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·17 de febrero de 2026

Vinícius marca, el Madrid manda y Da Luz arde: victoria de carácter en una noche de máxima tensión

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El Real Madrid entendió pronto el tipo de partido que exigía el Estádio da Luz: ritmo alto, tensión ambiental y la necesidad de tener personalidad con balón. Tras unos primeros minutos de tanteo, el equipo de Álvaro Arbeloa empezó a inclinar el campo a su favor a partir del cuarto de hora, imponiendo una circulación fluida y una ocupación racional de los espacios que le permitió gobernar el juego con autoridad.

El Madrid creció desde la base. Aurélien Tchouaméni se adueñó de la zona ancha con una actuación de enorme peso táctico, siempre bien respaldado por Federico Valverde, cuya lectura para cortar transiciones fue determinante. Por delante, Arda Güler aportó claridad entre líneas, enlazando ataques y ofreciendo continuidad a cada posesión, mientras Eduardo Camavinga equilibraba con su despliegue.


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La superioridad blanca solo encontró un obstáculo: la falta de acierto. Kylian Mbappé acumuló hasta cinco remates, pero ninguno terminó en la red. Aun así, el Madrid transmitía sensación de control, con una defensa firme en la que Dean Huijsen y Antonio Rüdiger resolvían con solvencia cada intento del Benfica.

El partido cambió con un destello. Vinícius Júnior recibió abierto, encaró con determinación, se fabricó el espacio y soltó un disparo a la escuadra, imposible para Anatolii Trubin. Fue un gol de pura jerarquía, de futbolista que decide noches grandes. La celebración, intensa frente a la grada, terminó con amarilla, pero también reflejó la carga emocional del momento.

A partir de ahí, el partido entró en otra dimensión. La tensión se disparó cuando el árbitro François Letexier activó el protocolo antirracismo tras la denuncia del brasileño por un presunto comentario de Gianluca Prestianni. El parón enfrió el ritmo y encendió los ánimos, dejando un ambiente espeso que acompañó el resto del encuentro.

En ese escenario, el Madrid tuvo que saber sufrir. El Benfica adelantó líneas y buscó el empate con más corazón que claridad, pero ahí apareció Thibaut Courtois con intervenciones decisivas para sostener la ventaja mínima. Cada balón al área era una prueba de resistencia y cada recuperación blanca, una bocanada de aire.

El tramo final terminó de incendiarse con la expulsión de José Mourinho por protestar tras una falta sobre Richard Ríos, reflejo de una noche cargada de nervio competitivo. Incluso hubo lanzamiento de objetos desde la grada en acciones a balón parado, síntoma del clima que envolvió los últimos minutos.

Ahí el Madrid eligió la inteligencia: posesiones largas, control emocional y cero concesiones. Sin necesidad de asumir riesgos innecesarios, el equipo durmió el partido con balón y cerró una victoria de peso.

El dato refuerza la sensación: nueve partidos, nueve encuentros marcando (23 goles) con Arbeloa, el mejor inicio goleador de un técnico blanco desde Manuel Pellegrini en la 2009/10. Pero más allá de la estadística, lo que dejó Lisboa fue una impresión clara: el Madrid compite con madurez, domina los contextos y sabe sobrevivir cuando el fútbol se vuelve emocional.

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