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·1 de junio de 2026

Por qué el fútbol aprendió a quedarse en Estados Unidos

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En 1994, Estados Unidos organizó una Copa del Mundo en un país donde el fútbol todavía parecía existir lejos del centro de la cultura deportiva nacional. Treinta y dos años después, el Mundial 2026 llegará a un país donde millones de personas crecieron entendiendo el soccer como algo cotidiano.

Después de haber crecido en la frontera entre Ciudad Juárez y El Paso, esa transformación podía sentirse mucho antes de que el resto de Estados Unidos pareciera notarlo. Aquí, el fútbol nunca se sintió extranjero, lejano, no propio.


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Entre dos países

Nací en Ciudad Juárez en 1988. En el verano de 1994 vi a México caer ante Bulgaria apenas unos minutos antes de emprender un viaje familiar a Disneyland, en Anaheim. Durante buena parte del trayecto en autobús, una pequeña televisión portátil alimentada por enormes baterías redondas se convirtió en nuestra ventana al Mundial mientras buscábamos señal entre los canales de Juárez y El Paso, después de haber seguido constantemente el torneo desde casa.

Cruzar a Estados Unidos tampoco era algo extraordinario para mi familia. Como ocurre con miles de personas en esta frontera, crecer significaba vivir entre dos ciudades, dos idiomas y dos culturas que convivían diariamente a ambos lados del Río Bravo.

Con el paso de los años, el fútbol terminaría convirtiéndose en mi profesión. Pero mirando hacia atrás, resulta difícil encontrar una imagen que explique mejor la relación de esta frontera con el deporte que aquella televisión portátil acompañándonos rumbo a California, donde no solo mi padre y yo, sino que otros que iban en el camión, estábamos al pendiente de lo que sucedía.

Mientras gran parte del país giraba alrededor de los domingos de NFL, las Series Mundiales o las Finales de NBA, en esta frontera entre México y Estados Unidos era normal crecer entre transmisiones mexicanas, radios en español, periódicos deportivos cruzando el puente internacional y conversaciones donde el Mundial formaba parte de la memoria colectiva incluso cuando el soccer todavía parecía ocupar un espacio marginal dentro del deporte estadounidense.

El fútbol existía.

Pero muchas veces parecía hablar otro idioma.

Se veía en restaurantes mexicanos donde las televisiones permanecían sintonizadas hacia el otro lado de la frontera, en familias cruzando puentes internacionales para comprar camisetas, en partidos improvisados dentro de parques donde los equipos eran multinacionales y en generaciones enteras que crecieron entendiendo el fútbol como algo propio mucho antes de que el resto del país comenzara a abrazarlo de la misma manera.

Por eso, la Copa del Mundo USA 94 terminó dejando algo más importante que estadios llenos.

Dejó la sensación de que el fútbol finalmente podía echar raíces dentro de Estados Unidos.

Ese Mundial cambió la conversación

Estados Unidos no organizó el Mundial de 1994 como una potencia futbolera tradicional. Lo hizo como un país donde el soccer todavía convivía con la sensación de pertenecer más a comunidades inmigrantes, torneos internacionales o culturas ajenas que al corazón deportivo estadounidense.

Sin embargo, el Mundial dejó imágenes imposibles de ignorar: Jorge Campos y sus uniformes de colores irreales, la melena de ‘El Pibe’ Valderrama y Alexi Lalas, quienes terminaron convirtiéndose en algunas de las caras más reconocibles de aquel torneo, además de una final disputada ante más de 94 mil espectadores en Pasadena, una cifra que terminó convirtiéndose en récord histórico para una Copa del Mundo.

Estados Unidos todavía no era una potencia futbolera tradicional.

Pero por primera vez, el país comenzaba a descubrir que el fútbol podía generar una magnitud emocional y cultural que hasta entonces parecía reservada para otros deportes.

Y más allá de las figuras o los récords de asistencia, ese Mundial mostró al público estadounidense una experiencia deportiva distinta a la que estaba acostumbrado.

Un espectáculo donde la emoción podía mantenerse viva durante dos horas completas.

Donde levantarse por un hot dog o un refresco significaba perderse algo importante.

Donde el ritmo del partido no daba permiso siquiera para parpadear durante los momentos decisivos.

Ese Mundial no transformó inmediatamente la cultura deportiva estadounidense. Pero sí sembró una idea que hasta entonces parecía improbable: que el fútbol pudiera encontrar un espacio permanente dentro del país.

Y quizá lo más importante fue que el soccer comenzó a dejar de sentirse completamente ajeno aquí.

Cuando el soccer y el fútbol comenzaron a encontrarse

Dos años después de ese primer Mundial en Estados Unidos en 1994 se jugó la primera temporada de Major League Soccer, como parte del compromiso adquirido por Estados Unidos ante FIFA para ayudar al desarrollo profesional del fútbol dentro del país.

