosecha inusualmente rápida no invalida necesariamente el que nos encontremos ante un Madrid de siembra

Cuando llega al cargo, Ramón Calderón acude a los servicios del sembrador por excelencia, aquel con el cual empezábamos esta historia. Capello vuelve a ganar la liga (la del Clavo Ardiendo), pero es cesado cuando habría podido optar a cosechar al año siguiente. Calderón le priva de ello porque el equipo no juega bonito, en un eco mendocista con Radomir y Beenhakker. La torpeza es antológica a todos los niveles, pero sobre todo desde el prisma que nos ocupa: se carga al mejor sembrador del mundo, que además ya había cosechado en el Milan, para sustituirlo por alguien que no tenía experiencia ni en sembrar ni en cosechar. Schuster gana la liga, pero esta vez no era una liga de siembra. Es, de hecho, una liga de la que nadie se acuerda pese a que sería la última en unos cuantos años.

Florentino vuelve, y trae de la mano un arsenal inimitable: Cristiano, Benzema, Xabi Alonso y otras piezas valiosas. Toca sembrar. Pellegrini es otro que tampoco encaja en ninguno de los dos perfiles, y fracasa en ambas faenas agrícolas. Pero estaba en su camino y en el de la entidad que así fueran las cosas, porque sin su insuficiente papel no habríamos visto llegar al puesto, su figura desfilando pesadamente entre los cultivos como en una especie de western agropecuario, al cultivador más importante en la historia del Real Madrid.

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La de Mou, por supuesto, es la madre de todas las siembras. Gana una Copa que supone el primer punto de inflexión, se hace al año siguiente con la deslumbrante liga de los récords y, si bien harta hasta a sí mismo en una tercera temporada de barbecho, al recortarse contra las cordilleras su silueta en el vano de la puerta ya ha sentado las bases de un futuro refulgente.

El simple hecho de que, en esta óptica histórica, a Ancelotti le corresponda el papel de cosechador deja claro que no utilizo el término con el menor matiz despectivo. Ser primordialmente un cosechador no te hace ajeno a méritos, y son numerosos los del transalpino. No es imposible arruinar la herencia del sembrador que te precedió (que le pregunten a Schuster), y hace falta arte para sublimarla para que tu contribución asiente una alquimia ganadora.

La de Mouinho, por supuesto, es la madre de todas las siembras

Hay incontables aciertos estrictamente carlettianos en el logro de la Décima, pero el espíritu, la determinación, la exigencia que por otra parte son consustanciales a la entidad, ya impregnan las paredes de ese vestuario el día en que Carlo atraviesa por primera vez su umbral, de igual forma que Heynckes, dieciséis años atrás, disfruta, desde el primer día de su ejercicio, un legado capellista anímico y táctico que se revelará esencial en la consecución de la Séptima. Para ayudarle a cosechar sobre la base de lo plantado por José se otorga a Ancelotti, por otra parte, un regalo de cuya relevancia en esta historia habrá que hablar otro día: Gareth Bale. Sin esa pieza extra que se le da a Carlo, quizá la herencia de Mou se habría revelado insuficiente. Pero esa es otra historia que nos desvía del tema.

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Tras el doblete Copa-Champions de la 13/14, Ancelotti firma a continuación una campaña sin ningún título relevante, lo que lo deja en la cuneta. Al parecer, toca volver a sembrar. Florentino confía en Benítez, quien demuestra que es posible empeñarse más de la cuenta en labrar o remover la tierra. No hacía falta obcecarse tanto con sembrar, Rafa, ni tan profundo. Los surcos son demasiado hondos, y se interpretan como plagas de las plántulas bendiciones como el exterior de Modric.

En enero ya desembarca Zidane, de quien cabría preguntarse de quién fue la siembra que va a cosechar. No parece que sea de Benítez, desde luego. Respecto al éxito que logrará Zizou solo caben dos hipótesis: la primera es que se trata de un sembrador-cosechador, al estilo del Bosque. La segunda es que capitaliza lo sembrado por Ancelotti, teoría que encajaría bien con su papel como segundo técnico de Carlo el año de la Décima. No perdamos de vista que dar verosimilitud a esta última hipótesis nos obliga a cambiar radicalmente nuestra visión de la primera etapa del italiano: si Zizou cosechó a partir del trabajo de Carlo, será porque este último, amén de cosechar a su vez lo germinado en la era Mou, sembró también para el Divino Calvo. ¿Será posible que Carletto sea el único gran cosechador que a su vez haya sembrado también para el siguiente? Nos encontraríamos ante una dualidad no solo infrecuente en la historia blanca, sino directamente única.

