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·18 de junio de 2026
Suiza-Bosnia y Herzegovina: El que perdona, paga

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·18 de junio de 2026

El SoFi Stadium de Inglewood —rebautizado Los Angeles Stadium para el Mundial— acoge este jueves (21:00, hora española) un duelo europeo que huele a final anticipada. Suiza y Bosnia y Herzegovina abren la segunda jornada del Grupo B igualadas a un punto, en una zona donde nadie ha despegado: el 1-1 helvético ante Catar y el 1-1 bosnio frente a la anfitriona Canadá dejaron a las cuatro selecciones empatadas en la salida. Con el margen de error reducido a cero, la victoria ya no es una opción: es una necesidad. Es, además, el primer cruce mundialista entre ambas naciones, y el partido que la historia habría reservado para Italia… si Bosnia no la hubiera dejado en el camino.
La selección de Murat Yakin fue la gran damnificada de la primera jornada. Dominó a Catar de principio a fin, acumuló 26 disparos, pero terminó solo calentando los guantes del portero rival. El penalti de Embolo prometía una victoria cómoda hasta que el descuento se la arrancó de cuajo. Para una Suiza acostumbrada a la solvencia —ha alcanzado los octavos en sus tres últimos Mundiales—, el guion fue una traición a sus propias costumbres.
El diagnóstico, en boca del propio seleccionador, fue tan sereno como contundente:
"No tenemos nada que reprocharnos. Si miras las estadísticas tuvimos 26 disparos, pero al final solo acabamos calentando al portero. Necesitamos trabajar nuestra precisión y nuestra confianza. Si no aprovechas tus ocasiones, te acaba pasando factura", admitió Murat Yakin.
El vestuario asumió el mensaje sin matices. Xhaka reconoció que el equipo "perdió un poco la paciencia" ante la urgencia de sentenciar, y Rubén Vargas describió el tropiezo como un "llamado de atención" necesario antes de que el grupo se complique. La autocrítica, en una plantilla con 17 mundialistas y con Xhaka y Ricardo Rodríguez afrontando su cuarta Copa del Mundo, suena más a corrección de rumbo que a alarma.
En lo personal, Yakin afronta la cita con una baja sensible en la rotación, la del lateral Miro Muheim, y sin sancionados. El plan, sin embargo, no se tocará en lo esencial: el técnico repetirá su 4-2-3-1 compacto, con el doble pivote Xhaka–Freuler como termostato del partido y los carriles de Ndoye y Vargas como vía de escape. La pregunta no es el cómo, sino el cuándo: a Suiza no le falta fútbol, le falta puntería. Y enfrente tendrá a un rival que castiga precisamente esa carencia.
Si Suiza es el equipo que perdona, Bosnia y Herzegovina ha construido su identidad sobre lo contrario. Los de Sergej Barbarez llegaron a este Mundial tras una clasificación de aliento épico —eliminaron a Italia y a Gales en la tanda de penaltis—, y debutaron rescatando un punto ante Canadá con un cabezazo tempranero de Jovo Lukic, el gol más madrugador de su historia en la competición. Que Larin igualara en el 78' no borró el mensaje: este es un bloque físico, solidario y difícil de batir, con la etiqueta de matagigantes bien ganada.
El seleccionador, eso sí, no se escondió tras el empate y exhibió la misma franqueza que su colega suizo:
"Tendré que levantar el ánimo de mi equipo porque estaban un poco caídos. Tuvimos la opción de ponernos 2-0, pero también estuvimos cerca de encajar dos, así que fue un resultado justo. En general fuimos demasiado pasivos: la idea era sorprender al rival, pero no lo ejecutamos bien", analizó Sergej Barbarez.
Ese exceso de prudencia es, quizá, la única corrección pendiente de un equipo que basa su propuesta en el repliegue, la intensidad y la transición rápida. La velocidad de Bajraktarevic en el contragolpe y la veteranía de hombres como Edin Dzeko y Sead Kolasinac son las armas con las que Bosnia pretende incomodar la salida de balón suiza y golpear cuando La Nati se estire en busca del gol que tanto le costó frente a Catar. La principal novedad obligada es la ausencia por lesión del delantero Haris Tabakovic; no hay sancionados.
Para una nación cuya única experiencia mundialista se quedó en la fase de grupos de Brasil 2014, este partido es mucho más que tres puntos: es la oportunidad de demostrar que lo de Italia no fue un milagro, sino un método.







































