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La Galerna

·7 de febrero de 2026

Real Madrid-Benfica, en diferido

Imagen del artículo:Real Madrid-Benfica, en diferido

Sin tener forma de comprobarlo ni demostrarlo, estoy casi seguro de que la primera vez que escuché mencionar el nombre del Benfica debió de ser en el coche. La palabra tuvo que llegar a mí en una casete de esas que se oían hasta la saciedad en los inacabables viajes a la playa, haciéndose carne en la garganta de Joaquín Sabina cuando aún tenía voz:

Pronto en cada ventana hubo un marido a la hora en que montaba el show mi chica, aunque la tele diera en diferido el Real Madrid-Benfica.


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Eva tomaba el sol en pelotas en su balcón y el club lisboeta era, como el Madrid de aquellos años, un vestigio del mundo en blanco y negro que se resistía a morir en la memoria de esos maridos, hombres ya cuarentones o más que eso. Un duelo que remitía a la gloria gris de las primeras Copas de Europa. Los dos primeros campeones, nada menos. 5 títulos seguidos uno, 2 el otro. Lo que en la NBA llaman, con acierto, dinastías, pues de una temporada a otra los rostros cambian, pero permanece sobre ellas la corona.

Era aquel el mítico equipo de Eusebio y del entrenador húngaro Béla Guttman que, como es bien sabido, fue tanto el artífice del éxito como el padre de la maldición: En cien años, desde hoy, el Benfica sin mí no ganará una copa europea, dijo al ser despedido. Y ahí siguen, anclados en sus 8 finales perdidas desde entonces, seis largas décadas después. Así las cosas, el malditismo de los portugueses y la travesía del desierto de los blancos deparó la circunstancia increíble de que hayan pasado 64 años sin enfrentarse... hasta hace unos días. La canción de Sabina de los 80 pertenece, por tanto, al momento central de ese vacío y refleja bien sus coordenadas: equipos del pasado, pero con nombres capaces de clavar ante el televisor a Don Fulano de Tal, salvo que una Eva al desnudo ofrezca por los balcones algo mejor que llevarse a los ojos.

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Conviene recordar que ese fue el mundo en el que nos criamos: el Madrid estuvo tres décadas sin oler el metal de la Copa de Europa que es, a fin de cuentas, el que lo ha definido como club. De la senda del Benfica nos salvó la Séptima en Ámsterdam y todo lo que vino después que, como el propio siglo, ya fue otra historia. Tanto es así, que en los últimos tiempos la diferencia de entidad entre uno y otro se ha hecho tan notable que la bola del Benfica como rival en una eliminatoria siempre se hubiese observado como un sorteo favorable. Y si no llegó a tomarse sólo fue porque el azar quiso que en más de medio siglo no sucediese nunca... hasta el bombo interruptus de la Champions de 2022, la 14, la más inolvidable de todas.

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Ya saben: la mano inocente de turno nos había emparejado con un rival fácil (los lectores habituales de prensa deportiva también saben esto: al Madrid siempre le tocan rivales fáciles antes de jugar y en horas bajas después de haberlos eliminado), pero el destino se guardaba un as perverso en la manga. La queja del Atlético de Madrid por la irregularidad a la hora de sacar su emparejamiento hizo repetir todo el sorteo, que hasta ahora sólo había deparado el cruce que nos ocupa y que quedó, una vez más, pospuesto (podemos considerar esta acción colchonera como su tercera mejor aportación del siglo en lo que al palmarés del Madrid se refiere). Y menos mal que fue así, porque en su lugar hubo que subir la Escalera de Jacob, el delirio y la gloria, el escenario insólito en que de pronto el Madrid era inferior a todos los rivales que le iban tocando (todos los jeques del nuevo orden mundial del planeta fútbol puestos en fila y en orden de revista) y no le quedó otro más remedio que remontarles a todos.

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Este recuerdo tan próximo —y a la vez tan lejano a nuestras sensaciones cotidianas de esta temporada— resulta hoy más pertinente que nunca, porque fue la demostración empírica de una realidad del alma madridista, que es la encarnación del espíritu mismo del fútbol: es en la dificultad cuando uno debe probar que es capaz de rebasarse a sí mismo. Nuestra reciente visita a Lisboa se saldó con un chaparrón donde la épica siempre estuvo en el lado contrario: el gol de portero Trubin en el último minuto del descuento forma parte ya de los momentos más memorables de la competición, sin descargo de la jaimitada defensiva, la falta que no fue y todo lo demás. El Madrid se fue del Estádio da Luz, de tan grato recuerdo hasta esa noche, vapuleado y humillado. Y ahora nos encontramos con que, después de 64 años de vacío, el destino ha querido citarnos por triplicado con un José Mourinho en horas bajas (un Béla Guttman moderno, capaz de invocar maldiciones con sólo abrir la boca), en un incierto paseo por el purgatorio. Aquí vamos a saber si de verdad queda sangre en las venas de la plantilla, si aún sienten la necesidad de imponerse a las limitaciones allá donde se ha naufragado antes, donde ya no se puede esperar nada más que agua.

La primera eliminatoria entre ambos equipos en más de seis décadas llega muy tarde para vengar la derrota en la final de la Copa de Europa de 1962, pero muy pronto para dejar que se apacigüe la lacerante herida de hace unos días. Y aunque se trate de un play-off humillante para las expectativas continentales del club, sólo saldrá bien si en el vestuario logran vivirlo como el partido del siglo, pues a fin de cuentas lo es. Del siglo pasado, claro, porque si algo supimos los de mi generación es que el Madrid-Benfica, cuando llegase, tendría que ser un partido en diferido.

Si sale mal, siempre nos quedará cotillear los balcones ajenos hasta el otoño que viene para ver si —después de haber perdido el paraíso una vez más— aún nos queda algo que mirar. Por ahí debe de haber todavía, siquiera en la imaginación, alguna Eva tomando el sol.

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Getty Images

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