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A partir de ahí, Zizou se harta de sembrar y cosechar para sí mismo. Los más cínicos aducirán que, con la inmensa calidad de las plantillas que le tocan en suerte, poca siembra se precisa, pero no es posible cosechar tan gloriosamente durante tanto tiempo sin una labor de siembra propia. Nadie vive tanto tiempo, ni de manera tan excelsa, de las rentas de quien vino antes, ni hay legado del anterior cuyo efecto se extienda tanto en el tiempo. Lo que sucede es que Lopetegui no era el mejor cosechador de la obra zidanesca, o acaso sea solo que el club desconfió enseguida de lo que había fichado, contribuyendo a la profecía autocumplida del fracaso. La marcha de Cristiano, por supuesto, no ayuda. Cuando vuelan francés y portugués, ya hay tres Copas de Europa más engalanando la sala de trofeos.

Solari es el sembrador exprés. En el escasísimo tiempo que tiene, manda a la báscula a ciertos pesos pesados (nunca mejor dicho) de la plantilla, y cuando rehúsan atender ese requerimiento los manda a su casa. También da a Vinícius el permiso para comerse el mundo del que legendariamente habló Valdano: ¿cabe más transcendente labranza que forjar semejante huracán?

¿Será posible que Carletto sea el único gran cosechador que a su vez haya sembrado también para el siguiente?

Los malos resultados, concentrados en una semana de debacle, abortan lo que podría haber sido un periodo de prolongada siembra. Enseñanza: los periodos de siembra tranquila, en el Madrid, duran diez minutos y medio, y no se compulsan como tales si no traen al menos el alivio menor del título de liga. Vuelve Zidane, y resulta complicado adscribir esta segunda etapa a ninguno de los dos epígrafes anteriores. Desde luego, no se recoge fruto alguno (insistimos: fruto europeo), aunque no cabe minusvalorar lo positivo del logro de la “liga del COVID”, como la llamó Sergio Ramos.

Y de la segunda etapa de Zizou pasamos a la segunda de Carlo, tan exitosa que solo cabe interpretarla como etapa de cosecha, y cosecha inopinada hasta para las más optimistas almas blancas. Advertíamos al comienzo que estas paradojas suceden en el Madrid: una época destinada a ser eminentemente de siembra arroja de pronto la inesperada sorpresa de una cosecha suculenta. Se gana la Catorce, la Champions de nuestras vidas, y dos años después la Quince, que es la Champions de nuestras vicevidas, una sucursal tardía con elementos comunes a la matriz. Con Ceferin al mando y los petroclubes campando por sus respetos, esas dos Champions, sencillamente, no tocaban. Son un maná milagroso que nos sobrevino cuando estábamos arando.

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El lector que haya tenido la paciencia de seguirme hasta aquí ya lo habrá adivinado: históricamente hablando, a Xabi le toca un papel de siembra. Ahora viene el hallazgo más propio de Pero Grullo de todo el artículo: lo que define si estás en periodo de siembra o, por el contrario, en periodo de cosecha, es la nómina de jugadores con los que cuentas. Se han despedido hace muy poco o relativamente poco Kroos, Modric, Cristiano, Benzema, Ramos, Marcelo, Bale, Casemiro, Varane, Pepe y otros jerarcas. Lo que venga después de eso ha de ser a la fuerza una temporada de siembra, por buenos que sean los herederos de todos esos nombres, que lo son. Lo son pero tienen que adquirir la magnitud de jerarcas, y para eso hay que sembrar.

históricamente hablando, a Xabi le toca un papel de siembra

¿Cuánta torpeza y/o ruindad hay en el demandar a un Madrid de siembra los resultados de un Madrid de cosecha? Respóndase el lector de manera autónoma. Otra cosa es que esta bendita locura en que consiste el madridismo permita albergar la esperanza de un nuevo prodigio de Champions cuando estamos con la azada. Pero la esperanza no se debe confundir con la exigencia, cuánto menos con el histerismo.

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Si uno mira a la historia, que pretenciosamente hemos resumido aquí en pocos párrafos, lo que le toca a Xabi es hacer crecer al equipo. ganar una o dos ligas por el camino, llevar al equipo a semifinales de Champions varias veces y esperar a estar ya fuera para ver cómo llega otro, arrima el alfiler y hace explotar el globo que el tolosarra habrá inflado a pleno pulmón durante años. ¿Quién será el afortunado? Un Zidane cualquiera, quizá el propio Zidane. Si esto del globo pasa con el amor, ¿cómo no va a suceder con la Champions?

Por supuesto, espero que la historia vuelva a tropezar magníficamente y que Xabi gane la Dieciséis en mayo de 2026. ¿Lo deseo? Claro. ¿Lo veo factible, a despecho de complicado? Sí. ¿Se lo exijo?

La respuesta a esa última pregunta se desprende con facilidad del resto del texto. Y ahora me despido, que, como a Xabi y a cualquier otro madridista de corazón, me espera el rastrillo.

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