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·17 de agosto de 2026
River Plate ganó su primer partido y le quitó el invicto al Argentinos de Brayan Cortés

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El estadio, que durante los últimos partidos se había convertido en un escenario de reproches, insultos y señalamientos hacia futbolistas que no encontraban respuestas, recuperó por momentos su condición natural de refugio y celebración. Los brazos que recientemente se levantaban para cuestionar a los jugadores esta vez se elevaron en señal de euforia y, sobre todo, de alivio. Porque la situación había llegado a un punto prácticamente insostenible. Después de la derrota frente a Tigre, Coudet había reconocido que los plazos comenzaban a acortarse y que el fusible más inmediato podía ser él mismo si no conseguía detener una hemorragia de derrotas que amenazaba con llevarse puesto todo el proyecto.
Después de una eliminación sonrojante en la Copa Argentina ante Aldosivi y de cuatro derrotas consecutivas en el Clausura, finalmente llegó la primera victoria. Y llegaron también los primeros goles. Parece difícil de explicar que un equipo con semejante inversión, con tantos nombres y con una expectativa tan elevada haya necesitado esperar tanto para encontrar una respuesta futbolística y emocional. River tardó demasiado en arrancar, en ofrecer argumentos y, especialmente, en generar alguna ilusión. Pero el cambio comenzó a insinuarse cuando por primera vez lograron coincidir Thiago Almada y Ángel Correa, las dos contrataciones más estelares de un mercado en el que el club apostó fuerte y que, hasta ahora, no había encontrado correlato dentro de la cancha.
La importancia de ambos excede incluso lo estrictamente futbolístico. Son dos jugadores que no parecen sentir el peso de la pelota cuando el partido exige asumir responsabilidades. Y precisamente ese era uno de los grandes males que venía mostrando River: demasiados futbolistas jugando condicionados por el contexto, por el resultado anterior y por el temor a cometer un nuevo error. Correa participó en la construcción del primer gol y luego fue quien recibió la infracción que terminó en el penal convertido para establecer el 2-0. Fue, además, uno de los puntos más altos de un equipo que encontró en su individualidad ofensiva una vía de escape frente a la presión.
Almada también tuvo incidencia en el 1-0 de Montiel y mostró esa cuota de desparpajo que puede resultar determinante para un equipo atrapado entre los nervios, la urgencia y las exigencias de una camiseta que no permite demasiado margen para la paciencia. La sociedad Correa-Almada, además de tener una relación cercana fuera de la cancha, parece comenzar a producir un efecto positivo dentro de ella. Hay una vibración diferente, una energía que permite que River juegue algo más relajado y que, en el buen sentido, se atreva a disfrutar nuevamente del fútbol.
River no podía postergar un segundo más la obligación de comenzar a justificar en la cancha la enorme inversión realizada durante el mercado de pases. El dinero destinado a incorporar futbolistas había generado expectativas proporcionales a su magnitud, pero el equipo venía dilapidando ese crédito con actuaciones sin respuestas, partidos desconcertantes y momentos en los que parecía no saber cómo reaccionar ante la adversidad.
La llegada de Thiago Almada, cuyos 20 millones de dólares lo transformaron en la contratación más cara de la historia del fútbol argentino, debía representar justamente una bisagra. Su incorporación fue pensada para cambiar la ecuación de un equipo que venía sumido en la impotencia y la desorientación. Y, como ya había sucedido con otras contrataciones, el campeón del mundo en 2022 fue titular apenas después de un puñado de entrenamientos junto a sus nuevos compañeros. En este River, los tiempos de espera se redujeron drásticamente: las exigencias son inmediatas y los períodos de adaptación, necesariamente, deben acelerarse.
Para intentar dejar atrás las cuatro derrotas consecutivas, Coudet presentó una quinta formación, nuevamente con modificaciones. La defensa fue el sector que mantuvo mayor estabilidad, aunque con la excepción de Ortega, quien reemplazó al lesionado Acuña. No necesariamente porque la última línea ofreciera garantías absolutas, sino porque, al menos individualmente, reúne futbolistas capaces de entregar un nivel superior al que el equipo había conseguido mostrar colectivamente. Frente a Argentinos, sin embargo, hubo una diferencia significativa: la zaga respondió con mayor concentración y Martínez Quarta no cayó en los errores que habían condicionado actuaciones anteriores.
Del mediocampo hacia adelante apareció el verdadero reacomodamiento. Freitas se ubicó como una especie de carrilero por la derecha, combinando funciones de volante y extremo; Almada partió desde la izquierda, aunque con una tendencia permanente a cerrarse para involucrarse en la elaboración; Andrada, como auxiliar de Moreno, recibió la misión de soltarse con mayor frecuencia; mientras que la doble punta quedó conformada por Correa y Lucas Beltrán.
Fue Correa quien desde el comienzo intentó contagiar atrevimiento, conducción y personalidad. Su actitud contrastó con la de un equipo en el que todavía son demasiados los futbolistas que juegan con el freno puesto y que sienten sobre sus espaldas el peso de un comienzo de semestre absolutamente decepcionante.
