Offsider
·22 de julio de 2026
Mucho más que una segunda estrella

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·22 de julio de 2026

Dieciséis años después de Johannesburgo, la segunda estrella ya luce sobre el escudo. Y lo hace gracias a un gol de Ferran Torres. Sí, Ferran. El delantero al que tantos señalaron, al que demasiadas veces dieron por acabado y el mismo que, hace apenas unas semanas, miraba al VAR frente a Arabia Saudí y suplicaba: "Por favor, que sea gol". Aquella noche el destino le dijo que no. Quizá porque le estaba reservando el gol más importante de su vida.
Dentro de unos años, cuando alguien busque el Mundial de 2026, encontrará una fotografía de España levantando la Copa. Pero quienes lo hemos vivido recordaremos mucho más. Porque este no ha sido solo el Mundial de España. Ha sido el Mundial que confirmó que abrir la competición a 48 selecciones no era un capricho. Era una oportunidad.
Durante meses escuchamos que habría demasiados partidos, que bajaría el nivel. Ocurrió lo contrario. Descubrimos nuevas banderas, nuevos himnos y nuevas historias. Vimos a Cabo Verde competir sin complejos hasta convertirse en una de las grandes revelaciones del campeonato. A Curazao demostrando que también tenía un sitio entre los mejores y a Haití celebrando un gol como quien celebra haber llegado, por fin, al lugar donde siempre soñó estar.
Porque el fútbol también consiste en eso: en permitir que quien nunca tuvo voz encuentre un escenario desde el que hablar. Sin embargo, mientras el fútbol quiso ser universal e inclusivo, la realidad del mundo exterior se encargó de recordarnos que todavía no lo es.
Nunca pensé que escribiría sobe un mundial en el que un árbitro designado por la FIFA no pudiera arbitrar por decisión del país anfitrión. Omar Abdulkadir Artan iba a convertirse en el primer somalí en dirigir un partido de una Copa del Mundo. Sin embargo, pasó más de once horas retenido en el aeropuerto de Miami, fue interrogado y finalmente deportado. Estados Unidos alegó problemas en la verificación de sus antecedentes; él defendió que tenía toda la documentación en regla. La FIFA solo pudo apartarlo del torneo. El mejor árbitro africano del año acabó viendo el Mundial desde casa. Hay sueños que una decisión administrativa nunca podrá devolver.
No fue el único.
Sidy Talla, fotógrafo oficial de la selección de Senegal, tampoco pudo cruzar la frontera. Le denegaron el visado para entrar en Canadá y se perdió el partido de su selección frente a Irak en Toronto. Pero se negó a dejar de contar la historia. Desde la habitación de un hotel en Estados Unidos, se colocó el chaleco de fotógrafo acreditado por la FIFA, montó su cámara frente al televisor y fotografió el partido como si estuviera a pie de campo. Después publicó las imágenes junto a una frase que resume mejor que nadie este Mundial: "Dentro o fuera del estadio, la pasión permanece intacta. No importa el escenario, el deseo de contar historias a través de imágenes siempre es el mismo".
Tampoco fue un Mundial igual para todos. Irán llegó al torneo con una planificación condicionada por las restricciones de entrada, las tensiones diplomáticas y unos desplazamientos que ninguna otra selección tuvo que afrontar. Mientras unos solo pensaban en preparar el siguiente partido, otros tenían que preocuparse de cómo llegar al país donde debían jugarlo. En un Mundial que presume de unir al planeta, hubo selecciones que ni siquiera pudieron competir en las mismas condiciones.
Y, por si fuera poco, la política decidió jugar su propio campeonato. La llamada de Donald Trump interesándose por la sanción de un jugador de la selección estadounidense abrió un debate que la FIFA jamás habría querido afrontar. El simple hecho de que el presidente del país anfitrión apareciera en una conversación disciplinaria bastó para recordar que el fútbol hace tiempo que dejó de estar aislado del poder.
Este Mundial tampoco escapó a los debates más incómodos. Varios futbolistas disputaron el torneo mientras seguían abiertos procedimientos judiciales por presuntos delitos de violencia contra las mujeres. La presunción de inocencia debe respetarse, pero el fútbol tampoco puede mirar hacia otro lado cuando el mayor escenario del deporte convive con preguntas que van mucho más allá del balón.
Y llegó la final. Curiosamente, el partido se tuvo que jugar hace meses. La Finalissima entre la campeona de Europa y la campeona de América que nunca llegó a disputarse. El destino decidió que ese enfrentamiento no sería por un trofeo simbólico, sino por la Copa del Mundo.
Durante toda la semana, buena parte del entorno argentino se dedicó a menospreciar a España. "Hay que generar un bullying planetario", llegaron a decir. En España apenas hubo respuesta. Se esperó al partido.
Y el fútbol habló. Habló con una superioridad incontestable: veinte disparos frente a dos, tres goles (aunque dos fueron anulados), un Unai Simón que fue un espectador más de la final y Ferran Torres, quién si no, poniendo el broche de oro al Mundial con el gol de la segunda estrella. Tras el pitido final también quedó retratado el otro lado de una final. Mientras España celebraba, la frustración dio paso a empujones, agresiones y enfrentamientos con varios jugadores españoles.
Pero todavía quedaba una última imagen. Mientras Rodri levantaba la Copa del Mundo, los jugadores argentinos dieron la espalda al nuevo campeón. Solo uno permaneció mirando. Flaco López. Solo él entendió que reconocer al vencedor no te hace más pequeño, te hace más grande. En una noche marcada por la frustración, fue el único que recordó que el respeto también forma parte del fútbol.
Así que no, no solo recordaremos el gol de Ferran Torres que hizo feliz a un país entero. Recordaremos que, durante un mes, el fútbol convivió con la política, con las fronteras y con debates que nunca deberían eclipsar un balón.
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