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·7 de julio de 2026

Messi nunca necesitó ser un dios

Imagen del artículo:Messi nunca necesitó ser un dios

En un mundo empeñado en convertir a los ídolos en dioses, la mayor grandeza del argentino siempre ha sido recordarnos hasta dónde puede llegar un ser humano

Creencias, fe, religiones. Qué eterno debate. La existencialidad, los propósitos y los motivos. Cuánta ansiedad pueden llegar a crear. La idealización de la felicidad puede causar estragos, cuando la mayoría de veces esta se encuentra escondida en lo más mundano y cotidiano. Las victorias de Leo Messi, constantemente comparadas con la divinidad, no son más que el efecto del trabajo y sacrificio de una persona normal y corriente.

Leo Messi llora cuando las cosas no le van bien. Leo Messi se emociona cuando gana ‘in extremis’. Leo Messi grita con rabia, ríe a carcajadas y ama apasionadamente. Porque Messi, parezca o no verdad, es la mayor muestra que lo extraordinario no está en aquello que no se puede explicar. Porque si existe un Dios ahí arriba, también se pone las manos en la cabeza viendo lo que hace el argentino.


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Quizá por eso necesitamos elevar a los ídolos a la categoría de dioses. Porque aceptar que un ser humano puede alcanzar semejante nivel de excelencia nos obliga a mirarnos al espejo. Resulta más cómodo atribuir el talento a un don divino que asumir que detrás de cada gesto inolvidable hay miles de horas invisibles, renuncias que nadie aplaude y una obsesión casi irracional por mejorar un poco cada día.

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El manteo de los argentinos a Leo Messi. Fuente: Europa Press.

El milagro de llamarse Leo Messi

La fe mueve montañas, dicen. Pero el esfuerzo también. Y, a diferencia de la fe, el esfuerzo deja huellas, cicatrices y madrugones. Messi nunca ha necesitado milagros para cambiar partidos; le ha bastado con repetir una y otra vez aquello que millones abandonan demasiado pronto. Ahí reside su verdadera excepcionalidad: en demostrar que lo imposible, muchas veces, solo es aquello para lo que nadie ha trabajado lo suficiente. 

Tal vez esa sea la lección que deja el mejor futbolista de todos los tiempos. No hace falta creer que es un dios para admirarlo. De hecho, entender que es profundamente humano hace que todo lo que ha conseguido resulte todavía más increíble. Porque los dioses inspiran devoción. Las personas, en cambio, inspiran esperanza. Y quizá esa sea la mayor obra de Leo Messi: recordarnos que, incluso en un mundo empeñado en buscar respuestas en el cielo, las historias más extraordinarias siguen naciendo aquí abajo. 

Cuando el último estadio apague sus focos y el césped deje de guardar la marca de sus botas, no quedarán los goles, ni los títulos, ni siquiera los récords. Quedará algo mucho más difícil de conservar: la emoción. Esa que obligaba a levantarse del sofá antes de que ocurriera lo imposible. Esa que convertía un domingo cualquiera en una fecha inolvidable. Porque el fútbol olvidará muchos nombres, pero nunca olvidará cómo le hizo sentir Leo Messi. Y porque Jesús necesitó tres días para resucitar, pero a Messi le bastó con diez minutos.

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