El partido, además, estaba cargado de riesgos. River había quedado en evidencia frente a rivales que, en los papeles, eran inferiores a este Argentinos, que llegaba al Monumental como líder, con puntaje ideal y con una idea de juego reconocible, trabajada y afianzada. La fotografía de la actualidad era contundente: el Bicho, aun teniendo muchos menos nombres de jerarquía que River, funcionaba mejor como equipo. Y esa diferencia podía convertirse en un factor determinante si el conjunto de Coudet comenzaba a jugar condicionado por su propia ansiedad.
Durante buena parte de la primera etapa, River continuó lidiando con uno de sus principales problemas: la escasa fluidez. Hubo voluntad, hubo necesidad de recuperarse y se percibieron claramente las ganas de reivindicarse frente a su gente. Pero las buenas intenciones no siempre encontraron los caminos adecuados para transformarse en fútbol. Argentinos, mientras tanto, se mostró tranquilo, incluso demasiado. El líder no pareció dispuesto a acelerar permanentemente ni a explotar con decisión todas las debilidades que River venía arrastrando.
En un escenario donde el empuje y el corazón podían resultar más determinantes que la elaboración, Montiel volvió a aparecer como uno de los nombres propios. Mientras Lucas Beltrán continuaba sin conseguir imponerse dentro del área, el lateral derecho terminó ejerciendo prácticamente como un centrodelantero para aprovechar una pelota que había quedado suelta y marcar el 1-0.
El gol tuvo un valor mucho mayor que el estrictamente estadístico. River llevaba 399 minutos sin convertir, una sequía extraordinaria para un equipo de semejante jerarquía y presupuesto. Durante ese período había acumulado frustraciones, dudas y cuestionamientos, por lo que el tanto de Montiel significó también romper una barrera psicológica. Más que un simple gol, fue una señal de que el equipo finalmente podía volver a encontrarse con aquello que había perdido: la capacidad de celebrar.
En el segundo tiempo, sin embargo, River tuvo que convivir con otra sensación conocida: el miedo a perder una ventaja. El equipo cuidó el resultado con ciertos temores, propios de un conjunto que se había desacostumbrado a ganar y que todavía no conseguía espantar por completo los fantasmas de las últimas semanas.
Argentinos tuvo sus oportunidades. El remate de López Muñoz que terminó en el travesaño fue una advertencia clara y hubo otras aproximaciones que volvieron a instalar cierta incertidumbre en el Monumental. La victoria todavía no estaba asegurada y River lo sabía. El pasado reciente pesaba demasiado como para permitir una relajación completa.
También Coudet sintió ese vértigo. El entrenador decidió reforzar la contención con los ingresos de Vera por Freitas y Rivero por Almada, buscando proteger una ventaja que todavía parecía demasiado frágil. La decisión reflejaba el momento del equipo: River necesitaba ganar, pero también necesitaba aprender nuevamente a cerrar los partidos, a convivir con la ventaja y a resistir sin que cada ataque rival se transformara automáticamente en una amenaza de catástrofe.
El partido parecía encaminarse hacia un cierre sufrido, casi como una extensión lógica de todo lo ocurrido en las últimas semanas. Hasta que apareció nuevamente Correa. El delantero siguió su instinto, encaró, eliminó a dos rivales y obligó a Florentín a cometerle penal. Esta vez no hubo dudas: llegó el 2-0 y, con el descuento incluido, quedaron ocho minutos para que River pudiera comenzar a quitarle peso a una mochila cargada durante demasiado tiempo con frustraciones, derrotas y cuestionamientos.
El festejo tuvo un significado especial. Titulares y suplentes se abrazaron juntos porque el momento crítico que atraviesa River requiere precisamente eso: unidad. No es posible saber todavía si esta victoria representa un verdadero punto de inflexión o apenas un alivio momentáneo en medio de una crisis que todavía no desapareció. Pero sí existe una diferencia fundamental respecto de las jornadas anteriores: por primera vez en mucho tiempo, River encontró una respuesta cuando más la necesitaba.
La victoria no borra las cuatro derrotas consecutivas, tampoco la eliminación ante Aldosivi ni las dudas que todavía persisten sobre el funcionamiento colectivo. Mucho menos resuelve automáticamente los problemas que llevaron al equipo a esta situación. Pero puede devolver algo que parecía haberse perdido: confianza.
Y en el fútbol, especialmente cuando un equipo atraviesa una crisis de resultados y de identidad, recuperar la confianza puede ser el primer paso para recuperar todo lo demás. River necesitaba goles, necesitaba ganar y necesitaba volver a sentir que sus grandes nombres podían hacerse cargo de los partidos. Frente a Argentinos consiguió las tres cosas.
Ahora deberá demostrar que no fue solamente una noche de alivio en el Monumental, sino el comienzo de una reacción capaz de transformar una inversión millonaria y un plantel repleto de figuras en aquello que hasta ahora no había conseguido ser: un equipo competitivo, reconocible y capaz de responder cuando la presión aprieta.
/Julián Lautaro Luque, corresponsal de todo futbol en Argentin







































