Balonazos
·14 de febrero de 2026
Martínez, Fariñez y Vivas: Del Olimpo al Averno

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·14 de febrero de 2026


El fútbol venezolano atraviesa un momento de contrastes que parece sacado de una novela de realismo trágico, mientras unos tocan el cielo, el propio Olimpo, con las manos en las ligas más competitivas del continente para luego caer por gravedad propia, hasta el propio Averno, otros, desde la mesura y el barro de la reconstrucción, nos enseñan que el éxito no es una carrera de velocidad, sino de resistencia. La actualidad de José “Brujo” Martínez, Wuilker Faríñez y Carlos “Pipo” Vivas es el espejo donde se mira hoy la idiosincrasia futbolística venezolana. Aclaremos, antes que nada, lo de José Martínez en Brasil es, cuando menos, desconcertante, casi que humillante.
El zuliano Martínez llegó al Corinthians con el aura de quien se come el mundo, respaldado por un despliegue físico que enamoró a la torcida y con la inercia de ser un ganador nato tras su reciente corona; sin embargo, en el fútbol —y especialmente en el entramado volcánico del Brasileirão—, no basta con correr; hay que saber estar y complacer. Como decía el salsero Tito Rojas referido al brusco descenso del “Brujo”: ¡Y dale pa’ bajo! La noticia de su rescisión amistosa con el club paulista cae como un balde de agua fría.
Pasar de la gloria de un título a la rescisión de contrato en un abrir y cerrar de ojos sugiere que algo se rompió más allá de lo muscular. Entre pasillos se habla de indisciplina y problemas físicos, ese «combo» letal que tantas veces ha truncado la carrera del jugador venezolano en el exterior. El «Brujo» se va con el pase en la mano, buscando un nuevo destino, pero dejando en el aire esa pregunta incómoda: ¿Por qué les cuesta tanto a los venezolanos sostenerse en la cúspide cuando ya han hecho lo más difícil?

En la otra cara de la moneda, el Internacional de Bogotá se ha convertido en una suerte de consulado de esperanza para nuestra Vinotinto, bajo la batuta de un viejo conocido, el argentino Ricardo Valiño, Wuilker Faríñez y Carlos «Pipo» Vivas están dictando cátedra de cómo se reconstruye una carrera tras la adversidad. Wuilker, quien ya conoció el frío del olvido tras su larga lesión, ha vuelto a ser ese felino bajo los tres palos. Sus seis atajadas recientes ante el Deportivo Cali no son solo estadísticas; son el grito de un portero que ha decidido brillar «lento pero sostenido».
Por su parte, «Pipo» Vivas se erige como el defensor del futuro (y del presente), siendo el Jugador Más Valioso de su último partido en una liga tan rocosa como la colombiana. El contraste es evidente: mientras uno sale por la puerta de atrás en Brasil, estos dos lideran el torneo colombiano con 540 minutos de impecable regularidad.
Este escenario obliga a reflexionar, de forma obligada, sobre una constante histórica: al futbolista venezolano le sobra talento y «garra», pero parece chocar contra un techo de “cristal” mental o estructural. El salto al estrellato internacional suele ser meteórico, pero la caída, en muchos casos, es igual de estrepitosa. ¿Es falta de madurez, falta de acompañamiento o simplemente la presión de un entorno que no perdona el más mínimo desliz?
Lo de Faríñez y Vivas en Colombia ofrece una pista clara: la importancia de un entorno conocido (Valiño) y la humildad para volver a empezar desde bases sólidas. En cambio, lo del «Brujo» nos recuerda que, en la élite absoluta, el talento sin disciplina es un fuego artificial: brilla mucho, pero dura poco. Ojalá que el aprendizaje de estos tres referentes sirva para que las futuras camadas entiendan que llegar es solo el primer paso; lo verdaderamente heroico es saberse quedar. ¡Veremos!









