MLS arrancó en 1996 con diez equipos y con la sensación de representar algo mucho más grande que una nueva competición deportiva. El proyecto intentaba demostrar que el soccer podía sobrevivir dentro de un mercado históricamente dominado por las grandes ligas deportivas tradicionales norteamericanas.

Nuestra liga apareció en un país donde el fútbol-soccer todavía parecía existir solamente durante las Copas del Mundo y donde millones de aficionados latinos continuaban mirando emocionalmente hacia México, Sudamérica o Europa antes que hacia una competición que todavía intentaba descubrir qué quería ser.

No fue un proceso sencillo.

El entusiasmo inicial provocó asistencias importantes durante los primeros años y MLS incluso logró expandirse a doce franquicias en 1998. Pero conforme la novedad comenzó a desaparecer, también aparecieron las dudas alrededor del futuro de la liga.

Los estadios dejaron de llenarse con la misma facilidad. Las audiencias televisivas continuaban siendo limitadas y muchos partidos seguían disputándose dentro de enormes estadios de NFL o de football universitario donde el soccer todavía parecía ocupar un espacio prestado.

En 2001, MLS perdió a Tampa Bay Mutiny y Miami Fusion después de años de problemas financieros y bajas asistencias. La liga volvió a quedarse con diez equipos y durante varios años sobrevivir parecía mucho más importante que crecer.

Algunas franquicias apenas superaban promedios de entre 10 mil y 12 mil aficionados por partido, cifras difíciles de sostener dentro de un país acostumbrado a la magnitud comercial de otras ligas deportivas.

En aquellos años, los rituales que hoy rodean al soccer estadounidense todavía parecían lejanos y el sentido de pertenencia alrededor de muchos clubes todavía se sentía frágil.

Múltiples voces comenzaron a cuestionar si el experimento realmente podría sobrevivir a largo plazo. Pero mientras gran parte del país todavía intentaba entender el soccer, millones de familias ya llevaban décadas viviéndolo como parte de su identidad. Y quizás eso terminó siendo más importante que cualquier campaña de marketing, expansión o fichaje internacional.

Mientras la cultura futbolera seguía creciendo lentamente dentro de comunidades enteras, MLS comenzó también su propia reconstrucción.

La hora de la consolidación del fútbol en Estados Unidos

A partir de 2002 la liga entró en una etapa donde la prioridad dejó de ser expandirse rápidamente y pasó a concentrarse en sobrevivir, estabilizarse económicamente y construir una identidad más sólida alrededor del soccer estadounidense.

MLS cambió, comenzó a apostar por estadios específicos para fútbol, nuevas estrategias de mercado y proyectos que intentaban conectar de manera más natural con distintas comunidades dentro del país.

La expansión regresó en 2005 con la llegada de Real Salt Lake y Chivas USA, mientras ciudades como Houston y posteriormente Toronto comenzaron a demostrar que el fútbol podía seguir encontrando nuevos espacios dentro de Norteamérica.

Poco a poco, el soccer dejó de sentirse como un evento ocasional para convertirse en parte de la rutina semanal de millones de personas.

Las camisetas de MLS comenzaron a verse en escuelas, bares y reuniones familiares donde durante décadas solamente habían convivido jerseys de Cowboys, Lakers, Yankees o clubes internacionales.

Poco a poco, en esta frontera también comenzó a volverse habitual encontrarse a niños usando playeras de clubes como FC Dallas o Houston Dynamo como parte cotidiana del paisaje.

Padres comenzaron a llevar a sus hijos al estadio como parte de una nueva tradición de fin de semana, mientras nuevas generaciones crecían sintiendo al fútbol cada vez menos lejano.

La cultura futbolera que creció entre dos mundos

El fútbol en Estados Unidos nunca terminó copiando completamente a Sudamérica ni a Europa, sino que construyó algo propio.

Las tribunas comenzaron a llenarse de bufandas, bombos, humo y canciones en spanglish que poco a poco dejaron de sentirse extrañas dentro del paisaje deportivo estadounidense. Los tailgates comenzaron a convivir con tifos y caravanas, mientras distintas generaciones mezclaban tradiciones latinoamericanas con algo profundamente estadounidense: el espectáculo, el entretenimiento y la experiencia construida alrededor del evento deportivo.

La cultura futbolera estadounidense terminó creciendo como una mezcla de influencias tan diversa como la propia población del país.

Aquí, el fútbol podía comenzar entre carne asada y reuniones de hinchas en el parking del estadio, continuar entre bombos y canciones dentro de la tribuna y terminar convertido en clips, memes y conversación permanente dentro de redes sociales.

