La Galerna
·14 de abril de 2026
Siempre todavía

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Hace cuatro años, Karim Benzema nos regaló una de las más bellas descripciones del madridismo que se hayan hecho nunca: «Vamos a hacer una cosa mágica, que es ganar». Con su poesía y aire de místico sufí, el mejor nueve de la historia del club se refería a remontarle la eliminatoria de semifinales de aquella Copa de Europa al Manchester City de Pep Guardiola. En aquella ocasión el resultado adverso era el mismo que, mañana, el Madrid afrontará en el Allianz Arena ante el Bayern de Múnich: habiendo perdido por un gol de diferencia en el partido de ida y no contando ya el valor doble de los goles en campo contrario, el desafío resulta ser el mismo: meter dos goles más que el contrario.
Y misma es la camiseta, aunque no mismos los jugadores.

El escudo sí que es también el mismo. y la Historia, en todo caso y como decía Machado, no está escrita. Por mala que haya sido hasta hoy la temporada, y por malos que hayan sido los resultados desde el día ya lejanos de la final de Londres: hombres del Real, «¡qué importa un día!» Ni el pasado ha muerto ni está el mañana, ni el ayer, escrito.
Por lo tanto, y en tanto que once tipos vestidos de blanco salten al césped de un campo de fútbol en Baviera, hoy es siempre todavía. Y el eco de las hazañas hechas por esa camiseta en ese campo, y en tantos otros campos en los que se juega y se presencia el fútbol en Europa y en todo el mundo, sigue retumbando. Retumba más en las cabezas de los otros que en las propias. Son vestigios de apariciones sobrenaturales y reliquias de sucesos extraordinarios que, aunque el madridista los haya naturalizado y los considere parte del paisaje, siguen siendo inexplicables para un porcentaje muy amplio de la población mundial. Que los sufrieron y los vieron desde fuera igual que los esclavos del Antiguo Egipto veían el poder de los faraones: como lo inevitable.
No digo que el Madrid de Arbeloa, como el cadáver del Cid montado sobre la grupa de su caballo Babieca, tenga también que ganar batallas después de muerto, sino que aún se debe creer que el Madrid está vivo. y que todavía es un dios del fútbol que como el Dios ibero del poema, «dueño de fortuna y de pobreza, ventura y malandanza», es, sobre la mar, camino.
el eco de las hazañas hechas por esa camiseta en ese campo, y en tantos otros campos en los que se juega y se presencia el fútbol en Europa y en todo el mundo, sigue retumbando
Al fin y al cabo tan sólo se trata de subvertir las leyes de la razón y de la lógica, poner patas arriba el mundo y negar las fundadas razones de la estadística. ¿Acaso no es esa, exactamente, la naturaleza misma del fenómeno llamado Real Madrid? El phainómenon de los filósofos griegos era, literalmente, lo que brilla, lo que se muestra. Y como recordaban las palabras de Benzema, el Madrid es, fundamentalmente, hacer: acción.

Casi nadie nunca remonta una eliminatoria de esta magnitud habiendo perdido el primer partido y además, en casa. Casi nunca, tampoco, se da el milagro de jugar bien y de ganar en el Día D y la Hora H cuando en todo el año se ha dado lástima y pena y vergüenza. Pero tampoco es verosímil creer que se pueden ganar nueve finales seguidas, y es el Madrid quien ha atentado ya, con su inverosímil poder de taumaturgia, contra las normas elementales de la probabilidad y contra los procesos de la estocástica.
El Madrid, además, llega en la mejor disposición de ánimo imaginable, muerto en vida y sin miedo ni esperanza: teniendo en cuenta que muchas veces sus erupciones volcánicas vienen precedidas por esa actividad stromboliana que consiste en tirar ligas y copas de manera miserable y hundir al hincha en una depresión profunda, el momento se presume ideal para llevar a cabo la quijotada prodigiosa.

Los argumentos para creer en una noche de grandeza en Alemania son libres, como el miedo. Cada uno tiene los suyos. En realidad, son los de siempre: sacar en procesión a Mendy, abrirle a Valverde la puerta de toriles y que Vinicius, por la izquierda, despierte en las habitaciones más íntimas de la sangre del Bayern los fantasmas de la danza con la muerte que hace veinte años bailaron, en las ruinas del Olympiastadion, Zidane y Roberto Carlos. Es posible también creer en el sortilegio de la amistad o perseverar en el método del caos; o que Camavinga puede ser un buen jugador de fútbol, pues ya decía Camacho que el secreto, en el fondo, está en el blanco de la camiseta del Madrid: que agranda.
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