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La Galerna

·12 de enero de 2026

Un cambio insuficiente, pero un cambio

Imagen del artículo:Un cambio insuficiente, pero un cambio

El marcador final dirá ya siempre lo mismo: derrota. El 3-2 frente al Barcelona en la Supercopa de España no se borrará de la estadística ni se transformará en triunfo con el paso del tiempo. El Real Madrid perdió un título más ante su máximo rival y, desde el punto de vista estrictamente competitivo, eso es incuestionable. Sin embargo, no todas las derrotas pesan igual ni dejan las mismas huellas. Algunas duelen por lo que significan; otras, por lo que evidencian. Y unas pocas, muy pocas, permiten al menos una lectura que va más allá del resultado. La de ayer pertenece a esta última categoría, tanto para lo bueno como para lo malo.

Siendo sinceros, el contexto era poco alentador. El Real Madrid llegaba al clásico con una sensación de desgaste emocional evidente, tras meses en los que la imagen transmitida ha sido pobre, desconectada, en muchos tramos incluso preocupante. No tanto por los resultados —que, aun con tropiezos, han seguido sosteniendo al equipo en las competiciones— como por la manera de afrontarlos. Durante buena parte de la temporada, el conjunto blanco ha ofrecido una versión apática, carente de intensidad, con una alarmante falta de implicación colectiva. Un equipo que parecía jugar por inercia, confiado en su escudo más que en su fútbol, y que había normalizado competir sin alma.


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el Real Madrid, aun siendo superado en fases del juego, recuperó algo que parecía extraviado: la dignidad competitiva

Por eso, cuando el Barcelona se presentaba como favorito claro, incluso como candidato a una goleada contundente, la sensación previa no era de exageración. Los precedentes recientes, el estado anímico de ambos equipos y la diferencia en sensaciones hacían pensar en un escenario muy complicado para los blancos. El Barça llegaba con una identidad clara, con automatismos reconocibles y con una energía competitiva muy superior. El Madrid, en cambio, arrastraba dudas, desorden y una preocupante desconexión emocional que se había repetido en aproximadamente el 90% de los partidos disputados esta temporada. Y, sin embargo, el clásico no fue lo que muchos esperaban.

Desde el pitido inicial se percibió algo distinto. No fue un cambio radical ni una transformación futbolística profunda, pero sí un giro en lo más básico: la actitud. El Real Madrid salió al partido con otra cara, con otra predisposición, con una intensidad que había estado ausente durante demasiado tiempo. Hubo carreras defensivas, disputas ganadas, ayudas constantes y, sobre todo, una sensación de compromiso colectivo que había brillado por su ausencia en demasiadas noches anteriores. El equipo no se descompuso tras el primer golpe, no bajó los brazos cuando el Barcelona se hizo con el ritmo y no dio la impresión de estar esperando el desenlace. Compitió, se sostuvo, resistió. La realidad es que llegó vivo hasta el último minuto, con opciones reales de empatar el encuentro y forzar unos penaltis que, horas antes, parecían una quimera.

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Eso, en sí mismo, ya supone una diferencia notable respecto a lo visto en otros encuentros importantes de la temporada. Se perdió, sí, pero no se regaló nada. Ese matiz es clave para entender que esta derrota se puede analizar de otra manera. Porque el Real Madrid, aun siendo superado en fases del juego, recuperó algo que parecía extraviado: la dignidad competitiva. Esa que no garantiza títulos, pero que es condición indispensable para aspirar a ellos. Esa que conecta al equipo con su historia y con una afición que, más allá de ganar o perder, exige compromiso.

Eso sí, detener el análisis en ese punto sería incompleto y, en cierto modo, complaciente. Porque el cambio existió, pero fue insuficiente. La mejora no vino acompañada de un crecimiento real en el plano futbolístico, y ahí es donde está el gran problema. Ahora bien, ¿se puede conseguir ese fútbol con la plantilla actual?

El Real Madrid volvió a evidenciar que tiene enormes dificultades para construir el juego desde atrás. La salida de balón fue, una vez más, previsible y lenta. Faltaron mecanismos claros, líneas de pase limpias y una estructura que permitiera avanzar con el balón controlado. En demasiados momentos, el equipo se vio obligado a recurrir al envío largo, a la improvisación o a acciones individuales para superar la presión rival.

el Madrid ha dado un paso adelante, pero sigue estando a varios pasos del nivel que necesita para ganar a los mejores

El Barcelona, con un bloque más trabajado, supo aprovechar esas carencias. Presionó alto cuando lo consideró necesario, cerró los espacios interiores y obligó al Madrid a jugar incómodo. Cuando los blancos lograban superar esa primera línea, no siempre sabían qué hacer después. El juego carecía de continuidad, de pausa, de esa capacidad para mandar en el partido que históricamente ha definido a los grandes equipos. La falta de control fue evidente. El Madrid compitió, pero rara vez gobernó, y eso, frente a rivales de élite, suele no darte para lograr la victoria. Porque la actitud te permite competir el partido, pero el fútbol es el que te hace ganarlo.

Esta sensación no es nueva. De hecho, remite de forma clara a lo ocurrido frente al Manchester City en el encuentro de Champions League. El paralelismo es evidente. Ante el City y ante el Barcelona, el Madrid mostró orgullo, pero también sus limitaciones estructurales. En ambos casos, el equipo estuvo cerca, compitió hasta el final, pero terminó cayendo por detalles que no son casuales. Son consecuencia directa de una propuesta futbolística incompleta, que depende demasiado de la inspiración individual y muy poco de un plan colectivo sólido. El problema no es perder contra grandes rivales, el problema es perder siempre de la misma manera, con la sensación de que el techo competitivo se alcanza demasiado pronto. De que, cuando el partido exige algo más que corazón, el equipo no siempre tiene respuestas. Sin un organizador todo es más difícil, dicho sea de paso.

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Ayer, el Real Madrid mejoró en lo que no tenía: intensidad, compromiso, solidaridad. Pero sigue careciendo de lo que más necesita: control del juego, elaboración fluida y capacidad para marcar el ritmo. Sin esos elementos, competir se convierte en resistir. Y resistir, tarde o temprano, acaba pasando factura. Eso no invalida lo positivo, al contrario. El partido deja una base sobre la que construir, porque sin actitud no hay nada, y ayer al menos se recuperó eso. El vestuario dio señales de vida, el equipo transmitió que no está roto y la sensación general fue que, por fin, hubo una reacción emocional. No es poco, teniendo en cuenta de dónde venía el equipo.

Pero, que quede claro, tampoco es suficiente si se quiere aspirar a algo más que competir con dignidad. El Real Madrid no puede conformarse con caer dando la cara, su exigencia histórica va mucho más allá. Este club ha construido su grandeza no solo desde el carácter, sino también desde el dominio. Desde la capacidad para imponer su juego en los escenarios más difíciles, sea cual sea ese juego elegido. El clásico de la Supercopa deja una conclusión clara: el Madrid ha dado un paso adelante, pero sigue estando a varios pasos del nivel que necesita para ganar a los mejores. Ha recuperado el pulso competitivo, pero aún no ha recuperado el control del juego. Ha demostrado que quiere, pero que no siempre sabe cómo. Un cambio insuficiente, pero sí, un cambio.

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