Más que intentar parecerse completamente al resto del planeta, el soccer estadounidense aprendió a construir su propia identidad alrededor de ciudades, clubes y comunidades que comenzaron a vivir el deporte a su manera.

Conforme fueron apareciendo estadios específicos para fútbol, también comenzó a crecer el sentido de pertenencia alrededor de los clubes.

En Estados Unidos, el soccer nunca terminó creciendo de forma igual en todas partes.

En ciudades como Seattle o Portland, el fútbol encontró espacio dentro de culturas deportivas donde las tribunas comenzaron a construir identidades intensas alrededor de los clubes. En Atlanta, el soccer terminó mezclándose con la lógica del espectáculo masivo estadounidense dentro de estadios repletos. En Los Ángeles y Miami, el fútbol convivió naturalmente con comunidades latinas que durante décadas ya habían vivido el deporte como parte cotidiana de su identidad cultural.

Distintas ciudades comenzaron a abrazar el fútbol de maneras completamente diferentes, pero todas terminaron ayudando a que el soccer dejara de sentirse ajeno dentro del paisaje deportivo estadounidense.

Nuevas generaciones crecieron heredando clubes estadounidenses por primera vez. Y quizá ahí terminó ocurriendo uno de los cambios culturales más importantes.

Durante décadas, millones de familias latinas dentro de Estados Unidos se enamoraban de escudos que existían a miles de kilómetros de distancia. América, Chivas, Boca Juniors, River Plate, Real Madrid o Barcelona formaban parte de la memoria futbolera de generaciones enteras que crecieron viendo el deporte como un vínculo emocional con otros países y otras ciudades.

Pero algo comenzó a cambiar lentamente. Por primera vez, los hijos de esas familias comenzaron a crecer experimentando la pasión en clubes nacidos dentro de Estados Unidos.

La liga que dejó de sentirse ajena

La llegada de figuras internacionales ayudó a acelerar esa transformación.

Figuras globales como Kaká, Zlatan IbrahimovicThierry Henry o David Villa ayudaron a acercar culturalmente la liga a comunidades que durante años observaron MLS con distancia.

Pero ningún nombre terminó alterando tanto la conversación alrededor del soccer estadounidense como David Beckham.

La llegada del inglés a LA Galaxy en 2007 no solamente colocó a MLS dentro de la conversación futbolera global. También provocó un cambio estructural para la liga con la creación de la ‘regla del Jugador Franquicia’, una medida que terminó abriendo la puerta para que estrellas internacionales pudieran llegar al fútbol estadounidense sin romper completamente el modelo financiero del torneo. Entre los primeros de esa generación estuvieron Cuauhtémoc Blanco, Juan Pablo Ángel y Guillermo Barros Schelotto.

Por primera vez, MLS dejó de sentirse únicamente como una liga intentando sobrevivir y comenzó a proyectarse como una competición capaz de atraer figuras globales.

Y mientras Beckham ayudaba a transformar la percepción internacional de la liga, Landon Donovan comenzaba también a convertirse en uno de los primeros grandes rostros modernos del fútbol estadounidense. El atacante se convirtió en un símbolo del fútbol de este país: no por nada el premio al Jugador Más Valioso de cada temporada de MLS lleva su nombre.

El soccer en Estados Unidos ya no solamente comenzaba a importar estrellas.

También empezaba a producir referentes propios.

Años después, Beckham volvería a aparecer en otro momento decisivo para la historia del fútbol estadounidense, ahora como uno de los propietarios de Inter Miami CF y como una de las piezas centrales detrás de la llegada de Lionel Messi a MLS.

Y ahí terminó cerrándose otro círculo.

Messi no llegó a construir la pasión futbolera dentro de Estados Unidos.

Para cuando el campeón del mundo aterrizó en Miami, millones de personas llevaban décadas construyendo rituales, pertenencia y cultura alrededor del fútbol dentro del país.

Lo que hizo su llegada fue terminar de validar ante el resto del planeta una transformación que llevaba años ocurriendo dentro de Estados Unidos.

El soccer ya no estaba intentando encontrar un espacio dentro del país.

Había aprendido a quedarse.

Cuando el círculo terminó cerrándose

Por eso, el Mundial 2026 llegará a un país muy distinto al que organizó USA 94.

Esta vez, el fútbol ya no aparecerá como una curiosidad ocasional dentro de la cultura deportiva estadounidense ni como un deporte intentando encontrar legitimidad frente a otras ligas históricamente dominantes.

Llegará a un país donde millones de personas crecieron entendiendo el soccer como parte de su vida cotidiana.

Un país donde el fútbol dejó de sentirse extranjero.

Y quizá eso era algo que desde lugares como El Paso-Juárez podía verse venir desde hace mucho tiempo.

Porque antes de que Estados Unidos aprendiera a quedarse con el fútbol, en esta frontera el fútbol ya se había quedado con nosotros.

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