Major League Soccer
·12 de junio de 2026
Son Heung-min descubre en el Mundial el nuevo mapa cultural de MLS

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·12 de junio de 2026

By Ariel Judas
El Mundial 2026 acaba de regalar una escena imposible de imaginar hace una década: miles de aficionados mexicanos alentando a Corea del Sur en Guadalajara mientras Son Heung-Min, estrella del LAFC, lideraba a su selección. No fue una casualidad ni un simple recuerdo de Rusia 2018. Fue la confirmación de que el fútbol en Norteamérica está construyendo una nueva geografía cultural, una en la que la MLS se ha convertido en el punto de encuentro entre comunidades, identidades y diásporas de todo el mundo.
Aquella tarde en Kazán, cuando República de Corea derrotó a Alemania y permitió que México avanzara a los octavos de final, nació una de las relaciones más inesperadas que ha dejado el fútbol moderno. Los memes, las muestras de agradecimiento y las bromas sobre convertir a Son en “mexicano honorario” parecían una simple anécdota de redes sociales. Ocho años después, esa simpatía sigue viva y encontró en el Mundial 2026 el escenario perfecto para volver a florecer.
Pero hay algo todavía más profundo detrás de esta historia: Son ya no es un visitante ilustre. Hoy es una figura cotidiana del deporte norteamericano.
Su llegada al Los Angeles Football Club en 2025 no solo representó uno de los fichajes más importantes en la historia de la MLS. También confirmó que la liga ya no depende únicamente de la atracción de Latinoamérica y Europa para construir su identidad. Ahora es capaz de incorporar íconos globales que movilizan comunidades enteras. El “efecto Son” se sintió desde su primer partido como visitante, cuando miles de aficionados de origen coreano se desplazaron para verlo jugar, y explotó con las ventas de camisetas, solo superadas por Lionel Messi.
MLS descubrió que la inmigración no es solo una característica demográfica de Estados Unidos; es uno de sus mayores activos culturales. Lo que durante décadas ocurrió con las comunidades mexicanas, argentinas, colombianas o salvadoreñas, ahora sucede también con la población coreana. El fútbol funciona como un punto de encuentro para identidades que conviven todos los días en ciudades como Los Ángeles, Nueva York o Dallas.
Por eso importa tanto que el Mundial se juegue en Norteamérica. Porque las selecciones ya no aterrizan en un territorio ajeno: juegan frente a comunidades que viven aquí, trabajan aquí y sienten que este torneo también les pertenece. Se calcula que cerca de dos millones de personas de origen coreano residen en Estados Unidos, una parte importante de ellas en California. Para muchos, acompañar a Son en Guadalajara es casi tan natural como seguir al LAFC un fin de semana de MLS.
Y aquí aparece otra lectura que explica por qué esta historia importa en 2026. Durante mucho tiempo, la conversación alrededor de MLS giró alrededor de una pregunta: ¿puede esta liga atraer estrellas mundiales? La llegada de Messi respondió definitivamente a ese interrogante. La llegada de Son abrió uno nuevo: ¿puede la MLS convertirse en el punto de encuentro de las grandes diásporas y comunidades inmigrantes que definen la identidad de Norteamérica?
La respuesta parece ser un rotundo sí también. El Mundial no está creando esa realidad; simplemente la está haciendo visible. El mismo evento en el que un influencer alemán se vuelve viral por descubrir los restaurantes de carretera estadounidenses es el que permite también que miles de aficionados mexicanos adopten como propio a un delantero coreano que juega en Los Ángeles. Es un fenómeno imposible de entender únicamente desde el fútbol. Tiene que ver con migraciones, con cultura pop, con el K-Pop, con Hollywood, con la globalización y con la manera en que las grandes ciudades estadounidenses mezclan identidades y se convierten nodos globales.
Y esa mezcla es también una historia profundamente latina.
Porque la comunidad latina ha sido durante décadas la que enseñó a la MLS y al fútbol estadounidense que el deporte podía vivirse como un acto cultural y familiar, más allá del resultado. Hoy ese modelo se expande. El apoyo mexicano a Corea del Sur, la popularidad de Son en Los Ángeles y el ambiente que se vivió en Guadalajara reflejan un nuevo tipo de identidad compartida: la de comunidades migrantes que encuentran en el fútbol un idioma común.
Tal vez dentro de unos años, el partido entre Corea del Sur y República Checa no sea recordado por el gol de Oh Hyeon-Gyu ni por la remontada del equipo rojo. Tampoco por el gran partido del exvolante de Vancouver Whitecaps FC Hwang In-Beom, autor de un tanto y una asistencia en un partido personal de nivel épico.
Tal vez quede en la memoria por otra razón: porque mostró que el Mundial 2026 ya no es solamente un torneo de selecciones. Es la celebración de un continente donde las fronteras culturales son cada vez más difusas y donde la MLS, silenciosamente, se ha convertido en uno de los grandes puntos de conexión entre ellas.
La conversación que abre esta historia es enorme. ¿La MLS debe seguir pensándose solo como una liga de fútbol o como una plataforma cultural capaz de representar a las múltiples comunidades que conviven en Norteamérica? ¿El próximo gran mercado global de la liga está únicamente en América Latina o también en Asia? ¿Y hasta qué punto el Mundial 2026 no será recordado por los partidos, sino por haber demostrado que el fútbol ya es el lenguaje común de la diversidad estadounidense?
El caso de Son parece ofrecer una pista. Ocho años después de que México le agradeciera por eliminar a Alemania, miles de aficionados volvieron a cantar por él en Guadalajara. Ya no porque necesitaban un favor. Simplemente porque, en cierto modo, sienten que es uno de los suyos.
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